El banquero que descubrió Troya

29 de junio del 2013

El tesoro que Heinrich Schliemann halló en 1870 fue saboteado y tachado, terminó en las manos de Hitler y hoy nadie sabe su paradero.

Caballo de Troya, Kienyke

En 1822, cuando vivía en Kalkhorst, aldea del Mecklemburgo-Schwerin, Heinrich Schliemann recibió de su padre un regalo que marcó su niñez: el relato en latín  de los principales acontecimientos de la guerra Troya y sus legendarios personajes. Estaba lejos de pensar que 37 años más tarde, publicaría un libro con sus memorias y recuerdos del descubrimiento de Troya y del “tesoro de Príamo”, que fue objeto de controversias y señalamientos mientras Schliemann estuvo con vida.

El tesoro que defendió de las manos de oportunistas e impuestos terminó refundido en los estragos de Berlín en el final de la Segunda Guerra Mundial.

Troya no está donde todos pensaban

En 1862, la intuición y tenacidad de este comerciante devenido arqueólogo por pasión a los textos homéricos, y a su obsesión por demostrar el trasfondo histórico de esas epopeyas hicieron que pudiera localizar en la llanura de Hissarlik (Turquía) el sitio donde otrora estuviera emplazada Troya (en griego Ilión –i. e., Troya–).

En abril de 1870 inició sus rudimentarias labores arqueológicas en el solar donde según la tradición mitológica estaba la legendaria ciudad. En sus excavaciones halló un muro ciclópeo, con lo que afianzó su intuición: Hissarlik debía ser la antigua ciudad del rey Príamo. Prosiguió luego esas tareas con diversas interrupciones, hasta 1890, ya que hay épocas del año en las que no se podía excavar a causa del frío y de las lluvias invernales y del calor abrasador de los  veranos, de las dificultades en obtener los permisos de las autoridades turcas o de los campesinos propietarios de las tierras, de los terrenos pantanosos, del flagelo de la malaria y de otras enfermedades que, en diferentes ocasiones, atacaron a su equipo de excavación.

En 1873 ocurrió un hecho sorprendente: Schliemann halló un importante botín, que llamó el ‘‘tesoro de Príamo’’, del que dio cuenta en diversos centros científicos de Europa. Esa circunstancia puso sus descubrimientos en un escenario difícil: aparecieron tanto defensores cuanto detractores de sus descubrimientos. Especialmente estos últimos, quienes ponían en duda la credibilidad de sus hallazgos (Schliemann fotografió a su esposa ornada con esas joyas milenarias; esa imagen, un ‘‘clásico’’ del arte fotográfico, está reproducida en numerosas obras referidas a la arqueología griega clásica).

Entre los incrédulos del desabrimiento de Schliemann estaba Alexander Conze. Quien, con el propósito de desacreditar al ‘‘improvisado’’ arqueólogo, afirmó que esas joyas no eran troyanas, sino un conjunto de variada procedencia que Schliemann en un acto no carente de picardía, habría recogido en diversos sitios de la Hélade y del Asia Menor para conferir una pizca de veracidad a sus ‘‘supuestos’’ hallazgos.

Sin entrar a considerar el fundamento de tales acusaciones, las joyas existen y Schliemann y la tradición aducen que proceden de la acrópolis de la ciudadela donde habría estado el palacio del viejo rey Príamo y que las había hallado adosadas al muro que rodeaba la acrópolis.

Cansado de trabajar como agente comercial, Schliedmann se embarcó rumbo a América buscando fortuna, sin embargo, su barco naufragó en el canal de la Mancha y solo pudo llegar de milagro a Holanda

Todo tesoro paga impuestos

Por el hecho de haber trasladado ese tesoro a Grecia de manera ilegal, vale decir, sin el debido permiso de las autoridades turcas, Schliemann fue acusado por el gobierno otomano y condenado a abonar una multa que el arqueólogo pagó quintuplicada con la condición de que le permitieran retener parte de ese hallazgo y le renovaran el permiso para excavar. En cumplimiento de ese acuerdo dejó la parte convenida con destino al antiguo museo de Constantinopla, pero como la autorización para reiniciar las tareas arqueológicas se demoraba más de lo razonable, marchó a Grecia con el propósito de excavar en Micenas.

En cuanto al citado tesoro, con los años, contra la voluntad de su esposa que quería lo donara al gobierno griego, Schliemann lo confió al cuidado del entonces imperio alemán, depositándolo en el Reichsbank de Berlín, pero estos objetos desaparecieron en el ocaso de la II Guerra Mundial sin que nada se supiera de su destino.

Hace pocos años, la directora de uno de los museos de Moscú, declaró que el llamado ‘‘tesoro de Príamo’’ estaba en los depósitos del establecimiento que dirigía y que lo expondría para que el público pudiera apreciarlo, y así lo hizo; de esa muestra valiente y memorable, resta un Catálogo. Esa actitud, como es de imaginar, dio origen a un conflicto judicial de alcance internacional donde turcos, griegos, alemanes y rusos litigaron –y litigan– respecto de su pertenencia.  Entretanto, el ‘‘tesoro de Príamo’’ continúa en el citado museo.

Troya continúa siendo objeto de fascinación y de negocio. La película ‘Troya’, protagonizada por Brad Pitt y Eric Bana, fue filmada en el 2005.

Lea también

El final de Hitler contado por su esposa

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO