Elisa Mújica

21 de enero del 2011

Es comprensible que en un país con una historia tan violenta como la de Colombia, la literatura esté entrelazada con la necesidad de la gente de dar sus opiniones acerca de las posibles soluciones del conflicto, o de su insolubilidad, o de quién merece la culpa. Y aunque la literatura puede ser sin duda una […]

Elisa Mújica

Es comprensible que en un país con una historia tan violenta como la de Colombia, la literatura esté entrelazada con la necesidad de la gente de dar sus opiniones acerca de las posibles soluciones del conflicto, o de su insolubilidad, o de quién merece la culpa. Y aunque la literatura puede ser sin duda una herramienta muy útil para buscar hacer las paces con todo lo que está mal en el mundo, también esconde una trampa letal, en la que han caído la mayoría de los escritores, como cayó Elisa Mújica, consistente en volver a la literatura un medio para echar discursos.

La  mejor manera de decir que algo está mal, que alguien le está haciendo daño a alguien más, es decirlo directamente, con nombres propios, con números de cédula. Usar la literatura para juzgar sin poner la cara, para imaginar fantasías eternas que al final no son más que pobres metáforas de la realidad, es un abuso de los lectores, un desperdicio de papel, y en últimas una falta contra el balón, contra la literatura misma. Y a esto exactamente se han dedicado la mayoría de los escritores colombianos, cuyas veladas opiniones han ido a dar, y seguirán dando a dar, directamente al olvido, una por una.

Elisa Mújica escribía muy bien, fue una de las primeras mujeres que se dedicó seriamente a la literatura, fue miembro de la Academia de la Lengua, hizo incontables trabajos por mejorar la situación cultural y social del país, pero sus cuentos y sus novelas han sido y seguirán siendo justamente olvidadas, porque no están hechas con el fin de crear literatura, noble fin, sino con el de echar discursos. Entonces sus protagonistas se llaman Moisés Barbas en vez de llamarse Quintín Lame, sus pueblos se llaman Boca de Honda en vez de llamarse Riohacha o Ipiales, sus malos se llaman bandoleros en vez de llamarse guerrilleros. Y por eso todos sus cuentos obligan al lector a la tediosa tarea de deshacer cada disfraz uno por uno, volviendo a poner cada cosa en su lugar, como una madre resignada con su hijo terremoto. Por eso, porque no leía la literatura con los ojos del asombro sino con los del provecho, las estructuras de sus cuentos son tristes imitaciones de las de los Cuentos de Hadas de Oscar Wilde o de los cuentos de Horacio Quiroga. Y todos esos son atajos que ningún lector agradece.

Qué distintas las historias de Evelio Rosero, de García Márquez, de Jose Félix Fuenmayor, metidas hasta el alma en el conflicto colombiano, en la violencia histórica y cotidiana, en la vida de la gente, pero nunca echando discursos, nunca adoctrinando a los niños ni subestimando a los adultos, sino al contrario, forzando los límites de su imaginación. Porque en estos libros la literatura no es una excusa para dar la opinión sobre el conflicto, sino que el conflicto es la materia para hacer literatura. Pero aún son muy pocos los libros así.

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