Hernando Téllez

7 de mayo del 2011

Uno de los problemas más graves de la literatura moderna (el otro es Harold Bloom), es su estrecha relación con el periodismo. No es un problema en el sentido académico, aunque muchos lo hayan tomado así, sino uno en el sentido cotidiano, algo que hay que resolver, no que sentarse a estudiar. En los países […]

Hernando Téllez

Uno de los problemas más graves de la literatura moderna (el otro es Harold Bloom), es su estrecha relación con el periodismo. No es un problema en el sentido académico, aunque muchos lo hayan tomado así, sino uno en el sentido cotidiano, algo que hay que resolver, no que sentarse a estudiar. En los países que pasan por momentos sociales difíciles, como siempre Colombia, el problema suele volverse mucho más notorio –y mucho más problema-, y Hernando Téllez, periodista converso hacia el final de sus días, es sólo uno de tantos casos. Pero hoy es su aniversario y no el de ningún otro, y sobre su larga obra periodística no se sabe gran cosa, así que más vale aprovechar.

Es cierto que el buen Truman Capote (que de bueno no tenía nada, aunque sí mucho de buen escritor) hizo grandes novelas esencialmente periodísticas, pues su material, por ejemplo en A sangre fría, deriva hoja por hoja de sus entrevistas e indagaciones sobre aquel asesino que mató una familia entera y nunca supo bien por qué. Pero la obra de Capote no le da en absoluto  (y este es el primer punto de nuestro problema) el derecho a cualquier Truman Copete colombiano de buscarse a algún hampón entrevistable y escribir A sangre al clima, novela que, bajo otros títulos bastante peores, se ha escrito ya cientos de veces en este país. La novela de Capote, por más periodístico que sea su material, es una novela, y no una crónica periodística, y en esta sutil diferencia radica el tuétano del problema.

La confusión, creo yo, radica en la similitud que los periodistas conversos siempre ven entre la literatura y el periodismo, fundada en la observación de que ambos se hacen poniendo palabras una detrás de otra. Esto es cierto, y sin embargo es también lo más falso que hay, pues es una similitud tan solo aparente que esconde, en cambio, un profundo abismo entre los dos. El periodismo sirve para informar o para dar la propia opinión, que también es, a su modo, informar. Si la literatura sirviera para informar, para trasmitir, entonces el periodismo sería innecesario, y sin embargo, ¡cómo es de necesario el poco periodismo bueno que hay en este país! De modo que la literatura debe servir para algo más, debe tener su propia función, pues de lo contrario sería difícil justificar más de cuatro mil años de creación literaria.

No sabemos si Hernando Téllez, antes de su conversión, calificaba en el selecto gremio de los buenos periodistas, pero supongamos que sí, porque ya suficiente palo le vamos a dar desde el otro costado. Supongamos que era el mejor periodista que hubo en Colombia en su época, y que por eso, y no por nada más, fue que escribió para todos los medios nacionales, si exceptuar uno sólo, cosa que ya no es suposición, sino estricta verdad. Seguramente, como es común con todos los periodistas conversos, en algún momento de su vida Téllez decidió que todas las historias que había acumulado durante su carrera y que no había hallado la oportunidad de comunicar, tenían que ser contadas de algún modo, porque eran historias demasiado dicientes de la situación colombiana para que el público se quedara sin saberlas, porque eran historias buenas. Entonces se convirtió, y empezó a escribir cuentos, con lo que no tenemos ningún problema, y a publicarlos, con lo que cayó directo nel bucco dell’errore, en el hoyo del error, como dice un italiano amigo mío.

La literatura, por más que se parezca al periodismo, no es un medio de comunicación, es un medio de transporte, y se parece mucho menos a un periódico que a un bus. Escribir novelas o cuentos para dar la propia opinión sobre el conflicto es hacer un mal uso, un uso innecesario, de la literatura. Para eso está, justamente, el periodismo, las columnas de opinión, de las que Téllez tenía unas cuantas. Por eso sus cuentos son decepcionantes de entrada, porque a la segunda frase adivinamos que no los rigen la voluntad de los personajes, ni el desarrollo dramático de la situación, ni el sonido de las palabras siquiera, sino su propia opinión, ya formada y confirmada antes de empezar a escribir el cuento. Y si a eso se le suma que esas dos primeras frases suelen estar escritas pobremente, que sus personajes hablan como ningún ser humano de este mundo habla el español, que sus descripciones son aburridas porque él se está aburriendo al escribirlas, ansioso de llegar al momento en podrá echarle su puyazo metafórico a tal o cual mandamás militar o guerrillero, la experiencia de lectura de sus cuentos es tan triste como sería de un artículo periodístico que empezara por una rotunda mentira, o como suelen ser los viajes al estilo japonés, directo al monumento para tomar la foto y devolverse.

Si la literatura no sirve para comunicar lo que ya se sabe, debe servir para aprender lo que no se sabe aún, lo que sólo se sabe al poner la última palabra del libro, y para darse una buena idea de lo que esto quiere decir en un contexto colombiano, sólo hace falta leer a Téllez e inmediatamente después leer a Evelio Rosero: el primero usa la literatura para dar su opinión sobre el conflicto; el segundo usa el conflicto para hacer literatura, y la literatura para entenderlo mejor.

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