Las virtudes de los defectos

6 de septiembre del 2012

Desde luego que soy optimista, cómo no, porque el optimismo es un deber y porque el otro camino está demasiado recorrido, ensangrentado, y después de sesenta años de transitarlo ya sabemos que no conduce sino a más fuego y a más pobreza y quienes insisten en él es porque se lucran de los votos que […]

Desde luego que soy optimista, cómo no, porque el optimismo es un deber y porque el otro camino está demasiado recorrido, ensangrentado, y después de sesenta años de transitarlo ya sabemos que no conduce sino a más fuego y a más pobreza y quienes insisten en él es porque se lucran de los votos que de él extraen y de los negocios que las balas propician.

Y Santos es el hombre. Al presidente le alcanza el sentido común para saber que esta es la ocasión de brillar después de dos años de un mandato insulso, incoloro e insaboro, que se le escurrieron en tratar de darse cuenta que en realidad era el Jefe de Estado; dos años perdidos en los que sobreaguó por la inercia y por la ayuda muy cordial que le prestaron sus amigos de la gran prensa que le habían madurado a punta de periódico y le siguieron manteniendo a punta de titulares.

Pero tras esos dos años de naufragio, Santos encuentra en el proceso que se inicia la razón de ser de su mandato sin brújula y a través de él halla el norte. Y nadie mejor que él para conducirlo porque posee lo que se necesita: la urgencia de agarrarse de esa bandera para trascender en la historia y aspirar a un segundo mandato, pero, muy además, tiene las condiciones personales, temperamentales, que lo hacen un negociador ideal.

Santos es, de largo y de ancho, mejor político que Uribe. Tanto que convenció a Uribe que era su delfín y ya sabes lo que pasó. Y mejor que Pastrana, de lejos, porque no obstante estar igualados en la misma capacidad de trabajo, Santos transmite más disciplina. Y mejor político que Samper también lo es, y más confiable, porque Santos es sicorrígido y por eso no hace chistecitos adolescentes entreverados en los discursos oficiales

Estoy pintando algunas diferencias de Santos con los últimos presidentes que emprendieron algún proceso hacia la conclusión del conflicto. Las personales y las positivas. Porque también las hay negativas que son los defectos de Santos, un montón, que a la hora de este momento se vuelven virtudes que favorecen la negociación que ha llamado al optimismo.

Santos es frío, impasible. Esa imperturbabilidad, que lo hace aparecer próximo a lo insensible, es útil en una negociación como la que llega. Santos no es de gestos desapacibles ni de golpes en la mesa ni de amagues. Quizá su adiestramiento en las mesas de póquer, inmutable a la hora de no pedir cartas, le haya servido en una carrera política que ha construido provisto solo de ambición de poder y de saber cañar cuando toca.

Esa manera de ser, que lo hace tan distante de la gente, que sus asesores tratan sin éxito de minimizar a punta de imitaciones de consejos comunitarios para los que Santos no da; de fallidos actos lacrimógenos como la incorporación de un hijo al ejército; de penosas celebraciones públicas de cumpleaños; esa manera de ser, esa índole, es imposible de cambiar porque es la naturaleza de Santos y jamás hará chistes como los de Samper ni será tan farandulero como Pastrana ni tomará tinto montando a caballo como Uribe, pero esa manera de ser es la gran ventaja que tiene frente a la negociación histórica que ha decidido.

Esa incapacidad para emitir señales de populismo, que para muchos políticos sería un defecto devastador, en este caso para Santos es una virtud. Para Santos y para el proceso hacia la conclusión del conflicto para llamarlo con las limitaciones sensatas que le han puesto. De que permanezca inalterable cuando se presenten las desavenencias que llegarán, cuando le atraviesen los palos en las ruedas que le van a atravesar, dependerá en muy buena parte la tarea que comienza. Santos necesita ahora ser más Santos que nunca.

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