Kién soy?

Kién soy?

3 de noviembre del 2010

Una reflexión a propósito del execrable crimen de los tres niños en Arauca.

 “Un niño simple, que suavemente dibuja su aliento, y siente en cada miembro de su cuerpo, ¿qué debería saber de la muerte?”

William Wordsworth (1770 –1850)

Ya casi llegaba el día de Halloween. Pero Jenny, Yimi y Jefferson qué iban a saber de leyendas celtas de la noche antes de Todos los Santos, ellos, niños simples como deben ser todos los santos. Qué iban a saber ellos de disfraces y trucos, si lo único que disfrazaban era el hambre y la dignidad con un poco de plátano y un pedazo de yuca que arrancaban con sus manos de la tierra, y el único truco que sabían era el conjuro milenario de hacer fuego con palos para sacarle la miel a una panela.

Jenny, Yimi y Jefferson no sabían tampoco de derechos de los niños, ellos que lo fueron a fuerza de volverse adultos, grandes gigantes que olvidaron, si alguna vez lo supieron, lo que era ser niño, dedicados al juego y al goce, a la ternura y el asombro. Qué iban a saber ellos de juego, de ternura y de asombro, si lo único que nunca les asombró fue el deber de cuidarse ellos mismos, a fuerza de bañarse de madrugada en el mísero pozo de aguas tan amarillas como el hermoso color del árbol que da nombre a su caserío. El araguaney, árbol nacional de Venezuela, floración decorativa, madera dura y resistente al fuego y al agua, como ellos mismos que no tenían casa ni cama ni luz ni bus de colegio, que dormían sobre la tierra, se alumbraban con vela y andaban a la escuela a pie. Qué iban a saber ellos de arreglos florales ni de símbolos patrios, ellos, que vivían en una enorme llanura cubierta de olvido y de polvo, de manigua y trabajo labriego en cacaotales ajenos, de avispas y de abandono.

Jenny, Yimi y Jefferson no sabían que el amarillo es también el color del cielo en esos atardeceres araucanos que encabeza el escudo del Departamento en que nacieron y nunca crecieron, en el que también hay una palmera de enormes hojas bajo la cual los enterraron. Escudo símbolo de las riquezas y las armas de las gestas patriotas, que representan los más preciados valores de bienestar, protección y libertad. Riquezas que Jenny, Yimi y Jefferson nunca conocieron… armas que empuñaron sus violadores y asesinos. Qué iban a saber ellos que hombres de esa tropa que supuestamente tiene el deber de garantizar esos valores iban a ser sus presuntos verdugos. Jenny, Yimi y Jefferson, vecinos de veredas con nombres tan entrañables como Corocito, El Pomarroso, La esmeralda, la Reforma,  El Diamante, cuyo pueblito de apenas 1260 habitantes, todos conocidos de toda la vida, uno de esos pueblos “de gesto antiguo donde la gente se mira a la cara y se da la mano” y mandan a sus niños a la escuela Caño Martín para que aprendan esas cosas que deben aprender los niños cuando los padres creen que pueden llegar a ser grandes. Qué iban a saber ellos que nunca llegarían a grandes.

Llegó el Halloween y ellos ni cuenta se dieron. Llegaron las fiestas de disfraces, la pedida de dulces, las casas encantadas, las bromas, la lectura de historias de miedo y la pasada de películas de terror. Jenny, con sus catorce añitos que parecían doce, madre a la fuerza, fue violada mucho antes de soñar con tener hijos propios, apenas acabada la tarea de un jueves previo al receso de escuela, que para ella nunca fue receso de nada. Yimi, de nueve, espera en la eternidad no volver a vivir en directo una película tan atroz, ver violar a su hermana y golpear hasta la muerte a su hermano  Jefferson, de seis, testigo mudo de un acto brutal que nunca entendió, para luego ser todos apuñaleados y estrangulados. Qué iban a saber ellos que sus cuerpos despedazados, vejados y desposeídos de toda dignidad iban a ser alimento de carroña demente. Qué iban a saber ellos que serían protagonistas de una puesta en escena macabra de la que nadie escribiría una novela ni un poema, qué sabían ellos de novelas y de poemas en esa vida triste sin madre con un padre forzado a dejarlos a su propio cuidado. Jenny, Yimi y Jefferson no sabían que el amarillo es también el color de las únicas páginas que se escribirían sobre ellos. Qué iban a saber ellos que hoy hay un país que termina un puente festivo, Halloween, mágico hechizo que embruja sentidos, en un sinsentido del olvido por el olvido. Qué iban a saber ellos que estas cosas pasan todos los días en esos lugares olvidados por el olvido mismo.

Hoy hay un padre que quiere olvidar y no puede. Quiere justicia, no la sabe pedir porque no sabe a quién, trámite de una de esas investigaciones exhaustivas que comienzan con la destitución de unos cuantos oficiales y el repetitivo anuncio de cero tolerancia con la violación de los Derechos Humanos por parte del ejército, pero que Don José, como miles de colombianos inermes, sí sabe a qué oscuro recodo de la desmemoria conducen estas investigaciones. Negligencia, indiferencia, abandono, desdeño desvanecen de a poco los trazos de buenas intenciones, trama de la más clásica historia de terror donde la muerte ha tocado su impotencia a la luz de una vela que no logra iluminar el negro vacío de soledad infinita en un inefable atardecer llanero, con el triste lamento de alcaraván herido por siempre, anhelando la paz perpetua, aquella que el filósofo dijo, sería la única paz posible: la de una lápida bonita en un cementerio.

http://www.eltiempo.com/justicia/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-8245390.html

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