Fatiga Crónica: enfermedades difusas, enfermedades difíciles

2 de marzo del 2011

En artículos y en el medio académico es frecuente encontrar propuestas que usan lógica difusa (fuzzy logic).  Un colega profesor hacía un juego de palabras gracioso equiparando lógica difusa a lógica confusa.  Pero la lógica difusa es un instrumento de análisis respetable que acepta la verdad no como categoría binaria 1/0 sino con grados de verdad.  Y con estos grados de verdad, proposiciones medio verdaderas o medio falsas, hay que razonar y decidir.  Esto es evidentemente difícil.
Y es particularmente difícil en medicina, oficio de decisiones, donde ni el paciente ni el médico quedan tranquilos en la incertidumbre.  Pero debemos aceptar la realidad de enfermedades difusas y difíciles.

Una condición especialmente difusa y difícil es el Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) o Encefalomielitis Miálgica (EM).  Debe diagnosticarse, como otras enfermedades, cuando se cumplen ciertos criterios diagnósticos y que en este caso son dos.

Primero, fatiga persistente no asociada al ejercicio y que no se alivia con el descanso.  Segundo, que cuatro de los siguientes elementos hayan estado presentes por más de seis meses: fallas en la concentración o memoria, malestar después del ejercicio, sueño no reparador, dolor muscular, dolor o inflamación articular, dolor de cabeza, dolor de garganta o ganglios inflamados. Pero aún cumpliendo estos criterios no hay prueba de laboratorio ni de imágenes médicas como rayos-X o escanografía para confirmar el diagnóstico.  Por lo tanto hay que descartar condiciones como enfermedades del sueño, depresión, abuso de substancias químicas, diabetes, hipotiroidismo, mononucleosis, lupus, esclerosis múltiple, hepatitis viral, neoplasias malignas y otras.

Hemos detallado el diagnóstico del SFC o EM para que los lectores conozcan el proceso de lógica diagnóstica más común en la medicina actual: las enfermedades no se ven con ojo clínico sino se proponen como posibilidades diagnósticas que cumplen ciertos requisitos.  Y si es posible se confirman con pruebas de laboratorio o imágenes.  La cosa no es fácil ni inmediata.

A pesar de estas dificultades muchas personas cargan hoy, y es una carga, el diagnóstico de Síndrome de Fatiga Crónica.  Según un estudio en 14 países de la Organización Mundial de la Salud 17 de cada cien personas sufren de fatiga persistente e incapacitante, sin sufrir ansiedad o depresión que pudieran explicarla.  Hay aquí un misterio que cuesta mucho dinero a las entidades de salud y a la sociedad.

En los últimos veinte años se ha buscado tercamente una causa infecciosa.  Todos los años un virus u otro es propuesto como causa del SFC.  El último agente descartado fue el virus XMRV en diciembre pasado.   En EEUU. la FDA sugirió que las personas con síndrome de fatiga crónica se rechacen como donantes en  bancos de sangre por la posibilidad de que sea una enfermedad transmitida por sangre, aun cuando ninguna causa se ha comprobado satisfactoriamente.

Lo único que nos queda (como en muchas enfermedades de etiología desconocida) es probar distintos tratamientos.  La situación no es infrecuente pues en muchas condiciones se deben intentar distintas propuestas terapéuticas antes de conocer con precisión su causa.  Lo prioritario en medicina es el hombre que sufre, no las teorías científicas sobre las enfermedades.  Porque la medicina no es tan, tan ciencia como nos gustaría.  Es un arte, un oficio, una “tékhne” en griego.

Entonces en el síndrome de fatiga crónica se han intentado diversos tratamientos.  Un estudio reciente en Inglaterra (The Lancet, febrero 18, 2011) midió el efecto de varias terapias: en un extremo, las cognitivo-conductuales que estimulaban el ejercicio de los pacientes con SFC y en otro extremo, el enfoque habitual de reconocer las situaciones y actividades que producían fatiga y evitarlas.  O sea en un caso buscar que el paciente haga más ejercicio y en el otro aceptar que el paciente tiene una capacidad limitada para el ejercicio.  El estudio mostró una leve mejoría con las terapias cognitivo-conductuales que obligaban al ejercicio del paciente.  Los resultados no han dejado contento a nadie.  Algunos grupos de pacientes propugnan porque se considere al SFC una discapacidad, otros grupos más medicalizados consideran que se deben hacer más esfuerzos para tratar más pacientes con ejercicio medido y gradual.

La discusión es ardua y prolongada.  Un comentarista decía que la discusión del síndrome de fatiga crónica lo deja a uno exhausto y dudoso.  Casi como si la discusión de esta enfermedad difusa y difícil llevara ella misma a la fatiga crónica.

Una pequeña luz al final del túnel es que algunos investigadores han sugerido que el chocolate disminuye la fatiga crónica. Creo con entusiasmo que se debe apoyar esa línea de investigación.

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