La necesidad de la tristeza (II)

Mié, 14/09/2011 - 00:01
Continuamos discutiendo en esta columna la interesante proposición que la depresión tiene alguna ventaja evolutiva.  Este tema fue presentado en un artículo el año

Continuamos discutiendo en esta columna la interesante proposición que la depresión tiene alguna ventaja evolutiva.  Este tema fue presentado en un artículo el año pasado (Depression´s Upside o Las Ventajas de la Depresión, New York Times, febrero 25, 2010) por el científico y escritor Jonah Lehrer, reconocido por dos libros: Cómo decidimos (sobre el equilibrio racional y emocional en nuestras decisiones) y Proust era un neurocientífico (sobre cómo muchos descubrimientos neurosicológicos han sido intuidos en las artes y la literatura).  Ejemplo de esto último es que algunas de las siguientes ideas se vislumbran en el ensayo Elogio de la dificultad de nuestro Estanislao Zuleta.

El problema va más allá de la especulación a la pregunta más urgente para nuestros sistemas de salud: ¿qué es una enfermedad? ¿Es la depresión una adaptación evolutiva que debemos comprender o un accidente genético y bioquímico que debemos simplemente tratar?  De la respuesta que se escoja a este dilema dependerá nuestra decisión terapéutica. En un mundo donde el mercado de fármacos para la depresión es gigantesco y creciente la pregunta es importante.

Los investigadores en sicología evolutiva Andrews y Anderson Thomsom (Psychological Review, julio, 2009; Scientific American, agosto, 2009)  proponen cierta ventaja evolutiva en la calidad del pensamiento de una persona deprimida que explicaría la frecuencia de la tristeza crónica en el género humano.  El pensamiento en la depresión adquiere características de rumiación obsesiva concentrándose repetidamente en lo mismo.   Si podemos separar afecto y pensamiento diríamos que el afecto triste y sufriente no es saludable para la persona deprimida, pero el pensamiento obsesivo y analítico del deprimido podría ser ventajoso para la especie.

Es una proposición atrevida que ha irritado a muchos psiquiatras pues parece idealizar la depresión. Pero debemos recordar que muchos artistas, filósofos, escritores y particularmente poetas han sufrido de ella. Alguna ventaja puede resultar de confrontar repetida y analíticamente la angustia de la existencia. Una religiosa que sufría de depresión decía que las grandes catedrales exigen excavaciones y cimientos muy profundos. Mucho antes los mayas pensaban que algunas epidemias llamadas cilich o chich-kohaanil (enfermedades santas, poderosas) eran enviadas por los dioses para seleccionar y mejorar a los  hombres. Hoy estamos sufriendo una epidemia de trastornos depresivos. Quizás la tristeza crónica severa, aunque la denominemos enfermedad, pueda sernos útil para enfrentar los males del consumismo, superficialidad e inmediatez de la cultura contemporánea que amenazan la especie humana.

Pero volviendo al cerebro, se ha definido un área llamada Corteza Ventrolateral Prefrontal izquierda (VLPFC en inglés) de gran importancia para cierto pensamiento especializado: conocimiento conceptual, conjugación de verbos, atención sostenida y otras funciones. Reportes recientes muestran esta región particularmente activada, “encendida”, en pacientes deprimidos.  Recordemos que el desarrollo evolutivo acelerado de la corteza cerebral frontal y prefrontal (por eso somos más frentones que nuestros parientes neanderthales) fundamenta lo característicamente humano: la empatía, los conceptos morales, etc.  Según los investigadores Andrews y Thomsom la VLPFC es parte de un sistema neurofisiológico coordinado  que mantiene la atención “para analizar los complejos problemas que disparan la depresión”.

En resumen, la vida está llena de dificultades que requieren concentración y análisis.  La evolución nos ha llevado a seleccionar un grupo neuronal que se ocupa de pensar repetidamente esos problemas con reiteración obsesiva. En los pacientes deprimidos, afectivamente tristes, esta región cerebral está activada al máximo.  Lo que individualmente se siente como gran sufrimiento, le da a la especie la ventaja de escoger al azar, como mutantes iluminados en la oscuridad, ciertos individuos dedicados a pensar problemas sin solución inmediata o fácil. Por ejemplo Charles Darwin (véase columna anterior) deprimido y pensando durante años en un solo problema: la aparición y selección de especies biológicas distintas.

Todas estas ideas son nuevas y polémicas en neurofisiología.  La mayoría de los terapeutas distinguen entre la tristeza y duelo normales que pueden tener ventaja evolutiva (lo que hemos llamado la necesidad de la tristeza) y la depresión patológica, enfermedad seria que requiere tratamiento profesional inmediato. Cómo distinguir lo uno y lo otro para decidir el tratamiento más eficaz no es fácil.  Cabe sólo seguir la evidencia de estudios clínicos controlados pero éstos como hemos comentado en columnas anteriores son costosos, difíciles y toman tiempo.

Lo que debemos evitar, individuos y sociedad, es llamar depresión a toda tristeza y meterle pepas “a la lata”.  De las varias anécdotas del artículo de Lehrer una quedó en mi memoria. Cierto siquiatra tenía una paciente bajo tratamiento con antidepresivos orales por largo tiempo.  Le preguntó a la paciente cómo se sentía y ella le contestó. “De verdad doctor me siento mejor y estoy menos triste, el problema es que sigo casada con el mismo hp. abusivo y alcohólico de siempre”. A veces la tristeza nos está subrayando que no estamos viviendo bien, de ahí su necesidad en la persona y la especie.

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