La Colombia enferma

Lun, 14/12/2015 - 08:55
Por estos días, luego de conocer el cementerio en el que Freddy Valencia Vargas convirtió a Monserrate, cerro en el que se hallaron 11 cuerpos femeninos sin vida, es pertinente hacer un análisis so
Por estos días, luego de conocer el cementerio en el que Freddy Valencia Vargas convirtió a Monserrate, cerro en el que se hallaron 11 cuerpos femeninos sin vida, es pertinente hacer un análisis sobre el cubrimiento mediático a la noticia y lo que se oculta detrás de etiquetas como “el monstruo de Monserrate”, entre otras, que el periodismo utiliza y que la opinión pública acoge como propias. Si bien la noticia es atroz y el hecho de que un ser humano ante la negativa de recibir favores sexuales de otro, lo asfixie, abuse sexualmente de éste, para luego descuartizarlo y sepultarlo entre la basura, es abominable; llaman la atención que todos los cuerpos hallados corresponden a mujeres, población vulnerable y gravemente violentada en nuestro país; y que estas mujeres eran habitantes de calle, como quien dice, no le importan a nadie, no tienen quien los busque o quien los llore, pero son ciudadanos como usted y como yo, bogotanos al fin y al cabo consumidos por las drogas unos, otros por la falta de oportunidades. Sin embargo, el asunto que compete a esta columna es rechazar vehemente el uso de etiquetas que ocultan nuestras realidades sociales, nuestras carencias, nuestras miserias y hasta nuestra podredumbre. ¿Por qué llamar monstruo de Monserrate a Valencia Vargas y no llamarlo feminicida o enfermo mental? Lo que él ha hecho no es un comportamiento de una persona mentalmente equilibrada, no es el comportamiento de alguien sano. Muchos indignados con los hechos no tienen sino etiquetas para señalarlo, pero prefiero llamar las cosas por su nombre. Y así para el periodismo sea más vendedor, más sencillo y más llamativo llamarlo ‘monstruo’, prefiero la realidad. Estamos acostumbrados en este país a los eufemismos para esconder verdades, los ‘falsos positivos’, por ejemplo, que no son falsos porque existieron y mucho menos positivos, pues la muerte de ningún ser humano debe ser celebrada, mucho menos la de miles de jóvenes inocentes que militares ejecutaron extrajudicialmente, esos uniformados que, por el contrario, tenían el deber de velar por proteger las vidas de esos muchachos. La ‘mermelada’, otra repulsiva etiqueta para maquillar la corrupción y al clientelismo sin que el desprevenido ciudadano lo note. Las violaciones de derechos humanos y la corrupción, se nos volvieron pan de cada día, temas normales que no dimensionamos tras los rótulos que imponen los medios de comunicación. Volvamos al caso que nos ocupa, ¿Qué se oculta tras la etiqueta “el monstruo de Monserrate”? Se oculta un país mentalmente enfermo, un país en medio de un conflicto armado que finalmente solo padecen en las regiones nuestros campesinos, un país acostumbrado a la violencia en todas sus expresiones, no solo armada, también interpersonal e intrafamiliar -de 2.712 casos, de estos el 35,66% (967 casos) corresponde a violencia intrafamiliar, seguido de la violencia interpersonal con el 25,07%- violencia que se desarrolla en un escenario particularmente, el hogar, es en las familias donde se desarrollan el mayor índice de agresiones en especial contra las mujeres y los niños según el Instituto Colombiano de Medicina Legal en su más reciente estudio titulado Masatugó. Entonces, ¿por qué preocuparse tanto por conservar la familia como institución nuclear de la sociedad porque sí, si quienes las integran no son mentalmente sanos, si los hogares son entornos inseguros? Y es que carecemos de dos cosas para afrontar esta problemática, por un lado un sistema de salud óptimo y no mercantil, donde los pacientes sean eso y no clientes, el nuestro es mediocre y asesino, si no es capaz de atender las afecciones básicas, mucho menos es capaz de atender la salud mental de los colombianos, es más, ni le interesa. En Colombia son millones, en su mayoría adolescentes y mujeres, quienes sufren de algún tipo de trastorno mental, desde ansiedad, pasando por depresión y psicosis; pero, no ve que “ir al psicólogo es para los locos”, ni el sistema de salud lo toma en serio, ni nosotros mismos cuando algún amigo o familiar pretende buscar ayuda, para muchos es una broma o simplemente no se comparte con alguien más por vergüenza. En países muchísimo menos violentos que el nuestro es muy normal visitar al psicólogo mensual o semanalmente, hace parte de la rutina de su gente. Según la encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM 2015), de la Universidad Javeriana, Colciencias y el Ministerio de Salud, 10 de cada 100 adultos de 18 a 44 años y 12 de cada 100 adolescentes tienen algún tipo de trastorno. Adicionalmente, por cada 100 personas que consultan al médico general, 26 lo hacen por trastornos mentales, la mayoría no son identificados por el médico y, por tanto, no son tratados. Para aproximadamente 17 millones de colombianos con trastornos mentales solo hay en el país 1.250 siquiatras, 7.240 camas y 15.000 sicólogos, de ellos solo 4.000 dedicados a ver pacientes de acuerdo al estudio. Entonces, si la salud mental fuera un asunto preventivo en personas de todas las edades, como debería ser la salud en general, y no curativo (aunque parece que ni a eso tenemos derecho), tal vez los índices de violencia contra la mujer, de violencia contra nuestros niños, de homicidios y riñas en general, de violencia intrafamiliar; caerían considerablemente. Por otro lado, carecemos de un sistema penitenciario lo suficientemente idóneo y capaz que necesita modificar con urgencia la tipificación de los delitos, que le permita, tanto superar el hacinamiento carcelario que llegó al 53% según advirtió la Defensoría del Pueblo, con penas alternativas a la prisión; como determinar realmente cuál es el alcance resocializador de dichas penas, que aparentemente no existe, particularmente el de la cárcel. Sería interesante determinar a cuántos enfermos mentales, que requieren atención, se lleva por delante el sistema tras unos barrotes y que, seguramente, cumplida su pena saldrán a las calles peor que cuando ingresaron a la celda. Finalmente, el llamado es a quienes tienen la misión de gobernarnos, a los ministros de salud Alejandro Gaviria y de justicia Yesid Reyes, para que se atienda esta problemática, para que se tomen cartas en el asunto y se ponga particular empeño, como siempre debe ser, en la atención en salud mental preventiva para nuestros niños y niñas. Este es el escenario ideal ad portas a un posconflicto que necesita generaciones preparadas física y psicológicamente para afrontar los cambios que se avecinan y el reto que implica no ser más una Colombia enferma, sino una Colombia reconciliada y en paz. @MafeCarrascal
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