Gabriela Mistral

Gabriela Mistral

7 de abril del 2011

La primera latinoamericana, la primera chilena y la primera mujer de todo el continente americano en ganar el Premio Nobel fueron una misma persona, poeta y pedagoga, llamada Gabriela Mistral. En realidad, al igual que el segundo chileno que ganaría el Nobel, Pablo Neruda, su nombre no era más que un pseudónimo. Pablo Neruda se llamaba Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, y Gabriela Mistral se llamaba Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. La tendencia de los chilenos a poner nombres eternos a sus hijos es justificación de sobra para que estos dos poetas hayan escogido firmar sus obras con pseudónimos.

De todas formas, hay una razón más, que nos dice un poco sobre la manera en que los chilenos, o por lo menos esos chilenos, entienden la poesía. Tanto el pseudónimo de Neruda como el de Mistral están formados por los nombres de otros poetas cuyas obras los chilenos admiraban. Jan Neruda fue el poeta checo del que Neruda tomó su nombre, y Gabriele D’Annunzio, italiano, y Frédéric Mistral, francés, fueron los poetas de los que Gabriela Mistral tomó el suyo. Que sus nombres sean homenajes a otros poetas, y de ese modo a la poseía misma, parece indicar que ambos tenían claro que la poesía que escribían no la escribían Lucila Godoy y Neftalí Reyes, sino sus alter-egos poéticos, sus narradores internos, o como se quiera decir.

Tal interpretación, aunque pueda parecer vana a primera vista, en realidad explica muy bien las vidas de estos dos grandes de la poesía en español, en que la persona y el autor vivieron vidas casi independientes. La historia de Neruda es famosa por sus contradicciones precisamente en este sentido: mientras Neruda escribía indignados y alevosos poemas políticos en contra de los tiranos de América Latina, Reyes hacía negocios diplomáticos en Argentina. Pero lejos de derivar en una poética esquizofrenia, ambos se entendían lo más de bien, y así es como en lo poemas de Neruda, en que figuran todos los dictadores de América Latina, con nombre propio, no figura Perón, ni en los rincones.

La historia de Mistral es menos conocida, en parte porque su poesía ya casi no se lee, pero también porque nunca fue tan escandalosa como la de Neruda. Sin embargo, al igual que Neruda, Lucila Godoy fue diplomática, después de largos años como pedagoga, profesora y directora de colegios a lo largo de todo su país, desde Antofagasta, al extremo norte, a Punta Arenas, al extremo sur. Sus amistades familiares, que pronto derivaron en conexiones políticas, como suele suceder, le ahorraron a Godoy la tediosa tarea de graduarse de pedagoga y pasar los exámenes estatales como hacían todos sus colegas, que siempre le guardaron un merecido rencor, y que muchas veces trataron de obstaculizarle su carrera de rápidos ascensos. Pero en 1945 Mistral ganó el Premio Nobel, y Godoy se volvió intocable, por lo menos durante el breve tiempo en que continuó si carrera, ya que un poco después rica, y famosa, dejó la pedagogía y se mudó a Estados Unidos a vivir con una escritora gringa, Doris Dana, con la que tuvo un largo romance. De su sexualidad, que Godoy se tomó con tanta tranquilidad y franqueza, no hay ni rastro en la obra de Mistral. Muchos críticos más políticos que literarios han visto esto como un signo de negación de su propia personalidad, de vergüenza de su propia vida, y no es difícil, al igual que con Neruda, darles la razón. Y sin embargo una lectura incluso rápida y parcial de sus obras desarma el argumento, pues nos muestra con qué seriedad se tomaban eso de escribir a nombre de alguien más, de dejar de lado los avatares de sus vidas personales para poder hablar de cosas más importantes, de reivindicaciones políticas y sociales mucho más urgentes que sus peleas cotidianas, en el caso de Neruda, y de la poesía, y de la función de la poesía, y del hecho de ser mujer y haberse dedicado a escribirla, en el caso de Mistral. Un poema en particular, que puede leerse como una referencia velada justamente a esta dualidad, nos muestra que la poesía de Mistral no es la poesía de una mujer insegura, avergonzada o deshonesta, sino todo lo contrario, la de una mujer segura y de una sincronía sorprendente de su mano con sus sentimientos, una seguridad y una sincronía que de seguro nunca tuvo la ignota Lucila Godoy:

YO NO TENGO SOLEDAD

Es la noche desamparo
de las sierras hasta el mar.
Pero yo, la que te mece,
¡yo no tengo soledad!

Es el cielo desamparo
si la luna cae al mar.
Pero yo, la que te estrecha,
¡yo no tengo soledad!

Es el mundo desamparo
y la carne triste va
Pero yo, la que te oprime,
¡yo no tengo soledad!