Charles Dickens

7 de febrero del 2011

Charles Dickens es el novelista por excelencia del siglo XIX inglés, y tal vez el escritor más importante de ese país después de William Shakespeare. Los personajes de sus libros y las aventuras en las que se ven involucrados han pasado a formar parte del imaginario colectivo, incluso en las clases más bajas, incluso en los que jamás lo han leído. Pocos desconocen en ese país los avatares a los que estuvo sujeto Oliver Twist, ladrón por obligación, o la serie de intrigas que llevaron a tan lamentable final a los protagonistas de Los papeles del club Pickwick.

Gran parte del éxito de Dickens se debió al hecho de que escribiera por entregas y publicara por capítulos sus novelas, en revistas populares londinenses. Esto, además de asegurar un alcance a una población mayor, obligaba a sus lectores a convivir con las historias durante años enteros, teniendo que esperar varias semanas al capítulo siguiente, y evitando que algún lector voraz se leyera la novela de una sola sentada. Entonces los últimos adelantos de las novelas se volvían tema de conversación, de debate y de especulación, situación instigada por el mismo Dickens, que dejaba todos los capítulos en el más hondo suspenso.

La renta que estas intermitentes aventuras producías, sin embargo, eran igualmente intermitentes, y se cuenta que Dickens tuvo que escribir cuentos e historias cortas en cuestión de horas cosa de llegar a fin de mes. Es por eso que aceptó la dirección de una casa de mujeres en desgracia, fundada por una rica y filantrópica dama, en la que se le iba la mayor parte del día, inicialmente para su pesar, pero al poco tiempo con gran provecho, pues entendió que la casa era una fuente agotable de nuevas historias y curiosos personajes.

Pero unos años después las novelas empezaron a darle ganancias suficientes para mantener a su numerosa familia y comprarse la casa con que había soñado de niño. En ella inició una nueva etapa de su literatura, de novelas publicadas directamente como libros, entre las cuales la magistral Historia de dos ciudades, de una madurez superior a todas las anteriores.

Sin embargo, el amor por sus historias habría de alejarlo nuevamente del hogar, ocupado en hacer lecturas públicas de sus libros en cada ciudad del país. Las giras duraban a veces hasta dos años, y el apetito de los lectores no se agotaba, al punto en que fue Dickens el que se agotó primero, muriendo en su casa recién llegado de una gira. Su cuerpo yace en, contra de su voluntad, en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster, y no hay estatua en ningún lado que lo honre, según su expreso deseo de ser recordado como lo sería un hombre cualquiera.

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