Ioan Slavici

Ioan Slavici

18 de enero del 2011

Cuando Ioan Slavici nació en el pueblo de Şiria en Transilvania, la región pertenecía al Imperio Austro-húngaro y no a Rumania, a la que habría de anexarse sólo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, aunque estaba prohibido el uso del rumano en los colegios y las universidades, Slavici se sintió siempre atraído a esa cultura marginal, difícil de definir, pero que contaba con admirables poetas e intelectuales.

Es por eso que una vez terminado el colegio, Slavici se mudó a Bucarest para estudiar y sobre todo para conocer a Mihael Eminescu, eminencia de la poesía rumana. Bajo su cuidado Slavici terminó sus primeras obras literarias, Nuvele din popor (cuentos de la gente) y Fata de birău (la hija del alcalde), escritas ambas en rumano y muy bien recibidas por la crítica y el público.

Fue también por Eminescu que Slavici logró ingresar a la sociedad Junimea,  reunión de intelectuales, artistas y escritores de gran importancia para la posterior consolidación de la fragmentada y periférica cultura rumana. Entonces Slavici fue nombrado miembro de la Academia Rumana y se unió al partido nacionalista, el cual sin embargo perdió las elecciones costándole a Slavici un año de prisión.

Pero los problemas graves habrían de iniciar algunos años después, en las vísperas de la Primera Guerra, durante las cuales Slavici, trastornado por el presidio y por el fracaso de su novela Mara, regresó a Transilvania a trabajar para un periódico alemán. La sociedad Junimea lo tomó como una afrenta directa, y le cerró sus puertas. Eso reforzó la su frustración, que desde entonces empezó a canalizar cada vez peor, para asombro incluso de los críticos actuales, que no logran explicar las radicales opiniones que expresaba en esa época.

Concluida la guerra, la mayor parte de Rumania quedó bajo control alemán, y el cargo de Slavici adquirió mucho poder, lo que parece haber ahondado su inmanejable desespero. Entonces sus artículos se centraban en acusar a los nacionalistas rumanos y a emitir juicios a favor del creciente anti-semitismo alemán, que Slavici pretendía importar a su país. Unos años más tarde, sin embargo, empezaría a arrepentirse de su posición, y a darse cuenta que el odio anti-semita que parecía emanar tan naturalmente en la época no probaba su legitimidad, sino su peligro.

Pero para entonces Slavici ya era a los ojos de la opinión pública bastante antisemita y un poquito nazi también, y le fue tan difícil reversar sus opiniones que optó por quitarse la vida a finales del año veinticinco, cuando el joven Hitler hasta ahora empezaba a trazar los planos de su caída.