¿Las flores disparan los delitos sexuales?

13 de julio del 2015

En algunos municipios de Cundinamarca hay revuelo por la supuesta conexión entre los cultivos de flores y los delitos sexuales, sin que nadie pueda confirmar –hasta ahora- que las rosas transporten al desenfreno de hombres y mujeres.

El país ya conocía de abusos y aberraciones fruto de la guerra; violaciones por parte de depravados; atropellos de poderosos a mujeres humildes o necesitadas; estupros; sumisiones químicas a través de alcoholes y sustancias; desfloraciones violentas; y también del efecto contundente de un ramo de flores en el corazón de una mujer sensible.

Lo que será motivo de investigación en adelante es verificar si los 275 casos de atropellos sexuales cometidos en los últimos meses en Zipaquirá son producto de algún químico que potencia la líbido, al punto del desespero y el delito.

Las autoridades lo están aclarando porque igual situación se presenta en Ubaté, un bonito pueblo cercano, la capital lechera de Colombia, donde las personas comprometidas con delitos sexuales no provienen de las fincas lecheras sino de los cultivos de flores. Los 70 casos registrados resultan conmovedores, hasta el repudio. También los 198 de Fusagasugá y los 79 de Funza.

En Soacha la situación es peor (con 313 casos, según cifras oficiales de la fiscalía seccional) pero los expertos le atribuyen esa locura a la pobreza y hacinamiento en que viven miles de personas, donde familias enteras –y a veces algunos amigos- comparten una sola habitación.

Dejo constancia categórica de que la fiscalía no establece ninguna relación entre los delitos sexuales y sus causales. Es “mi unidad investigativa” la que ha establecido los enlaces pertinentes, a través de consultas en el terreno, hablando con mujeres agredidas y hombres afectados, porque también han sido ultrajados por su parejas.

Me dicen que después de un par de meses de trabajar en los cultivos de flores se presentan irrefrenables impulsos sexuales que obligan al pronto desahogo, como única manera de frenar la desazón, que se vuelve malestar, disgusto, turbación general, desespero.

Una señora, entrada en los sesenta abriles, me explicó que el “el ataque” era de las mismas proporciones del que afectó a cientos de personas en el Amazonas, a través de “la machaca” una picadura de un mosquito picarón que produjo –por allá en los años 70- el mayor número de embarazos de que tengan conocimientos y estadísticas en la región.

Al parecer la machaca permitía llegar a casa, pero en Zipaquirá y municipios vecinos “la cura” tiene que ser aplicada de inmediato, lo que podría justificar la violencia desatada.

Por eso –no por pobreza ni hacinamiento- los juzgados locales entraron en crisis, presionados por el abultado número de delitos sexuales.

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