La belleza del llanto

Sáb, 27/10/2012 - 00:32
Hay momentos de gran belleza. Hay instantes de luminosidad sin par. Hay llantos que contienen ambos, belleza y luminosidad. Sin embargo, nuestra visión nublada por las lágrimas nos hace

Hay momentos de gran belleza. Hay instantes de luminosidad sin par. Hay llantos que contienen ambos, belleza y luminosidad. Sin embargo, nuestra visión nublada por las lágrimas nos hace perdernos del sentir que el corazón manifiesta a raudales.

Sucedió durante la muerte de mi padre. Irrumpió sin ningún aviso, el llanto, profundo, sereno, fuerte y veraz. La belleza fue desapego. La luminosidad fue gratitud. Desapego de la separación definitiva, de la nostalgia sin sufrimiento. Gratitud por la vida, aquella que me gestó.

Llantos como ese son manifestaciones del alma, cómo podrían no ser acogidos, no ser bien recibidos. Cuando el llanto aparece así, limpia, limpian las lágrimas, limpia la expresión transparente de sentimientos, limpia al ser humano que lo deja fluir sin intentar contenerlo.

Las películas son una gran fuente para despertar llantos similares, llantos de belleza. Sucede con frecuencia al ver el mensaje de la fortaleza y determinación del personaje actuado, por seguir su camino, por cumplir con su misión, de realizarse como humano a plenitud. Aquellas películas donde la persona mantiene su postura frente a un sistema injusto, donde se logran cambios sociales, donde la familia se empodera, son ejemplos claros que nos pueden hacer llorar ante, por y desde la belleza. Una reciente reivindica la vejez, al viejo cuyo camino continúa más allá de la pensión, del despido, continúa en dicho caso en un nuevo país, en la conjunción de temores que no hacen más sino despertar nuevos caminos y habilidades para quienes cerraron la etapa laboral de sus vidas.

Otros llantos bellos se abren camino ante la enfermedad, dada la solidaridad, los amigos nuevos, el apoyo de quien no imaginábamos. Ante la cálida atención cuando esperábamos malas caras, ante la noticia que reconforta, incluso ante la certeza de lo inevitable. Así como el llanto ante el camino que se abre luego de la separación de nuestra pareja, de la madre de nuestros hijos.

Claro está que el llanto de alegría, al alcanzar una meta, al ser ampliamente reconocido también es bello por naturaleza. El llanto de felicidad ante el nacimiento del hijo, o la nieta. El llanto durante el matrimonio. El llanto del deportista que logra su medalla, del músico que ejecuta una pieza magistral, del empresario que logra la alianza. Llanto, llantos, lágrima, lágrimas, bienvenidas sean.

Llantos de tristeza, llantos de regocijo, ambos llantos de amor. Invito con todo, a promoverlos, a vivirlos, a experimentarlos y recibir así uno de los más bellos regalos de la vida, el llanto por sí mismo.

Llorar sin contenerse, casi sin control, acompañados o en solitario, es bello cuando logramos ver el sentimiento escondido. La paz en el fondo, la calma sublime, la serenidad oculta. Ver el llanto como lo natural, como lo cotidiano, verlo en otras personas no puede ser sino bello cuando nos despierta la empatía, la compasión, la necesidad de respaldar a quien lo tiene.

Sí, pregono a los cuatro vientos el permitir que el llanto emerja sin barreras. Cuando en el consultorio, de repente una palabra que toca los sentimientos del paciente y surge el llanto, simplemente traigo un pañuelo, animo a que el llanto dure lo que necesite y me quedo en silencio. Silencio respetuoso.

Quiero terminar con una historia real que llegó por internet el otro día: le preguntan al niño pequeño de 5 años que regresa de estar con su abuelo, “¿Qué le dijiste a tu abuelo?”, abuelo cuya esposa acaba de morir, y contesta el niño, “No, no le dije nada, lo ayudé a llorar”.

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