¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales

Sáb, 26/07/2014 - 13:02
“A través de lo que hacemos y cómo lo hacemos
–momento a momento, día a día, consciente o inconscientemente–
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“A través de lo que hacemos y cómo lo hacemos

–momento a momento, día a día, consciente o inconscientemente–

alteramos los flujos químicos de nuestras sinapsis,

cambiando efectivamente nuestros cerebros.”

N.C.

Internet se constituyó en una amplísima red de comunicaciones que con sofisticadas herramientas de búsqueda permite escarbar, acceder y consultar un inmenso reservorio de información que almacena para uso público y privado. Todo esto construido en un lapso de cerca de 20 años. Difícil no reconocer los evidentes y grandes beneficios que otorga esta red universal que se nos ha convertido en indispensable, cuando no en adicción, de nuestro diario vivir laboral, social, noticioso, político y personal. ¿Cómo pudimos vivir sin ella (así como sin celular y otras parafernalias tecnológicas)? ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales, responde Nicholas Carr en su interesante libro que así intitula y al cual haremos referencia en esta disquisición. Nuestro cerebro alberga unos cien mil millones de neuronas, cantidad muy superior a los astros que componen nuestra galaxia de habitación: la Vía Láctea. Cada neurona  mide desde menos de unos milímetros hasta un metro de longitud. A través de sus ramificaciones terminales se atan y comunican entre ellas en enlaces denominados sinapsis. Es el elemento fundamental cognitivo. Una neurona establece un promedio de mil conexiones sinápticas. En esa densa malla está todo nuestro pensamiento, y la manera como se entreteje produce las  habilidades, costumbres y métodos de vida. Lejos el tiempo en que se creía que ese tejido era responsabilidad exclusiva de la genética que nos tocó, la neurología moderna advierte que también, y sobretodo, dependiendo de los hábitos a que destinemos nuestras vidas este sutil mallado se entrelaza modificando el cerebro. Que desde ya observe el lector de la enorme responsabilidad que nos incumbe en la constitución de nuestro cerebro, que de esta manera se descubre de una gran plasticidad, es decir que se modifica según los usos y abusos que le demos. Nuestras costumbres acarrean consecuencias biológicas, ya lo sabíamos para nuestro organismo en general, pero poco para nuestras neuronas que son el centro de pensamiento y acción. “Las impresiones de los objetos externos van diseñándose caminos cada vez más apropiados en el sistema nervioso”. En 1950 el biólogo inglés J.Z Young enunció: “Las células de nuestro cerebro literalmente se desarrollan y aumentan de tamaño con el uso, así como se atrofian o consumen por falta de uso”. Ahora sabemos con certeza que las conexiones sinápticas cambian, no son estáticas, se elaboran al vaivén de los influjos de nuestros hábitos. La repetición de acciones físicas reorganiza nuestro cerebro, como también la actividad puramente mental altera nuestros circuitos neuronales de manera profunda. La práctica de una acción (buena o mala) fortalece estos circuitos y la negligencia los debilita o disuelve. Lo que hacemos o dejamos de hacer marca y deja huella. He ahí la gran responsabilidad con nosotros mismos y las generaciones que nos sucederán. Alimentamos nuestro organismo con lo que consideramos saludable; conocemos bien los riesgos de ingerir alimentos excedentes en grasas, harinas, azúcares, calorías; hemos aprendido a dosificarlos, a ser cautelosos, porque respetamos nuestro organismo. Sabemos que el colesterol en demasía impide bienestar y trunca nuestras vidas. Por eso mismo hacemos ejercicio físico, así a algunos no nos guste. Las neuronas y sus interconexiones son nuestro tesoro, es deber alimentarlas con buenos hábitos. El estudio y la lectura son excelsos nutrientes  que hay que cultivar, eso de que “a mí no me gusta leer”, hay que reevaluarlo, es equivalente a decir: consumo grasas nocivas porque no le tengo miedo a la obstrucción de mis arterias. De qué pensar, de qué actuar. Entonces, no es impune alimentar el cerebro con naderías, que resultan nocivas cuando se constituyen en su único y permanente nutriente. Buenos ejemplos de esa comida chatarra son: los realities televisivos, las telenovelas, las noticias faranduleras, el fútbol a ultranza, la religión obsesiva, los tantos reinados de belleza, la navegación sin rumbo en internet, por citar