Un científico con vena literaria

18 de agosto del 2012

Comentarios a la labor literaria de Nelson Verástegui “En el fondo, por más avances tecnológicos que haya hecho la humanidad, seguimos siendo los mismos de hace siglos  con los mismos problemas y misterios  de amor, dolor, existencia, creencia, convivencia y supervivencia” N.V. Estamos frente a una labor literaria que reviste atención por su contenido, evidentemente, […]

Comentarios a la labor literaria de Nelson Verástegui

“En el fondo, por más avances tecnológicos que haya hecho la humanidad,
seguimos siendo los mismos de hace siglos
 con los mismos problemas y misterios
 de amor, dolor, existencia, creencia, convivencia y supervivencia”
N.V.

Estamos frente a una labor literaria que reviste atención por su contenido, evidentemente, pero sobre todo por los rasgos de su autor. Nelson Verástegui, un escritor converso, cuyos estudios y profesión lo habían destinado a disciplinas científicas, en las que ha destacado. Ingeniero de sistemas a lo cual añadió, en Francia, un Máster y un Doctorado  en “Traducción automática de lenguas naturales”; nos crea la esperanza de que en un futuro podremos consagrarnos a la esencia de una comunicación (oral o escrita) y no al intrincado aprendizaje de una lengua. Vive en la actualidad en Ferney-Voltaire, cerca de Ginebra, Suiza, donde trabaja como funcionario internacional.

Lo conmovedor de Verástegui es que paralelamente a su actividad ingenieril, ha desarrollado con ahínco el ejercicio de la escritura, que ha explorado desde ángulos diversos: el mantenimiento por años de un blog –en  donde plasma anécdotas, informa de sus viajes, comparte sus opiniones, reseña su pasión por el cine, por el Scrabble, por las exposiciones de arte–, a la escritura de cuentos, de microrrelatos y de una novela corta. Una intensa y perseverante actividad literaria que es meritoria por su tenacidad y por cuanto sus estudios y preparación lo destinaban sólo a actividades técnicas. Una prueba de que la lo científico no riñe con el humanismo, y que por el contrario las dos actividades configuran una simbiosis de deseable y sano complemento.

En su primera novela publicada, “El baúl de Napoleón”, Nelson Verástegui nos devela una bien dotada y pulcra pluma; concisa, sin adornos superfluos, en un estilo efectivo y utilitario: nada está colocado sin un sentido estrictamente necesario dentro del desarrollo.

Se nota un afán  descriptivo en donde resalta la precisión, la cual se evidencia en las precisiones descriptivas de los lugares por los que los protagonistas se pasean ora en Colombia, ora en Francia: Antibes, Niza, Les Salles, Carmen de Apicalá … Esto añade fuerza y credibilidad al escrito, al tiempo que el ingeniero se delata.

La trama, de índole detectivesca, involucra una saga familiar que se expande genealógicamente por varios siglos y países, y en su planteamiento logra seducir al lector; maquinación asaz lograda en poco menos de cien páginas. Si bien el autor logra concebir una buena expectativa, ha de decirse, sin embargo, que la resolución final, aunque interesante, se hace con un cierto grado de prisa, restándole nervio y emoción al desenlace. También, algunos lugares comunes estorban la narración, tales como la corta descripción del estereotipo con que Colombia es vista en el extranjero (droga, guerrilla, corrupción,…), así como la moraleja bon enfant  que el autor se reserva a guisa de conclusión.

Pero, sin duda, recomiendo la lectura de este agradable libro de género novela corta, escrito en primera persona en donde el autor hace un buen empleo de la herramienta epistolar. Es ésta  la primera publicación novelística del autor. El lector advertirá una componenda de gran imaginación que lo cautivará y motivará a leer la totalidad del libro en una sola sentada; adicionalmente nos obsequia el autor algunas interesantes ilustraciones  de su hijo Diego, que si bien no son estrictamente necesarias, solazan la vista y contribuyen a crear la atmósfera de la narrativa.

Cada vez me aferro más  a la convicción de que la mera actividad técnica, por elaborada y satisfactoria que ella sea, no basta para llenar y sosegar las inquietudes del espíritu; éste necesita lubricarse con bálsamos de mejores noblezas, que tienen más bien nexo con las actividades humanísticas, expresadas en cualquiera de sus amplios alerones. La literatura es un excelente paliativo a la aridez del ingeniero puro. Me atrevo: Verástegui lo entendió para regocijo de él mismo y para quienes hurgamos, como lectores,  en su  pozo neuronal.

Tiene este escritor-científico a su haber muchas incursiones en la literatura: algunos libros de su total autoría, muchos otros en donde comparte su prosa con otros escritores. Es bien amplio su universo. Y poco a poco ha venido solidificando un estilo en el que busca crear suspense que asesta al lector en un desenlace inesperado de sus escritos. Así mismo, ha de resaltarse que en su obra se ve reflejada la doble cultura que posee: la adquirida en sus más de treinta años de vida en Francia y la de su Colombia natal. Saca buen provecho de esa bonita dualidad cultural.

Por último,  y no sin antes invitar a conocer a este escritor cuyos libros pueden ser adquiridos en la librería Lerner – calle 93, no perder de vista las muchas  influencias que posee; dos me parecen curiosas e interesantes. En el pueblo en donde Verástegui vive actualmente residió Voltaire, el gran filósofo enciclopedista, siglo XVIII, maestro de mucho, pero que aquí  resalto el de la tolerancia (“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo, decía), y,  segundo, no en vano debe cosquillear a Verástegui el Gran Colisionador de Hadrones del CERN que pasa por debajo de su  vivienda. Ese sofisticado túnel, el más grande  (¿y único?) del mundo, el, que, aparte de hacernos comprender mejor la materia y sus orígenes, está desafiando teologías y creacionismos, sacándonos ojalá de ese medioevo al que aún se  aprisiona temerosa buena parte de la especie humana contemporánea. Ese ínfimo e invisible corpúsculo que ha sido cuasi descubierto: el bosón de Higgs, la “Partícula de Dios”; veremos las implicaciones, no sólo físicas, sino las filosóficas de tal descubrimiento. Buen cosquilleo ideológico debe darle este bosón a nuestro escritor en sus horas de refriega literaria.

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