Mamando gallo con la paz

15 de agosto del 2012

Ningún hecho político o social, ninguna etapa histórica o coyuntural es más dolorosa que la guerra, ya sea interna en un país, ya sea entre naciones. Lo más duro de la violencia entre fuerzas contrarias es la muerte. Si lo sabremos los colombianos, porque colombianos son los soldados y policías, y colombianos son los guerrilleros. Pero la mirada sobre el conflicto no puede ser sentimental, sino política y racional. Toda confrontación tiene solución a corto o a largo plazo. Dura la nuestra cincuenta años en su etapa actual que se inicia bajo el ejemplo de la que fue modelo a imitar: la revolución cubana. Pero las Farc no son producto del libreto cubano, como si lo es el ELN. Ambas guerrillas han tenido la pretensión de la toma del poder por las armas para realizar la revolución socialista de corte marxista, lo cual denominan “con justicia social”. He ahí el principal obstáculo para la paz, dado que cualquier diálogo y acuerdo está condicionado a ejecutar o pactar “la transformación de las estructuras políticas y económicas” de la nación.

Como el cambio social es posible, solo si se aceptan las reglas democráticas de las mayorías y de la vías no violentas, las guerrillas no aceptan esta metodología y exigen como condición que se cambien el sistema económico, político y social, es decir, que se acepte el programa revolucionario antes del cese al fuego, la desmovilización y el desarme. Este juego de pingpong surge en forma reiterada en los últimos veinte o treinta años. La guerrilla habla de paz, pero antepone la revolución por decreto presidencial o compromiso de una Asamblea Constituyente donde ella sea determinante. El Estado ofrece la paz, aún con amnistías, indultos y justicia transicional, pero no puede romper la Constitución y la ley para decretar la revolución agraria, el recorte de la Fuerza Pública, nacionalizar los colegios y las universidades privadas, etc. El juego es perverso porque la paz se convierte en juego de actores mediáticos y comediantes, cuando es una tragedia. Sucedió con el ELN: después de comenzar los diálogos de paz en la cárcel de Itaguí, se pasó a la zona rural del municipio de San Francisco (Ant.) y de allí a La Habana, Costa Rica, Maguncia en Alemania, Caracas y luego fue a morir en la cúpula del Coce, el mando central del ELN.

Para contar como ejemplos con las Farc, digamos estos: el canciller de Costa Rica, Fernando Naranjo, llega a Bogotá, 1996, con este mensaje para el Presidente Samper: Hemos tenido varios contacto con las Farc en donde han manifestado favorables a un diálogo de paz, un proceso primero a nivel técnico y luego a un nivel político para iniciar negociaciones. De allí no pasaron las intenciones. Luego vendrían el Caguán donde todo estaba preparado, tan preparado que se despejaron 42.000 kilómetros cuadrados, se le dio estatus de contradictor válido igual que al Estado, se crearon las mesas temáticas, desfilaron los guerrillos como ejército controlador del área y Pastrana, después de que las Farc mamaron gallo varios largos meses, tuvo que parar la comedia de un plumazo. El último mensaje de paz, ocurrió la semana antepasada. Un periodista extranjero entrevista al jefe guerrillero alias Fabián Ramírez, quien dice: para acabar la guerra basta llegar a un acuerdo. Ese acuerdo debe basarse en remover las causas objetivas de la guerra. Esas “causas objetivas” son las estructuras económicas, políticas y sociales de la nación que son modificables, por supuesto, pero no por un acuerdo entre la cúpula minúscula de las Farc y la cúpula del gobierno colombiano, porque este tiene que someterse a las reglas democráticas y la guerrilla no tiene reglas distintas a su Secretariado. Volvemos al mismo punto. Es decir al pingpong mediático, a que te cojo ratón, a que no gato ladrón.

En este escenario es donde el gobierno no puede equivocarse. Mamando gallo no es la solución. Pero el Jefe de Gobierno le sigue comiendo cuento a Chávez que es mediador no oficial, mientras desmonta o matiza la seguridad que está en manos de la Fuerza Pública. La seguridad no es eliminar hasta el último guerrillero, sino ejercer la autoridad para definir que es el Estado y solo el Estado el único portador legítimo de las armas. Que los guerrilleros sobrevivientes tienen un espacio en la civilidad, sin venganzas, pero sin impunidad. Que la paz se hace sin capitular, sin pedir rendición, sino acordar cuáles son los mínimos de un guerrero cuya posibilidad de vencer en esta guerra es ninguna.

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