solo algunos. Ya sabemos que la  repetición es absorbida por nuestro cerebro que resulta así modificado y especializado en baratijas, en detrimento de lo esencial, lo noble y verdaderamente intelectual. “Neurológicamente, acabamos siendo lo que pensamos”. Como la lectura es definitivamente un alimento de gran calidad intelectual para nuestro cerebro, es fundamental la escogencia de los temas, el método y el contexto en que se consuman, así como escogemos los alimentos corporales con la adecuada composición, frescura, conservación y buena calidad. Internet provee una inmensa gama de posibilidades de lectura y por ello hemos de ser cuidadosos. Los textos digitales en internet están salpimentados de hipervínculos, una magnífica invención que reemplaza los pies de página o las referencias bibliográficas de los documentos en papel, pero a diferencia de estos se resaltan en color y una manito incita a hacer inmediatamente una consulta. Esa manito, que inocente se posa sobre un hipervínculo, instiga a abandonar la lectura y derivar, con pretexto de profundización,  a un tema complementario, cuando no diferente. De apariencia tan útil, el hipervínculo se convierte en un gran distractor del texto leído;  es el que nos impide crear sinapsis de concentración, hábitos de lectura continua y aguda. Esa manito es responsable del tanto descontrol en las mentes que intentan leer, particularmente en las juveniles, al impedirles concentrarse, leer un libro o un documento debidamente, analizar con rigor y profundidad un tema. Una lectura digital suele convertirse en una navegación que de apariencia ordenada resulta más bien en un recorrido insustancial por diferentes temas, con abandono del tema central, y que da la sensación al lector de haber abarcado un amplio panorama, cuando en realidad ha sobrevolado con superficialidad una vasta gama de tópicos. La navegación descontrolada a que incita el contexto de hipervínculos, es nociva e impide la creación de un cerebro elaborado y apto para tareas que exigen concentración. Así las cosas, en este ejercicio el cerebro no puede establecer un hábito que le permita crear las sinapsis necesarias para una lectura profunda; es decir, con comprensión total de lo escrito. Las mentes así “entrenadas” se vuelven incapaces de leer un libro, un texto largo y comprenderlo profundamente, sus sinapsis neuronales no han sido construidas para ello. Una forma de analfabetismo regresa: la lectura incompleta y sin comprensión. Es también importante el contexto de que nos rodeemos para alimentar el cerebro. Cabe anotar que nuestra mente es esencialmente monotarea cuando a actividades intelectuales se refiere, en vano intentamos entrenarla en lo contrario con resultados mediocres. “Lo que hacemos cuando estamos en modo multitarea es «adquirir destreza en un nivel superficial», indican los estudios. Por eso mismo es muy dudoso cuando se escucha decir a algunos adolescentes (y a otros): “Yo puedo perfectamente estudiar, leer mientras escucho a alto volumen música electrónica y al tiempo chateo, veo la televisión y consulto las redes sociales”. Mejor sonreír cortésmente, para no parecer un dinosaurio, pero la realidad es bien diferente. El trabajo sobre la tarea principal de estos adolescentes es como mínimo liviano, con ideas dispersas, sin un rendimiento completo, o siendo benévolos: su trabajo podría ser muy superior en un ambiente calmado, propenso a la concentración. Nicolas Carr nos advierte: “A más multitareas, menos deliberación, menor capacidad de pensar y razonar un problema”, y añade: “perjudica nuestra capacidad para pensar profunda y creativamente”. Nuestra mente tiende naturalmente a ser dispersa, con dificultad en concentrarse, necesita por tanto evitar distractores, así como de un esfuerzo volitivo para adquirir un foco, mantenerlo y no abandonarlo. Hay que aprender a manejar nuestro cerebro para “obligarlo” a permanecer concentrado por un largo lapso en un solo tema. Los diferentes estudios científicos apuntan a la misma conclusión: “Cuando nos conectamos a la Red, entramos en un entorno que fomenta una lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial”. No hay duda Internet nos ha modificado, en muchos aspectos para bien, pero también ha hecho retroceder nuestro sistema de concentración y ha vuelto superficial nuestro conocimiento y pensamiento. Nuestras neuronas navegan en un inmenso mar que posee escasos milímetros de profundidad.
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