Django Reinhardt

Django Reinhardt

23 de enero del 2013

En lengua Romaní, la lengua de los gitanos europeos, provenientes, aunque en diversos momentos según el grupo, de Rumania, Django quiere decir “despertar”, y es una palabra con que estos nómadas, cuyas manos tienen tan buena fama cuando están puestas sobre una guitarra o un violín y tan mala fama cuando en cambio están metidas en una cartera o bolsillo,  suelen bautizar a sus hijos en sus provisionales y multitudinarios campamentos, en una fiesta que más tiene de fin del mundo que de bienvenida a él, y que en realidad no tiene porqué ser llamada bautismo, ya que no pasa de ser un simple nombramiento.

De todas formas, a este gitano en particular, en ese campamento particular del sur de Francia, esos gitanos particulares, de la etnia llamada Sinti, le pusieron el nombre de Django, sin imaginarse mínimamente qué tanto este “despertar” en efecto habría de hacer por despertar el sentido de la música en los franceses, primero, y en el resto del mundo un poco después.

Django Reinhardt nació en una familia pobre, como todas las familias de gitanos que aún no participan de la vida cotidiana del resto de los ciudadanos. Creció en un parqueadero de carro casas, y a un carro casa se mudó cuando se casó, aún adolescente, con su primera esposa. En esa época Django, además de guitarrista amateur, era ebanista, y su mujer, a falta de mejor cosa, hacía flores de plástico que vendía a los turistas en la calle. Como el carro casa era a la vez el taller de él y de ella, lleno de plástico y madera, una simple vela que se volcó por la distracción de un Django asaz borracho fue suficiente para incendiarlo todo entero en cuestión de segundos, y para ocasionarle graves heridas al culpable, incluyendo una pierna y dos dedos de la mano gravemente heridos, entre otras tantas quemaduras de segundo y tercer grado.

Como buen gitano, Django se negó a dejarse amputar los dedos y la pierna, y a los dos meses de salir del hospital ya estaba caminando y tocando la guitarra, a pura fuerza de voluntad. Los dedos, sin embargo, le quedaron considerablemente averiados, y nunca pudo usarlos para hacer solos en la guitarra. La consecuencia no fue que se dedicara a la guitarra rítmica, sino que aprendiera a solear sólo con dos, a una velocidad que muchos guitarristas profesionales no alcanzaban con los cinco dedos.

Por esa época, el hermano de Django, también músico, había conseguido un pequeño contrato con un club que habría de convertirse en uno de los focos del hot jazz, vertiente gitana el jazz americano que nació en París, en ese club y en otros tantos, y en gran parte en manos de Django Reinhardt. Con el hermano tocaba un joven distraído pero genial en el violín de nombre Stéphane Grappelli, con el que Django se entendió a las maravillas, y con el que en menos de un año ya habían formado el Quintette du Hot Club de France.

El resto de esa historia es una de constante éxito financiero, pero sobre todo de constante inspiración musical, y es la historia de unos de los temas más famosos de toda la historia del jazz. Por eso, para contarla, y sobre todo para entenderla bien, no queda otra que escuchar al mismísimo Django Reinhardt en los cientos de grabaciones que hizo con y sin su compañero violentista, a lo largo de casi treinta años de carrera. Y empezar por uno de sus temas más hermosos, Minor Swing o incluso Djangology, no sería sin duda un mal comienzo.