Johann Sebastian Bach

Johann Sebastian Bach

21 de marzo del 2011

Desde el Barroco hasta la música contemporánea, Bach ha sido sin duda el compositor más influyente de todos. Desde un poco después de su muerte, cada nueva corriente musical europea se puede ver como una nueva lectura de la obra de Bach, y sin embargo, al contrario de lo que podría esperarse, Bach no dejó ningún camino abierto o señalado tras su muerte. Bach tuvo estudiantes, pero no tuvo pupilos que continuaran desarrollado sus ideas musicales. Es más, podría decirse que Bach, en sentido estricto, no innovó prácticamente nada. Sin embargo, también compuso la música más maravillosa que se había escuchado hasta entonces. Las dos ideas pueden parecer contradictorias, pero es justamente la perfecta congruencia que se esconde tras esa contradicción aparente la que da cuenta del valor insuperable de su arte. Bach no es el comienzo de una tradición, como lo fueron Beethoven o Schoenberg, sino la confluencia de varias tradiciones, todas, por entonces, ya moribundas.

Bach nació en Eisenach, un pueblo del centro de Alemania, región en que no había una tradición musical definida. El norte, sin embargo, había sido durante todo el siglo XVII la cuna de la música eclesiástica luterana, una de las más completas expresiones musicales europeas. Sus protagonistas eran en su mayoría sacerdotes y hombres de uno u otro modo asociados a seminarios y catedrales. Sus obras estaban escritas para ser tocadas en el órgano de tubos, y su idea de la música, a la manera luterana, era la de hallar la expresión más alta y abstracta de la perfección de Dios a través de impecables juegos melódicos y armónicos, al extremo de parecer funciones aritméticas. Su valor estético no estaba al frente sino detrás de la música, alcanzable sólo a través del estudio y de la atenta meditación, modo en que también funciona la experiencia mística. Organistas como Sweelinck, Scheidt, Buxtehude, no eran figuras de la sociedad ni de la corte, ni pretendían serlo. En el sur de Alemania, sin embargo, las cosas eran diferentes. La música que allá se escribía, aunque podía estar muchas veces ligada a las formas eclesiásticas e incluso a la liturgia de la misa, estaban escritas para todo el mundo, o por lo menos para todo el mundo que podía y sabía apreciarla. Pachelbel, autor de un famoso canon, es uno de estos compositores del sur, que escribían no para órgano sino para cémbalo, último antecesor del piano, instrumento que permitía ejecutar las obras fuera de las iglesias, en los salones de las residencias nobiliarias. La música vocal y coral de Bach, que conforma una parte considerable de su obra, es en sí misma una síntesis exhaustiva de estas dos tradiciones alemanas. De los del norte Bach aprendió contrapunto, o el arte de formar armonías con dos o más melodías superpuestas, arte milimétrico y matemático. De los del sur aprendió a proveer sus obras de esa calidez que devela de inmediato la belleza de una pieza, belleza a la que siempre subordinó todo despliegue de destreza técnica. Para lograrlo hizo uso también de la tradición de la cantata italiana, que en el siglo anterior habían forjado Palestrina y Arcangelo Corelli. El resultado de esa síntesis entre forma y contenido, que la profunda religiosidad de Bach nunca dejó de ver también como una síntesis de cuerpo y alma, se describe como síntesis melódica, o polifonía monódica, términos que sugieren una misma idea: las voces se pueden multiplicar, las armonías de pueden alterar y modular, desplegando otras armonías, que a su vez dan paso a otras melodías paralelas, pero cada pieza debe tener una unidad completa y evidente. Ese fue el reto que Bach se impuso: llevar al extremo las posibilidades expresivas de los lenguajes que ya existían, que ya estaban inventados. Bach fue un conservador en todo el sentido –literal, no político-, de la palabra.

La Misa en Si menor es una de las obras religiosas más sobrecogedoras de la historia; El Arte de la fuga, es una lección de destreza técnica inigualado hasta ahora; La ofrenda musical, el ejemplo más asombroso de lo que se puede hacer con un único y sencillo tema; El clave temperado una monumental obra didáctica no sólo en técnica sino en estética y poética musical, y Las variaciones Goldberg, que escribió para distraer el insomnio de un noble, es quizás el viaje más conmovedor por los caminos de la fantasía humana que se ha escrito. Y en todas esas obras que partieron en dos la historia de sus respectivos géneros, aunque cada una es una exploración hacia un rincón ignoto del universo, no hay experimentación sino asimilación. Bach no alteró la tradición musical para ver qué salía, sino que la remoldeó para mostrar lo que podía salir y no había salido hasta entonces. Su arte es más artesanía que vanguardia, más paciente labranza que inquieta curiosidad, y sólo se explica desde su honda, sobria e inamovible fe. Si Bach hubiera sido zapatero, como dice Mila, “habría hecho por la gloria de Dios un número infinito de zapatos, todos minuciosamente trabajados y rematados”.

Pero Bach no fue zapatero sino compositor, y en una época en que la música ya buscaba el camino del melodrama y dejaba detrás los laberintos del contrapunto, la fuerza de sus convicciones le ocasionaron una vida aunque tranquila, llena de desilusiones y desencuentros. Para sus contemporáneos, Bach era un genio que no quería hacer uso de su genialidad, y en cambio había decidió vivir como un organista religioso de la Alemania del norte. Más de medio siglo después de su muerte tardó la gente en comprender la verdadera razón de su arte, y en apreciarla. Pero para entonces ya Haydn, Mozart y Beethoven ya habían tomado el liderazgo de la música académica y aunque los tres estuvieron entre los primeros en rescatar la obra de Bach y estudiarla seriamente, ya habían llevado el arte por el camino del romanticismo. Por eso, aunque Bach fue para ellos un maestro, ellos nunca fueron sus pupilos. Bach no inauguró una corriente musical nueva, sino que cerró, con broche de oro, una corriente anterior. Los compositores posteriores a Bach aprendieron de él más que de cualquier otro compositor, pero Bach no les enseñó nada, y por eso, y no por una fácil metáfora, es que Bach no es un maestro, sino un padre, del que los futuros compositores, sus hijos, jamás recibieron lecciones colegiales, pero del que aprendieron lo que saben mirándolo pacientemente trabajar, asomados desde el marco de la puerta.

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