David Kalakaua

20 de enero del 2011

Cuando el último rey de la dinastía Kamehameha, llamado Kamekameha V, murió sin dejas descendencia, las cosas empezaron a ir de mal en peor para el reino de Hawai. Dos eran los posibles sucesores, y a falta de un modo oficial de escogerlos, se hizo una consulta general. En otras palabras, Hawai tuvo sus primeras […]

David Kalakaua

Cuando el último rey de la dinastía Kamehameha, llamado Kamekameha V, murió sin dejas descendencia, las cosas empezaron a ir de mal en peor para el reino de Hawai. Dos eran los posibles sucesores, y a falta de un modo oficial de escogerlos, se hizo una consulta general. En otras palabras, Hawai tuvo sus primeras elecciones medianamente democráticas por descarte, rasgo pintoresco de ese alegrísimo pueblo.

Los dos contendores eran el jefe militar Lunalilo y el jefe militar Kalakaua. Lunalilo anunció que de ser elegido regresaría el país a los hawaianos, hartos como estaban de tanto gringo insulso. Kalakaua, a falta de mejor oferta, escribió un poema que no le quedó nada mal:

¡Oh pueblo mío, viejo compatriota, álzate, ésta es la voz!

Pero la gente prefirió la prosa, y coronó a Lunalilo, derrota que Kalakaua aceptó tan de buen grado que ya parecía saber que el rey Lunalilo habría de morir al año. Entonces, a falta de más contendores, Kalakaua se hizo rey. En su primer discurso, alegrísimo y no falto de cierta ternura, Kalakaua anunció que para gobernar a su pueblo como ameritaba, se iba de viaje por el mundo, cosa de aprender de los demás mandatarios los gajes del oficio. Y así lo hizo; se marchó en una vuelta al mundo más extensa que la que ha dado cualquier rey o presidente, entrevistándose con todos los mandamases, tomando atenta nota, y comprando muebles lindos para abastecer el palacio que habría de construirse al regreso ya que, como había notado, para gobernar se necesitaba antes que nada un buen palacio. Por eso los hawaianos empezaron a llamarlo “el monarca alegre”, elogiando su gusto por la buena vida, que satisfizo plenamente en su viaje, durante el cual había dejado al mando de las islas a su hermana de nombre aún más lindo, Lili’uokalani, que escribía libros sobre las islas y su gente.

A su regreso, Kalakaua construyó su palacio y volvió a instaurar la celebración del hula, que los misioneros jesuitas habían prohibido por inmoral. También se reunió con los americanos, logrando venderles azúcar y arroz, y empezó las negociaciones con Samoa para instaurar una coalición polinesia de reinos alegres, la cual se habría realizado de no haber sido porque la facción política hawaiana que abogaba por la anexión del país a los Estados Unidos le hizo un duro golpe al monarca feliz, dejándolo más bien tristongo. Entonces Kalakaua, siempre valiente ante la adversidad, les propuso que escogieran el país al que querían anexarse y él hacía las vueltas, con tal de que no fueran los gringos, pero su propuesta fue rechazada, y entonces Kalakaua murió de aflicción, dejando a cargo a su hermana Lili’uokalani, que había de ser la última reina de Hawai antes de que todo se llenara irremediablemente de adolescentes borrachos y militares retirados con bermuda beige.

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