Charlie Mingus

5 de enero del 2011

En una ocasión, Charlie Mingus dijo que el jazz era la música clásica de los negros, panorama en el que él, sin duda, vendría siendo un igualmente irascible y neurótico Beethoven. En efecto, Mingus ha sido uno de los músicos más violentos del jazz, tanto en cuanto a su abrumadora personalidad, como en cuanto a […]

Charlie Mingus

En una ocasión, Charlie Mingus dijo que el jazz era la música clásica de los negros, panorama en el que él, sin duda, vendría siendo un igualmente irascible y neurótico Beethoven. En efecto, Mingus ha sido uno de los músicos más violentos del jazz, tanto en cuanto a su abrumadora personalidad, como en cuanto a su transgresora e irrespetuosa obra.

Mingus empezó tocando el contrabajo en los años cuarentas con leyendas del jazz tradicional como Duke Ellington y Louis Armstrong, tras lo cual se mudó a Nueva York en pleno auge del be-bop, intento de retornar el jazz, convertido en un bien masivo de consumo por las disqueras y las orquestas de swing, a sus originales raíces negras. El be-bop se tocaba en bares pequeños, en ensambles de no más de cuatro músicos, y figuraba largas, complicadas y muchas veces difíciles de escuchar improvisaciones en el saxofón y la trompeta. Los líderes indiscutidos de este estilo eran Charlie Parker y Dizzie Gillespie, a los que Mingus admiró, copió, acompañó en conciertos y finalmente dejó, arrasando su música cómo había arrasado la de Ellington y Armstrong.

Mingus huyó siempre de la decadencia inevitable que llega a los músicos demasiado acomodados en un estilo, demasiado alabados, demasiado requeridos por los bares. Entonces dejaba todo tirado, armaba un ensamble nuevo y se dedicaba a buscar un jazz que él mismo, en un principio, no entendía del todo. En el proceso se enemistó con varios músicos que no entendían sus instrucciones, decenas de productores que no sabían cómo promocionar su música, o como llamarla, si quiera, y cientos de espectadores que, durante sus presentaciones, no prestaban la atención que Mingus sentía que su música merecía. En varias ocasiones calló a su ensamble, como un profesor de colegio, para esperar a que el público hiciera silencio. En varias ocasiones insultó al público por ignorante, rompió contrabajos de veinte mil dólares, dejó el escenario a los cinco minutos de haber empezado a tocar.

Y a pesar de tales pataletas, famosas en todo Nueva York, los músicos más virtuosos del jazz no dejaban de pelearse la oportunidad de estrenar una de sus composiciones o formar parte de uno de sus ensambles. De este modo, debido a la admiración de tantos, Mingus grabó más de veinte discos, muchos de los cuales marcaron un verdadero cisma en la historia del jazz moderno. En ellos nos da la impresión de que todo ocurre al tiempo, y por consiguiente, que nada concreto está ocurriendo. A esto se debe que muchos califiquen su obra como free-jazz, sin reglas ni convenciones. Pero lo cierto es que la música de Mingus esconde, entre la violencia y el desastre, los ejemplos más conmovedores y admirables de composición musical, de destreza en los arreglos y sobre todo, de exploración de las capacidades de la improvisación colectiva, que es sin duda su mayor distintivo.

La música de Mingus es densa y no es fácil de escuchar, pero tiene un ímpetu, una fuerza vital tal vez nunca antes oída en una agrupación de jazz, y una fuerza, además, que no decae hacia el final de su discografía, sino que, al contrario, parece ir siempre adelante, siempre en aumento, con dirección a un mundo del todo inexplorado del cual sólo alcanzamos a vislumbrar la forma, pero que hubiéramos sin duda llegado a conocer si a Mingus no le hubiera llegado la muerte tan temprano, con sólo 56 años, en manos de una odiosa enfermedad.

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