Un cronista de otro mundo

26 de noviembre del 2012

Ernesto McCausland se fue de este mundo cruel, delirante y despiadado, simple y llanamente, porque este no era su mundo. Ernesto era un ser especial de otro planeta, un espíritu de una dimensión distinta. En su corazón no había espacio para la maldad y el odio, y eso lo hacía diferente a todos los demás. […]

Ernesto McCausland se fue de este mundo cruel, delirante y despiadado, simple y llanamente, porque este no era su mundo. Ernesto era un ser especial de otro planeta, un espíritu de una dimensión distinta. En su corazón no había espacio para la maldad y el odio, y eso lo hacía diferente a todos los demás. La “bacanería” era la impronta de su personalidad, que sorprendía por su cálida naturalidad y su don de gentes. Con McCausland ratifiqué lo que un día, hace muchos años, me dijo un hombre poderoso como pocos: la gente importante es sencilla.

Este, definitivamente, no era tu mundo “viejo Ernes”. Por eso partiste tan rápido, mi hermano americano, no hay otra explicación. La gente noble y grande como tú, viene de paso cada cien años por estos lares para dejarnos, con su ejemplo, las mejores enseñanzas. Dicen que no hay muerto malo, pero sí los hay. Tú eres de los buenos, sin duda. Pocos periodistas no tienen intereses ocultos o cartas marcadas y tú eras uno de ellos. La objetividad, la verdad, la rigurosidad y la ponderación siempre fueron los pilares de tu actuar. Tu norte era la verdad y nada más.

Gracias a ti, mi llave querida, muchos costeños aprendimos a valorar aún más nuestras tradiciones, y comprendimos que en tus crónicas se esconde gran parte de la magia que nos hace diferentes. Recuerdo las fascinantes tertulias a tu lado, en las que la discusión giraba en torno de la grandeza de la Región Caribe y el legado cultural e histórico inconmensurable que nuestro pedazo de tierra bañado por el mar ha significado para Colombia.

Fue un honor ser tu abogado cuando más de una vez intentaron hacerte rectificar por tus artículos de opinión. La nobleza que te caracterizaba no me permitió terminar el trabajo. Cuando lográbamos probar que las reclamaciones eran temerarias e infundadas y que había que proceder jurídicamente, tú simplemente me decías: “dejemos eso así mi hermano americano.”

Fuiste un maestro en el arte de escribir. Tenías la sensibilidad de un pintor y el olfato de un sabueso. Aunque eso no es lo único importante para alcanzar el nivel al que llegaste. Como bien lo dijo Kapuscinski: “Para ser un buen periodista hay que ser un buen ser humano”. Tú lo eras de sobra. Gran señor y caballero, inteligente, culto y decente. No recuerdo tus defectos, esa es la verdad. De seguro los tenías, pero no se te notaban.

Nos faltaron más conciertos de Rubén Blades, como aquel que en una noche de carnaval nos gozamos al lado de nuestras amadas. Quedó pendiente la película en la que yo haría un papel y tú serías el director; el viaje a La Mojana sucreña, que aplazamos varias veces, y la parranda en Montería con la Banda 19 de marzo de Laguneta, debajo de un palo de mango.

Sé que ahora estás mejor, así nos duela hasta el tuétano tu ausencia irremplazable. Ya no serás el cronista de nuestras almas perdidas, pero deleitarás a los dioses con tus cuentos y vivirás por siempre en el corazón del Caribe, un corazón que es tan grande como el tuyo.

La ñapa I: Por más que la decisión de la Corte Internacional de Justicia haya convertido a San Andrés en un reposadero de cangrejos y que Colombia pierda todo los recursos del suelo submarino en esa zona, hay que acatar el fallo. No hacerlo carece de seriedad y presentación.

La ñapa II: Siempre que la diplomacia colombiana ha negociado fronteras, pierde más de lo que gana. Sin embargo, es injusto culpar de este estropicio a la Canciller. El problema viene de mucho tiempo atrás.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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