El día en que cumplí cuatro años estrené gafas. Las primeras de muchas que he tenido en la vida, para veros mejor hijos míos, como diría el lobo de Caperucita. Por eso encucuyar los ojos para enfocar un objeto distante, aunque sea grande, o uno pequeño, aunque sea cercano, o ver las películas 3D en una sola dimensión, o escuchar mejor con las gafas puestas, lejos de ser un trauma para mí, es lo normal. Veo distinto, y ya está.
Así que por más que mire la foto que le tomaron a la reina en Sao Paulo, en uno de los días previos a la ceremonia final de Miss Universo, aparte de constatar que la pillaron mal sentada –a cualquiera le puede pasar– no descubro nada en la profundidad de su carrizo. Un mini vestido rojo, eso sí, y una banda terciada que, imagino, era su identificación como Señorita Colombia, sobre todo ante el anhelado zoom de los fotógrafos.
La tal foto estuvo durante dos días dándole la vuelta al mundo, gracias a las redes sociales, fue lo que nos contaron los periodistas rosa. Los mismos que año tras año mantienen en vilo a la audiencia con una frase muy original: Colombia es una de las favoritas. Y los colombianos, con la sobradez que nos ayuda a pensar con el deseo y a superar las adversidades, año tras año nos lo volvemos a creer. Esta vez liderados por el convencimiento de la propia candidata que declaró a los medios, con los calzones muy bien puestos, no haber ido al Brasil para ganar experiencia como las otras, sino única y exclusivamente para ganar el título. Conclusión: además de la experiencia y del título, perdió el tiempo, qué vaina tan soberana. Ojalá haya aprendido, de paso, que hay ocasiones en las que callar obliga.
Pero…, volviendo a la ponchada de la polémica, no puedo creer que en vísperas de los diez años del atentado a las Torres Gemelas, con las economías del mundo al borde del abismo, la hambruna africana lacerando a la humanidad y el abanico de problemas colombianos abierto, haya quienes le gasten horas –media hubiera bastado para algún comentario divertido– a discutir sobre los calzones de la reina. ¿A quién, de verdad, le importa, como no sea al Neanderthal Strauss Kahn?
Faltaba más que la señorita Robayo, u otra mujer que no fuese ni señorita ni Robayo, tuviera que dar explicaciones por no usar calzones, si es que no los usa –allá ella si le da gripa-, o por usarlos transparentes, si es que los usa. O por preferir unos mata-pasiones, unas sedas-dentales, bóxers, cacheteros, señoreros, tangas, etcétera. Cada quien con sus gustos y disgustos que aunque incómodos, no tienen por qué incomodarnos. Dios los bendiga; a los calzones, quiero decir. (Todavía recuerdo la furia la vez que mi abuelita me los quitó de un tirón porque, jugando a indios y vaqueros con los primos en un potrero, se me subieron las cachonas por las botas. “¡Córrale, misiá María, a la niña la agarraron las quita-calzones!”, gritaba el mayordomo desde el establo. Qué desgracia tan infinita la mía, esa tarde exhibicionista de mi vida).
Pasa que aquí, junto con los partidos de fútbol y las campañas electorales, los reinados de belleza son otra de las puntas de la estrella que más alumbra en el firmamento patrio. La de los deportes nacionales por antonomasia.
El fútbol, bueno, porque es el fútbol, qué otra cosa quieres que te diga; las elecciones, porque disparan el breaker de las promesas, las chanfas, los paseos en bus y los almuerzos gratis; y los concursos de belleza porque, a falta de pan… Como no tenemos realeza de verdad –de verdad es un decir: la sangre azul también es roja–, pues nos la inventamos. Con parafernalia y hasta con aristocracia. Son muy parecidos en su comportamiento los lagartos que merodean en los predios de don Juan Carlos de Borbón, por ejemplo, y los que merodean en los de don Raimundo Angulo. Unos mediterráneos, otros caribeños, pero estos y aquellos pertenecientes a la misma especie: la que si bien es capaz de comprar un título nobiliario, no es capaz de resistirse a los encantos que derrochan sus majestades. Independiente del tipo de majestades, todas atraen a los saurios con espejitos.
No es nada personal contra los Borbón y los Angulo, aclaro. A las dos dinastías les deseo larga vida y a sus patriarcas, Juan Carlos y Raimundo, un pacífico y próximo retiro. Se lo merecen. Solo que, a mi juicio, las monarquías, en general, están llamadas a desaparecer. O no -¡siempre la duda!-, puede que sean las dosis exactas de frivolidad para mantener en equilibrio la cordura colectiva. Ya lo decía Freud: “Los hombres no pueden actuar indefinidamente como si fueran seres civilizados. Se les debe permitir una vía de escape para la liberación de sus deseos más recónditos”. Pues, ¡a ello!
Terminemos, entonces, con una propuesta bien concreta: que de ahora en adelante no se ponga más la cola al burro en las piñatas, sino los calzones a la reina. De tal manera que rindamos un sentido homenaje a la marcación de un hito en la historia de Colombia.
