Esta columna podría ser fácilmente la segunda parte de la de hace ocho días, es decir, Al caído caerle II, pero pienso que aunque bastante relacionada, debe tener su propia autonomía e independencia, así encuentren gran correlación.
El pasado 27 de octubre asistí con gran entusiasmo a apoyar la iniciativa de Gustavo Bolívar y Daniel Samper Ospina en el plantón de la Plaza de Bolívar, el Corzotón. Este terrorista político que no tiene unos buenos centavos para subir a full los tanques de sus carros, y de quien en las redes sociales oímos cualquier cantidad de chascarrillos en su contra, unos buenos, otros no tanto, es contrario a lo que todos creen, un gran hombre. Porque gracias a su generosidad y a nuestra solidaridad en la Corzotón en la cual recolectamos cerca de $2.000´000.000.oo, no nos va a robar, pues el fue muy claro al afirmar que prefiere pedir el subsidio para su combustible a tener que robarnos. Y esto es sumamente sensato y claro porque alguien con ese salario, de no ser subsidiado, no tiene otra salida que robarnos hasta terminar de desangrar los bolsillos de sus electores (jefes de los naturales congresistas por el sagrado voto). Otra legítima, constitucional y legal iniciativa de este padre de la Patria Boba es la de promover la inmunidad parlamentaria. Como en este país sufrimos de amnesia selectiva, que es el peor enemigo de la necesaria memoria histórica, nos olvidamos del daño que ha causado este concepto que científicamente presenta una inversión en la aplicación al caso político, pues se trata de un término médico que describe el estado de tener suficientes defensas biológicas para evitar la infección, enfermedad u otra invasión biológica no deseada. Acá es al contrario pues se debería tratar de implementar más bien para que Juan Manuel Corzo y sus secuaces o sea la infección, enfermedad u otra invasión biológica no deseada, no nos contamine más. Para que esa pandemia no se siga propagando en nuestras vidas, hogares barrios y trabajos.
La mal llamada inmunidad parlamentaria generó que el matón Pablo Emilio Escobar Gaviria, se hiciera elegir en la Cámara de Representantes y pudiera pasearse por el territorio nacional con el fuero de congresista sin que las autoridades pudieran aprehender a este criminal quien como Pablo por su casa delinquía a sus anchas. Digo que es mal utilizado el término pues esto no es inmunidad, sino impunidad parlamentaria. ¿Será que el cucuteño quiere cambiar de negocio? O está pensando en un plan B, ya que con el sueldo el Honorable Representante no le alcanza para el octano. Mi consejo es que lo considere bien. Claro que nos exponemos a que nos robe.
Por otra parte tuve el inmenso honor de asistir el jueves pasado a la celebración del Día del Ganadero en un evento organizado por Fedegán en el cual se entregaron galardones a los más reconocidos personajes de la agroindustria ganadera. El premio José Raimundo Sojo Zambrano se entregó en el marco de la campaña “Aquí estoy” en la cual se quiere visibilizar a las víctimas de la violencia ganadera. La mesa directiva estaba integrada por el Vicepresidente de la República, el Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, la Dra. María Fernanda Cabal Molina y el Dr. José Felix Lafaurie. Mejor dicho la plana mayor del pobre y afligido sector ganadero. Lo que iba a ser un homenaje a las víctimas terminó siendo un rifirrafe político entre Lafaurie y Restrepo. En el sentido acto simbólico, estaba Danilo Murillo Córdoba, desplazado líder representante de más de 1.500 familias desplazadas de la Cuenca de Jiguamiandó, quien tuvo que soportar el debate entre agremiación y gobierno, que era más un eterno informe de gestión que un acto a favor de las víctimas.
Los electores, los desplazados quienes han sido desarraigados, despojados de sus tierras y conculcados sus derechos son equiparables en la palestra política y jurídica actual. La única diferencia que encuentro entre unos y otros es el nombre de sus victimarios, pues la distancia entre terroristas políticos y terroristas armados, cada vez se nota menos.
A 29 días de elecciones a llorar: Mientras los que ostentan altas dignidades se quejan por que no tienen para lo básico y porque “el sueldito ya no alcanza para nada” las víctimas sin terruño, sin derechos reivindicados y con garantías desconocidas, lloran de desesperanza real y concreta por tener siquiera un trabajo digno para vivir, ser visibilizados y dignificados. En Colombia nos toca como dice la ranchera llorar y llorar! Seguimos trabajando.
