Gonzalo Rojas

26 de abril del 2011

La poesía chilena tiene dos grandes tendencias desde principios de siglo: la de la poesía que gana premios Nobel, que es la de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, y la de la poesía que no tiene el menor chance de ganarlos, que es la poesía vanguardista de Vicente Huidobro, la poesía quebrantahuesos de Enrique Lihn, […]

Gonzalo Rojas

La poesía chilena tiene dos grandes tendencias desde principios de siglo: la de la poesía que gana premios Nobel, que es la de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, y la de la poesía que no tiene el menor chance de ganarlos, que es la poesía vanguardista de Vicente Huidobro, la poesía quebrantahuesos de Enrique Lihn, la antipoesía de Nicanor Parra y también la poesía surrealista de Gonzalo Rojas, que murió ayer.

No es casual que las dos grandes tendencias de la poesía chilena busquen extremos opuestos de la expresión poética: la de los vanguardistas, en muchos episodios, se creó en oposición a la poesía bien medida de Mistral y Neruda, rompiendo con las reglas que esa poesía impone, y empezando a explorar desde ahí. No está demás, cosa de conservar algo de objetividad, dar una pequeña muestra. Gabriela Mistral, que fue una docta pedagoga, escribía como una docta pedagoga:

En costa lejana
y en mar de Pasión,
dijimos adioses
sin decir adiós.

Pablo Neruda, que fue un comunista millonario, escribía como un comunista millonario:

Los que pusimos el alma en la piedra
en el hierro, en la dura disciplina
allí vivimos sólo por amor
y ya se sabe que nos desangramos
cuando la estrella fue tergiversada
por la luna sombría del eclipse.

Gonzalo Rojas, en cambio escribía así:

Enigma de la deseosa

Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto
de 32, exige lectura
de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma,
b) toda su piel liviana
para los besos, c) mirada
verde para desafiar el infortunio
de las tormentas;
no va a las casas
ni tiene teléfono, acepta
imantación por pensamiento. No es Venus;
tiene la voracidad de Venus.

En la década del treinta, en Chile, algunos poetas atentos a las vanguardias europeas, formaron en grupo Mandrágora, de poesía surrealista. Gonzalo Rojas rechazó la invitación, pues consideraba que los del grupo Mandrágora no eran lo suficientemente surrealistas. Este poema da una buena idea de por qué. De todas formas sí hizo parte de varios otros grupos literarios, muchos de ellos fundados por él mismo y destinados más a formar escritores que a adular a los que ya lo eran. Y por eso no hay que concluir de su impredecible manera de escribir que pretendía ser un poeta desconocido, un extravagante poeta del underground, como tantos poetas han sabido serlo. Al contrario, Rojas vivió la vida del más oficial y consagrado de los poetas, escribiendo y publicando varios libros al año que le significaron el Premio Cervantes, la Beca Guggenhiem y varias invitaciones a dar clases en universidades de Europa y Estados Unidos. También vivió en Alemania, exiliado tras el golpe del 73, sin dejar por ello de escribir y publicar. La razón de su éxito, aunque pueda parecer independiente de su poesía, está del todo contenida en ella. Rojas experimentó con todos los aspectos del lenguaje, con todas las formas de la literatura, con todas las expectativas de cualquier lector razonable, pero siempre logró subordinar el juego a la poesía, la experimentación a la expresión. Los poemas no son fáciles de leer como los de Mistral, no se pueden memorizar de una sentada como los de Neruda, pero todos tienen una intención fuerte y clara, nacida de la necesidad de decir ciertas cosas, y no meramente del gusto por las extrañezas del lenguaje. Ayer, horas después de su muerte, el gobierno de Chile decretó dos días de duelo oficial, y las revistas y periódicos se llenaron de inmediato de sus fotos y de los datos de su biografía. Los poemas de Rojas no podrían ganarse el Nobel, pero Rojas es un poeta nacional, como Mistral y Neruda, y hay un poema escrito varios años antes de su muerte, que detrás de una máscara de delirio y surrealismo, revela lo consciente que Rojas estaba de su destino y su lugar como poeta:

Fax con ventolera…

Fax con ventolera
y una rosa, hoy
salió de esto Rojas
-Gonzalo como le pusieron en el agua-, iba solo, no hay
epitafio que escribir en cuanto a su suerte, ni
cuerpo que respirar, escasamente
se dirá de él que vino
rápido y ha salido,
que ya no está entonces, que
no hay estrellas para él, que carnalmente
va encima del vidrio que lo encarcela una rosa
a modo de instrumento de perdición, que ha salido
y eso es todo.

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