Ruth Bader Ginsburg, icono feminista de la Corte Suprema, murió a los 87 años

Publicado por: admin el Sáb, 19/09/2020 - 15:10
Share
Ginsburg fue la única mujer en el máximo tribunal de justicia estadounidense y falleció como por las complicaciones de un cáncer pancreático metastásico.
Ruth Bader Ginsburg murió a los 87 años

Ruth Bader Ginsburg, la segunda mujer en servir en la Corte Suprema y una pionera en la defensa de los derechos de la mujer, que en su novena década se convirtió en el improbable icono cultural de una generación mucho más joven, murió el viernes en su casa en Washington. Tenía 87 años.

La causa fueron las complicaciones de un cáncer pancreático metastásico, dijo la Corte Suprema.

Para cuando se encontraron dos pequeños tumores en uno de sus pulmones en diciembre de 2018, durante una exploración de seguimiento por haberse roto las costillas tras una caída reciente, Ginsburg había vencido al cáncer de colon en 1999 y al cáncer de páncreas en etapa temprana 10 años después. Se le colocó un estent (endoprótesis vascular) de arteria coronaria para despejar una arteria bloqueada en 2014.

Con sus 1,52 metros de altura y sus 45 kilos, Ginsburg siempre atrajo comentarios sobre su frágil apariencia; frágil, pero engañosa, ya que se ejercitaba de manera regular con un entrenador, que publicó un libro sobre el desafiante régimen de ejercicios de su famosa clienta.

Cuando Ginsburg cumplió 80 años y celebró su vigésimo aniversario en la Corte Suprema durante el segundo mandato del presidente Barack Obama, se encogió de hombros ante un coro de llamados que exigían que se retirara, a fin de darle a un presidente demócrata la oportunidad de nombrar a su remplazo. Planeaba quedarse “mientras pueda hacer el trabajo a todo vapor”, decía, añadiendo a veces: “Habrá un presidente después de este y espero que ese presidente sea un buen presidente”.

Cuando la jueza Sandra Day O'Connor se jubiló en enero de 2006, durante algún tiempo, Ginsburg fue la única mujer en el máximo tribunal de justicia estadounidense, lo que difícilmente es un testimonio de la revolución en la condición jurídica de la mujer que ella había ayudado a lograr en su carrera como litigante y estratega.

Sus años como la única jueza en la corte fueron “los peores tiempos”, recordó en una entrevista de 2014. “La imagen al público que entraba a la sala era la de ocho hombres, de un cierto tamaño y luego esta pequeña mujer sentada a un lado.

Esa no era una buena imagen para el público”. Con el tiempo se le unieron otras dos mujeres, ambas nombradas por Obama: Sonia Sotomayor en 2009 y Elena Kagan en 2010.

Tras la jubilación en 2010 del juez John Paul Stevens, cuyo lugar ocupó Kagan, Ginsburg se convirtió en el elemento principal y lideresa de facto de un bloque liberal de cuatro jueces, formado por las tres juezas y el juez Stephen Breyer. A menos que pudieran atraer un quinto voto, que el juez Anthony Kennedy proporcionó en ocasiones cada vez más escasas antes de su jubilación en 2018, los cuatro solían estar en desacuerdo con el tribunal ideológicamente polarizado.

Las puntuales y poderosas opiniones disidentes de Ginsburg, quien solía hablar en nombre de los cuatro, atrajeron atención creciente a medida que el tribunal se movía más a la derecha.

Una estudiante de Derecho, Shana Knizhnik, le puso el apodo de “Notorious R.B.G.”, un juego de palabras basado en el nombre de un famoso rapero, “Notorious B.I.G.”, nacido en Brooklyn, igual que la jueza. Pronto el nombre y la imagen de Ginsburg (su expresión serena pero adusta, su cuello de encaje con volantes que adornaba su toga judicial negra, sus ojos enmarcados por unas gafas de gran tamaño y una corona de oro ladeada sobre la cabeza) se convirtieron en una sensación en internet.

Las jóvenes se tatuaban esa imagen en los brazos; las hijas se disfrazaban de R.B.G. para Halloween. “No puedes deletrear verdad [‘truth’] sin Ruth” aparecía en calcomanías para parachoques y en camisetas. Una biografía, “Notorious RBG: The Life and Times of Ruth Bader Ginsburg”, de Irin Carmon y Knizhnik, llegó a la lista de libros más vendidos al día siguiente de su publicación en 2015, y al año siguiente, Simon & Schuster sacó una biografía de Ginsburg para niños con el título “I Dissent”.

Un documental sobre su vida fue un sorprendente éxito de taquilla en el verano de 2018, y una película biográfica de Hollywood centrada en su primer caso judicial en torno a la discriminación sexual se estrenó el día de Navidad de ese año.

