Violencia idiosincrática

17 de junio del 2012

Reseña crítica del libro “ Olfato de perro ” de Germán Gaviria Álvarez  “Ahora sabe que no toda mala acción tiene su correspondiente castigo, el mundo es violento, no todo se paga. No porque esté alejada de las ciudades y trate con personas sencillas, estas son buenas, nobles, caritativas” G.G.A  Difícil leer esta novela sin […]

Reseña crítica del libro “ Olfato de perro ” de Germán Gaviria Álvarez 

“Ahora sabe que no toda mala acción tiene su correspondiente castigo,
el mundo es violento, no todo se paga.
No porque esté alejada de las ciudades y trate con personas sencillas,
estas son buenas, nobles, caritativas”
G.G.A

 Difícil leer esta novela sin verla como un viaje ulisíaco; Ignacio Madero a sus cincuenta años regresa a su Ítaca: los Llanos Orientales colombianos en busca de su pasado, el de su padre en particular. Durante muchos años escuchó el canto de las sirenas urbanas que no le fue ensoñador sino perturbador, cuando no forjador de su sombría actitud hacia la vida y de su aislamiento del mundo al que materialistamente se añadió. Su Troya fue la gran ciudad, Bogotá, que lo sustrajo de un pasado sobre el cual nada quería saber. Pero, el gusanillo de la curiosidad se le trepó y luego se le terminó incrustando en las sienes cuando recibió de su madre un viejo diario personal escrito por su padre a quien sólo conoció de oídas; fue éste el detonador del periplo que lo regresó a su terruño por el que había andado fetalmente en el vientre de Antonia, su madre.

Encierra, a mi entender, el libro un objetivo más amplio, así éste tenga una trama específica de personajes con nombre; el propósito del escritor es tratar la Violencia colombiana y sus implicaciones materiales, morales y sobre todo las consecuencias sobre la psiquis colectiva, tales como: la indolencia frente al dolor, la extirpación de la solidaridad, la banalización de la tragedia, la insensibilidad frente al crimen, la docilidad y sumisión como arma de supervivencia, el dañino resentimiento incubado y no expresado, la constitución idiosincrática del ciclo de violencia, la alteración comportamental del individuo.

En el caso de Ignacio Madero, protagonista de la novela, hijo mismo de la violencia, con abuelo bandolero y un padre sin recatos –ni dios ni ley– y escasos principios rectos, las secuelas fueron palpables; entre las más detectables: la soledad como refugio (“Su aislamiento interior ha sufrido una violación insidiosa y amarga”); la desconfianza permanente del otro; la imposibilidad de amar, aun a su madre (“Recuerda que disfrutó del amor, pero es tan lejano que parece una jugarreta de la imaginación”); la apatía emocional (“Es como si jamás en su vida hubiera sido querido y el calor amoroso sólo fuera una rara añoranza”); la frialdad sexual (“Simples transacciones basadas en lo primario del coito y de la comunicación humana”); el poco o ningún afecto por su único hijo; el desapego por la vida; la tendencia a la mitomanía; y muchas más que crio su inconsciente como consecuencia y mecanismo de defensa. Muchas cosas podrían decirse de este ser desarraigado, una llama la atención: su marcada propensión a considerar cada mujer que cruza su ángulo visual bajo una perspectiva meramente sexual. Examina e imagina a cada fémina como una posible presa copulatoria, sin que ningún otro aspecto merezca su atención. Bien haría Freud viniendo en ayuda interpretativa de la conducta de Ignacio Madero.

Podría decirse que la narración se consagra al desarrollo de la historia del desamor de este hijo por su madre Antonia. Los malentendidos causantes de tal animadversión se van develando paulatinamente a lo largo de las poco más de doscientas páginas del libro en las que el autor en un estilo limpio, directo, eficaz y sin florituras despliega una agradable trama salpicada de un interesante suspenso.

También podría decirse que Antonia es protagonista de esta novela. Su vida, casi más que la de Ignacio, es detallada y en parte analizada. Descubrimos en el relato poco a poco a una mujer valerosa y porfiada, que se casa sin consentimiento de su acaudalada y clasista familia con un obrero ignorante y sin ningún futuro. Es la historia de esta joven vilipendiada por su propia familia, por su marido, su propio hijo y su arribista entorno, y de la manera como sufrió los avatares que le destinó su elección matrimonial a la que a toda costa se aferró.

Ignacio Madero muy joven huyó de su madre porque la consideró asesina de su padre, y con esfuerzo y dedicación logró romper el ciclo de la pobreza y ruralidad indigna en que había vivido; cursó estudios superiores y se convirtió en profesor de la universidad nacional de Bogotá. Al tiempo que lustró su intelecto con labores académicas, fue testigo de primer balcón de la penetración de la guerrilla en ese claustro, de los disturbios y muertes de insurrectos y policías que de estos actos se desprenden. Para la época en que descubrimos a Ignacio Madero nada de esta actividad universitaria era ya foco de su motivación. En realidad no lo era nada. Un barco a la deriva. “Su vida es una isla desierta en medio de un mar muerto”, anota el narrador.

El tiempo de la novela se ubica en la primera década del presente siglo, pero las reminiscencias evocadas se remontan a la Colombia de los años 40 del siglo pasado, origen de las miserias actuales.

Son dos dolorosos recorridos por los Llanos Orientales que se narran en la novela, eI de Ignacio Madero husmeando como buen sabueso en el pasado de su padre y el de Antonia detrás de las huellas Ignacio Ángel, su marido. Ambos recorridos hechos en tiempos diferentes pero muy bien engranados por el escritor. El periplo de Ignacio Madero lo lleva a la misma conclusión a la que llegó su madre tantos años atrás: el descubrimiento y vivencia de una cadena inenarrable de Violencia, que continuaba en el mismo escenario con actores diferentes. El objetivo el mismo: someter a los demás y obtener dinero sin control y como única finalidad de vida. Un círculo vicioso que en décadas no ha sido roto, constata Ignacio Madero.

Gran parte el relato, escrito en tercera persona y con un narrador omnisciente, es acusatorio de la violencia generada por el bandolerismo, la guerrilla, los narcotraficantes, las autodefensas, los paramilitares. Violencia que condena el escritor, así su denuncia sea menos marcada conla guerrilla. Lacrueldad es latente en la ciudad, en el campo, en las personas. La miseria moral y material es palpable y parece sin fin, sólo cambian los métodos, los actores y los muertos.

Con esta novela Germán Gaviria Álvarez –un escritor prolífico pero poco publicado– se hizo acreedor del Premio Nacional de Literatura Inédita del Ministerio de Cultura colombiano del año 2011 y su publicación fue el fruto de un concurso que ganó el “Taller de Edición Rocca” dirigido por Luis Rocca, de quien ya en otra ocasión hemos señalado la gran labor que viene desempeñando como editor de muchas obras que sin su empeño no verían la luz. Mi recomendación de lectura de este estupendo libro, que aparte de un agradable desarrollo reserva un final sorprendente. Las muchas citaciones y guiños a obras literarias a lo largo de la novela denotan que el escritor es un gran lector e interesado en literatura de valor.

A manera de colofón, destacar la acertada frase del ‘Acta de veredicto del jurado’ que define la novela como “un viaje al rescoldo animal que anida en cada ser humano”. Una fatal realidad que produce rabia y asco.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO