¡Han dado la largada…¡

¡Han dado la largada…¡

13 de octubre del 2016

De niños escuchábamos la voz de Julio Nieto Bernal, narrador hípico de grata recordación, cuando en el Hipódromo de Techo, los caballos, nerviosos en el partidor, escuchaban la campanilla, y Julio decía: “¡Han dado la largada…!” El llamado “brexit colombiano” del domingo pasado es la campana de largada de la carrera por el poder en el 2018. La política es dinámica y cambiante, especialmente en nuestro país, donde el cauce no es profundo, predecible ni recto, sino lleno de meandros, desvíos, brazos que van y vuelven y de afluentes, y por ello no es fácil predecir dónde va a terminar.

Todavía estamos desconcertados con el resultado del plebiscito, estrecho pero claro. Todo apuntaba a un triunfo del Sí: las encuestas lo registraban ganando cómodamente, el acto triunfal de hace una semana en Cartagena con la presencia de “todo el mundo” constituía un presagio de triunfo, la intensa movilización del Gobierno y del presidente mostraba su tranquilidad con la consulta al pueblo, el mensaje de la mayoría de columnistas abogando por el Sí y el de los medios de comunicación alineados en la misma dirección daban tranquilidad a los partidarios del Sí, y la coalición de casi todos los partidos y movimientos apoyando al Gobierno mostraba una fuerza  electoral irresistible. La decisión popular fue sorprendente, inesperada y casi inexplicable, pero inequívoca: se gana o se pierde por un voto, esa es la ley de la democracia.

Lo ocurrido en las urnas obliga a preguntarnos si el plebiscito era necesario cuando ya existía un mandato popular de hace dos años: la reelección presidencial para que el jefe de Estado buscara la paz, o por lo menos el acuerdo con la guerrilla de las FARC. Tal vez el plebiscito no era necesario, pero el presidente prefirió una refrendación del elector primario con el fin de blindar los acuerdos,  y razones tendría el mandatario para haber jugado una carta que parecía un as y terminó siendo perdedora.

El domingo pasado no solo estaba en juego la suerte de lo acordado en La Habana, sino el futuro inmediato de la política y de los partidos que se mueven dentro de esta. La realidad es tozuda cuando se trata de cifras electorales, y el resultado dice que fueron muchos los perdedores: en primer lugar, el país, que realizó un esfuerzo institucional y político desgastante durante más de cuatro años para llegar a un acuerdo imperfecto, pero en muchos puntos aceptable; luego, el presidente Santos, quien se jugó completamente con una carta presumiblemente ganadora y se entregó de lleno a la tarea de sacar adelante el acuerdo; perdieron las FARC, pues se ratificó que por lo menos la mitad de los sufragantes no creía en su voluntad de paz, y tal vez la  mayoría dentro de los partidarios del Sí tampoco creía en la buena voluntad de la guerrilla, pero votaron pensando en una posibilidad remota de paz; perdieron los partidos políticos mayoritarios — tanto los de la Unidad Nacional como los que representan los diferentes matices de la izquierda—, que se jugaron por el Sí; perdieron los encuestadores, en un ejercicio relativamente simple, en el que la pregunta era la intención del voto por un Sí o un No; y perdió la esperanza que se abría con el acuerdo logrado, la cual no garantizaba la paz, pero iniciaba un camino. Ganaron los promotores del No, principalmente el expresidente Uribe, liderando una campaña difícil, con bajas probabilidades de triunfar.

La reacción del país ha sido en general sensata, mientras se asimila el golpe. Unos y otros han afirmado que desean la paz y que los diálogos deben continuar para modificar en algunos aspectos el contenido de lo acordado, escuchando una voz que nunca estuvo en La Habana. La gente siguió trabajando como corresponde a una nación seria, las empresas continuaron produciendo, los servicios mantienen su actividad, en espera de que las partes se reúnan y lleguen a unas aproximaciones sobre cómo continuar y finalizar un proceso en el que tanto se ha invertido.

No se conoce cuál será la actitud de la guerrilla, menos acostumbrada a estas sorpresas de la política y de la democracia. No cabe duda de que, antes de pensar en los asuntos internos de los partidos, corresponde a los líderes nacionales salir de la encrucijada y señalar el camino de los próximos meses. Pero a la vez, los partidos están jugando su futuro, y por ello cada uno va fijando sus posiciones de juego en estas primeras escaramuzas. Porque la política es un juego duro, en el cual nadie quiere perder.

El juego electoral de los últimos 20 años ha gravitado alrededor del conflicto armado con las FARC; ellas han sido protagonistas principales, aunque ocultos. La elección de Pastrana se consiguió cuando la guerrilla anunció la posibilidad de dialogar; Uribe llegó al Gobierno en medio de una reacción de la opinión contra el Caguán y el cinismo de los insurgentes; hace dos años se reeligió a Santos con el mandato de culminar el acuerdo ya avanzado; ahora cambia el escenario de los partidos con el resultado inesperado del plebiscito. Siempre girando en torno al conflicto y a las FARC. Si se logra por fin un acuerdo con ajustes, es posible que las próximas elecciones presidenciales se adelanten, teniendo como referente el posconflicto. ¿Hasta cuándo tendremos encima ese fantasma?

Regresando a la metáfora del partidor en la hípica, las condiciones han cambiado para todos los competidores. Un triunfo del Sí catapultaba al negociador De la Calle como eventual candidato de los partidos Liberal y de la U, con un reconocimiento amplio por su tarea; ahora puede aparecer como perdedor, porque el acuerdo logrado deberá ser sometido a revisión y podría ser modificado, por lo menos en algunos puntos importantes.  Germán Vargas no se jugó a fondo en esta oportunidad, y no fue claro si se inclinaba por uno u otro resultado, de forma que su situación sigue dependiendo de las realizaciones desde la Vicepresidencia y del impulso que le dé su partido, Cambio Radical.  El exprocurador Ordóñez mantiene su capacidad de jugador, pero supeditado al jefe del Centro Democrático, que vuelve a la escena como el jugador más fuerte. Los verdes están allí buscando proyectar una figura de “outsiders”, no comprometidos con las triquiñuelas de los políticos de tradición. Los partidos alineados en la izquierda democrática deben estar sorprendidos, sin saber qué estrategia seguir, pues han perdido por punta y punta.

La situación política posplebiscito pone de nuevo a barajar las cartas en condiciones diferentes, con un nuevo panorama. El río de la política puede ser torrentoso, culebrero, sinuoso, enigmático, pero no se detiene ni retrocede. Los hechos del pasado domingo marcan el nuevo camino que en este momento no sabemos adónde va a parar. Confiemos en que será bueno para el país.

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