Aristóteles Onassis

Aristóteles Onassis

15 de marzo del 2011

Si toda historia de la filosofía debería incluir a Aristóteles el estagirita en un capítulo aparte, toda historia de la corrupción debería incluir a Aristóteles Onassis, el estafador, en un capítulo aparte con fotos a todo color y sobre fondo dorado, claramente.

Aunque el siglo XX ha visto su cuota considerable de hampones y ladrones, pocos ha visto que hayan calculado su perfidia de manera tan milimétrica como este magnate griego, que incluso antes de haber sido traído al mundo por Penélope, su madre, y Sócrates, su padre (ya en los nombres de la familia se anuncia la dimensión épica de las proezas del niño), tuvo la precaución de nacer en Turquía, pues de haber nacido en Grecia nunca hubiera tan sagaz para los negocios. Pero más admirable aún es que procuró nacer en una ciudad turca que pertenecía a Grecia, siendo turco de astucia pero europeo de pasaporte, sueño de todo criminal de grandes aspiraciones.

Su padre era dueño de una flotilla de barcos cargueros a los que el hijo supo sacarles el jugo incansablemente, haciéndose rico antes de los veinte años. Pero después de la Primera Guerra su ciudad volvió a manos de los turcos, y todos los bienes de las familias griegas fueron confiscados. Así es que Aristóteles llegó a Buenos Aires con sesenta dólares en el bolsillo y pare de contar. Una vivencia tan apta a la literatura convierte invariablemente al protagonista en un hombre honesto, que sabe lo que es no tener nada y por eso aprecia y comparte lo que tiene. Pero Aristóteles Onassis era inmune a tales moralejas, y supo esquivarlas con destreza. En Buenos Aires se fumaba tabaco cubano, que es negro y fuerte. Onassis calculó que las mujeres le agradecerían un tabaco más suave y rubio, y montó su fábrica de cigarrillos, tomando prestado el nombre de otra marca que aún no llegaba al cono sur. En menos de cuatro años pasó de inmigrante vaciado a prominente figura de la industria argentina.

Pero las cosas no habrían de ser así de fáciles, aunque ganar plata con trampa nunca es muy difícil. El gobierno griego elevó los impuestos para las exportaciones a países con los que no tuvieran tratados comerciales específicos, volviendo el negocio de los cigarrillos impracticable. Entonces Onassis se fue para Grecia, y habló con ministros y senadores y logró finalmente convencerlos de eximirlo de impuestos sólo a él. Tal artimaña le costó varios miles de dólares, pero le salió muy bien, pues sólo hizo tratos con corruptos, y como él mismo solía decir, “nunca hay que confiar en alguien que no acepte un soborno”.

De ahí en adelante fue en cuestión de pocos años en que Onassis se volvió uno de los hombres más ricos del mundo, dueño de petroleras en el Medio Oriente, rascacielos en Nueva York, yates en todos los mares  y una flotilla de más de ochenta barcos cargueros con bandera panameña, por lo cual no pagaban impuestos. Su yate preferido lo bautizó en honor a su hija Christina, y en él hizo largos viajes acompañado de su esposa hasta el día que ésta lo pescó, en la cabina del yate, haciendo el amor con María Callas, la cantante de ópera griega. Entonces la fama de Onassis empieza a decrecer, no su fortuna. La prensa de varios países destapa algunos escándalos menores de empresas de Onassis, de los que el magnate se libra fácilmente con artimañas legales. Sin embargo está desesperado por entrar de una vez por todas a la clase alta internacional, a la que ya pertenece monetariamente pero no socialmente. Así es como en los años setenta sorprendió al mundo casándose con Jacqueline Kennedy, la viuda del presidente asesinado, y entrando inmediatamente al más alto mundo de la cultura y la moda.

Onassis le ofreció a Jackie Kennedy tres millones de dólares y uno más a cada uno de sus hijos, a cambio de su mano, y una herencia de 150 millones de dólares después de su muerte, que la glamorosa viuda aceptó y del que, aunque se separó del magnate antes de su muerte, recibió hasta el último centavo. Pero todo esto se supo sólo después de su muerte, y los que lo admiraban por corrupto se sintieron un poco desilusionados, pues si la plata no se robaba para encontrar el amor verdadero, y éste había que comprarlo también, todo el plan carecía realmente de sentido.