La liberación de Navarro

Jue, 05/04/2012 - 01:01
Navarro vino porque quiso. Él más que nadie sabía cómo era Petro. Pero se la jugó por la sensatez que puede producir en ocasiones el triunfo y aspiró a que el lla

Navarro vino porque quiso. Él más que nadie sabía cómo era Petro. Pero se la jugó por la sensatez que puede producir en ocasiones el triunfo y aspiró a que el llamado de Petro tuviera algo de humildad y de reconocimiento. Por eso aceptó el reto de unirse a su excompañero de armas. Para tratar de retomar los caminos de la democracia y la reconciliación que lo inspiran desde hace casi tres décadas. Frustrado, tanto como Petro, porque el Polo quedó en manos de la derecha de la izquierda, se convenció de que ésta era una magnífica oportunidad para continuar los sueños que empezaron con el M-19, en los que por buscar la democracia, se cometieron todos los errores que se le criticaron al resto de la izquierda del momento. Una tarea que después de la desmovilización del eme, la inexperiencia administrativa y el desconocimiento del ejercicio práctico de la democracia casi los hace desaparecer del escenario político.

Se sabía que Navarro iba a ser la nota disonante en la administración Petro. Él es conciliador, sencillo y de buen genio, y sobre todo mejor político. Casi no vale recordar que como gobernador y alcalde premiado ha sabido sacar jugo de su experiencia en el conflicto para extraer frutos en la negociación. Fue capaz de intentar que el Polo tuviera tres comisionados de televisión cuando casi nadie daba un peso por esa entidad. Y aunque lo logró, el radicalismo de Petro, sucesor en la dirección del partido, hizo que se rompiera esa mayoría lograda. Navarro apoya las causas que otros creen perdidas y en muchas ocasiones sale adelante, como lo demostró con creces en la Constituyente del 91.

Antonio Navarro es un apostador. Conoce en carne viva lo que es el riesgo y el azar que existen y hacen parte de un mundo cambiante, en continuo movimiento. De lejos, comprende mejor que su exjefe que la vida no es un bordado y que los matices grises son los que dan dinámica a la disyuntiva entre lo blanco y lo negro. Sabe que la democracia es una conquista permanente, que los vientos de la derecha la pueden afectar y que los de la izquierda, cuando se pasan de calidad, hacen lo propio. Sabe que existe en Colombia una política pendular y que ayer los colombianos veían como redentor a Uribe y hoy a Petro, pero que mañana el vaivén se vuelve a tornar incierto.

A Navarro Wolff, si hay que temerle. Él cree en la incertidumbre y en el riesgo. Desde que le volaron una pierna y le menguaron su capacidad oratoria, sabe que el mundo es más complejo, más ancho y más ajeno de lo que se imaginaba antes de que lo llevaran a la brava a hacer la pausa y a comprender que los errores se pagan caro. Los extremistas de izquierda y de derecha saben que a él si hay que temerle porque su camino está trazado con sangre, dolor y rectificación, y que a cual más conoce lo que cuesta la democracia. Pertenece a una perspectiva democrática que sabe que nada sucede de la noche a la mañana y que en Colombia se presentan fenómenos tan insólitos como que los campesinos un día apoyen a los guerrilleros, tan fácil como que al otro ayuden a los paramilitares.

Navarro sabe que la clase dirigente hoy es antiuribista no tanto por demócrata como por aristócrata. Sabe que la misma clase terrateniente ayer se prestaba para acabar guerrilleros con ayudas paramilitares y hoy es capaz de enarbolar una ley de tierras para que no los desacomoden. Conoce bien que pertenece a un país donde no es raro que muchos de los que apoyaron a Petro son precisamente aquellos que lo llamaron entreguista y vendido cuando aceptó un ministerio y que le gritaban traidor porque el día que asesinaron a Carlos Pizarro, llamó a la madurez política y pidió, en honor a sus muertos, no arriar las banderas de la paz.

Y no es para celebrar esta ruptura. Petro si es lo que dicen muchos, un tanto autoritario y un tanto autista. Es mesiánico, sectario y algo rencoroso. Tiene mucha desconfianza pero sobre todo hoy no cree sino en él. Y eso puede ser un problema para sí mismo. Porque terminará no ampliando sino achicando sus escenarios. Pero nadie puede ignorar que Petro es honrado y que quiere evitar a toda costa la corrupción, ni que es sensible socialmente aunque a veces parezca cursi con su perrito adoptado. Sobre todo que es humano y bien intencionado en sus propuestas, a pesar de que su afán por descalificar otras y hacer distinciones innecesarias lo hagan ver como pendenciero y arrogante con las suyas.

Pero dos genios no caben en una misma lámpara. Petro tiene vuelo propio y ahora que un número significativo de bogotanos le dio la facultad no va a desaprovechar su oportunidad para demostrar que el radicalismo verbal puede ser aplicable, que la tozudez le puede ganar a la práctica en contra de la teoría leninista de que los hechos son los tozudos y que el infantilismo de derecha puede ser derrotado por el infantilismo de izquierda. Petro se ha ganado bien el mote de ser uno de los principales antiuribistas. Pero el árbol del antiuribismo no le deja ver el bosque en el que aún el presidente Santos puede terminar como el mejor aliado en esa causa. No se ha enterado Petro de que sin ser radical de palabra, Santos es el principal antiuribista que existe en la práctica y que Navarro lo descubrió hace rato, por lo que no quería que la coalición en Bogotá se produjera alrededor del uribismo y estaba dispuesto a tranzar con los concejales de la Unidad Nacional.

Ahora Navarro se enfrenta a una tremenda tarea. Libre y sin compromisos, como las solteras, tiene que pensar sin pretensiones mesiánicas en retomar el rumbo de la democracia desde un foco social. Desde el centro izquierda. Tendrá que tener un punto de partida en los progresistas, porque no se va peleado. Es más, a Petro le conviene que los Vernot y los furipetristas que ya comienzan a dibujarse, tengan otro candidato presidencial para quitarse de una vez por todas esa carga de jugar al no pero si o al sí pero no, que lleva a cuestas desde el momento en que los furibundos seguidores de Petro lo ven presidente por haber ganado la alcaldía.

Mientras Petro se inventa otros metros con otras medidas, otros destinos para las alos y manda los toros a que miren desde la barrera a Navarro le toca reconstruir el centro que no ha sido capaz de consolidar ni Angelino, ni Lucho, ni Antanas, ni el Polo. Santos está haciendo lo suyo con la reconstrucción del gran Partido Liberal. Ya casi no le falta sino Peñalosa para que vuelva al redil. Por su lado, Uribe y su sicólogo de cabecera, con ternura, están dedicados a reconstruir la derecha. Pero al centro izquierda, ese que no pertenece a los clubes sociales ni a las revistas del corazón, ese que representa a los anónimos y desplazados de todos los sectores, necesita que Navarro de un paso al frente. Madera si tiene.

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