Vacunas y autismo

26 de enero del 2011

En los últimos años se ha observado un aumento marcado en la frecuencia del diagnóstico de autismo infantil.  Esto ha suscitado varias explicaciones.  Con familias más pequeñas, algunas de hijo único, nos hemos hecho más sensibles a trastornos leves del aprendizaje y socialización de los niños.  Al mismo tiempo una sociedad hiper-conectada y exigente no acepta fácilmente al individuo aislado y diferente.  También se han aducido explicaciones más orgánicas: tipos de nutrición, contaminantes ambientales, etc.  De todas formas no hay claridad sobre la causa y el mecanismo biológico del autismo.

En 1998 el Dr. Wakefield y colegas publicaron un artículo en Lancet que asociaba el autismo a vacunación, específicamente a la vacuna contra sarampión, paperas y rubéola (MMR en inglés, la triple viral en nuestro lenguaje común médico).  Esta publicación produjo una histeria colectiva que llevó a muchos padres a negarse a vacunar sus hijos.  Resultado de esta caída en el cubrimiento con vacunas de la población infantil es que hoy el sarampión es considerado de nuevo enfermedad endémica en Inglaterra y Gales.  No conozco la extensión de este rechazo a la vacunación entre nosotros pero sí he escuchado a personas de cierta educación mencionar la asociación entre vacunas y autismo.

La primera causa que se propuso fue el preservante timerosal, nuestro “mertiolato”, que contenía mercurio y se usaba hasta la década de los noventa en algunas vacunas.  Estudios muy cuidadosos no demostraron ninguna relación del autismo con el mercurio del preservante.  Lo interesante es que a pesar de la evidencia científica muchas personas lo siguieron creyendo.

Luego las autoridades de salud y los gobiernos en EEUU y Europa diseñaron cuidadosos estudios que descartaron una relación etiológica entre las vacunas y el autismo.  Estas investigaciones, como muchas investigaciones médicas,  son difíciles de popularizar debido a sus complicadas estadísticas.  Algunos documentales de televisión y asociaciones de padres siguieron extendiendo la teoría de la asociación entre autismo y vacunación.

Observadores de la psicología social han señalado como ciertas explicaciones populares son impermeables a la evidencia científica.  Parece ser que una opinión contrariada por evidencia difícil de comprender (tablas de significancia, cálculo de probabilidades, etc.) se convierte fácilmente en creencia.  Y cambiar una creencia de la mente humana es extremadamente difícil.  Parece que el cerebro humano estuviera más preparado por la evolución a creer que a conocer y por eso “la ciencia es contraintuitiva”  como observan algunos filósofos de la ciencia.

Volviendo a lo de la relación autismo y vacunas, en el último año se ha desmoronado lo dicho por Wakefield en aquella primera publicación.  Una labor detectivesca del periodista británico Brian Deer ha mostrado que el estudio publicado en 1998 era un “elaborado fraude”, como dice el editorial del British Medical Journal de enero 5, 2011 que acompaña la publicación en serie de las investigaciones de Deer.  Por ejemplo, cinco de los doce pacientes estudiados tenían problemas en su desarrollo neurológico antes de la vacunación, y este importantísimo dato fue ocultado en la publicación.

Los defectos, maliciosos o no, en aquella publicación de Wakefield son de tal magnitud que 10 de los 13 coautores del artículo se han retractado de sus conclusiones.  La misma revista, la prestigiosa Lancet, ha renegado y se arrepiente de su publicación.  A Wakefield, se le ha retirado la licencia para practicar medicina en Gran Bretaña y ha emigrado a EEUU donde todavía tiene fanáticos seguidores que aún creen válida la asociación entre autismo y vacunas.

La aceptación de las vacunas no ha sido nunca fácil para el público desde su descubrimiento a finales del siglo XVIII.  Siempre ha existido por diversas razones una oposición, mayor o menor, a ellas.  Pero históricamente le debemos a la vacunación que la viruela sea la primera enfermedad infecciosa eliminada totalmente del género humano registrándose su último caso en Somalia en 1977.  Nuevas vacunas contra el meningococo  y los rotavirus han mejorado notablemente la mortalidad infantil.  Se siguen realizando arduas investigaciones en vacunas para la malaria y la infección por VIH.

Sería triste que la opinión pública diera la espalda al esfuerzo médico por tener más y mejores vacunas.  Sobretodo si se fundamenta esta oposición en evidencia dudosa.

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