La adulación aumentó tras la elección de Donald Trump, a quien Ginsburg había tenido la indiscreción de llamar “un farsante” en una entrevista durante la campaña presidencial de 2016 (más tarde dijo que su comentario había sido “desacertado”). Los estudiosos de la cultura buscaron una explicación para el fenómeno. Dahlia Lithwick, en un artículo de The Atlantic a principios de 2019, ofreció esta observación: “Hoy, más que nunca, las mujeres ávidas de modelos de influencia, autenticidad, dignidad y voces femeninas ensalzan a una jueza octogenaria como la encarnación de la esperanza de un futuro fortalecido”.

Su estrellato tardío no podría haberse predicho ni remotamente en junio de 1993, cuando el presidente Bill Clinton nombró a la jueza de voz suave, de 60 años de edad, que apreciaba la colegialidad y cuya amistad con colegas conservadores en la corte de apelaciones, donde había prestado servicios durante 13 años, dejó a algunas líderes feministas preocupadas en privado de que el presidente estuviera cometiendo un error.

Clinton la eligió para que ocupara el lugar del juez Byron White, nombrado por el presidente John F. Kennedy, quien se retiró después de 31 años de servicio en la Corte Suprema.

Su confirmación en el Senado siete semanas después, por una votación de 96 contra 3, puso fin a una sequía de nombramientos demócratas en la Corte Suprema que se remontaba al nombramiento de Thurgood Marshall por el presidente Lyndon B. Johnson 26 años antes.

Había algo que encajaba en esa secuencia, porque en ocasiones Ruth Ginsburg fue descrita como la Thurgood Marshall del movimiento por los derechos de la mujer por quienes recordaban sus días como litigante y directora del Proyecto por los Derechos de la Mujer de la Unión Americana de Libertades Civiles durante la década de 1970.

La analogía se basaba en su sentido de la estrategia y su cuidadosa selección de casos, ya que ella convenció a la Corte Suprema, integrada exclusivamente por hombres, de que empezara a reconocer la barrera constitucional contra la discriminación de género. El joven Thurgood Marshall había hecho lo mismo como el principal estratega jurídico del movimiento por los derechos civiles en la construcción del caso contra la segregación racial.

El padre de Ruth Bader, Nathan Bader, emigró a Nueva York con su familia a los 13 años. Su madre, cuyo nombre de soltera era Celia Amster, nació cuatro meses después de la llegada de su propia familia. Ruth, bautizada como Joan Ruth y cuyo apodo en la infancia era Kiki, nació el 15 de marzo de 1933.

Creció en el barrio Flatbush de Brooklyn en esencia como hija única; su hermana mayor murió de meningitis a la edad de 6 años, cuando Ruth tenía 14 meses. La familia era propietaria de pequeñas tiendas minoristas, que incluían una tienda de pieles y una sombrerería.

Ruth Bader asistió a la Universidad Cornell con una beca. Durante su primer año, conoció a un estudiante de segundo año, Martin Ginsburg. Para Ruth, de 17 años, la atracción fue inmediata. “Fue el único chico que conocí al que le importaba que yo tuviera cerebro”, decía con frecuencia en los últimos años de su vida. Para su tercer año, ellos ya estaban comprometidos, y se casaron después de que ella se graduó en 1954.

La suya fue una relación romántica e intelectual de toda la vida. Vistos desde fuera, eran opuestos. Mientras ella era reservada, elegía sus palabras con cuidado, él era un anecdotista vivaz, que con facilidad hacía bromas de las que él mismo solía ser el blanco. No obstante, la profundidad de su vínculo era evidente para todos los que los conocían como pareja.

Martin Ginsburg, abogado tributario de gran éxito, se convertiría en el mayor promotor de su esposa, ya que felizmente abandonó su lucrativo bufete de Nueva York para mudarse con ella a Washington en 1980, cuando el presidente Jimmy Carter la nombró miembro del Tribunal de Apelaciones de los Estados Unidos para el Circuito del Distrito de Columbia. Trece años más tarde, él ejerció una enérgica presión tras bambalinas para que ella fuera nombrada magistrada de la Corte Suprema.

Su matrimonio de 56 años terminó cuando él murió de cáncer en 2010 a la edad de 78 años. Les sobreviven sus dos hijos, Jane, profesora de Derecho de Propiedad Intelectual en la Escuela de Derecho de Columbia, y James, productor de grabaciones de música clásica en Chicago, junto con cuatro nietos.

Los dictámenes de Ginsburg estaban muy bien elaborados, con frases declarativas directas y muy poca jerga. A veces decía que se había sentido inspirada a prestar atención a la escritura cuando estudió literatura con Vladimir Nabokov en la Universidad Cornell.

Un momento de triunfo personal llegó cuando anunció la opinión mayoritaria del tribunal en el caso Estados Unidos contra Virginia, un caso de discriminación de 1996 relacionado con el Instituto Militar de Virginia. Por una votación desigual de 7 a 1, la corte consideró que la política de admisión de solo hombres del colegio militar financiado por el estado era inconstitucional. En su opinión mayoritaria, la más importante de su mandato, Ginsburg explicó que el estado no había proporcionado una “justificación excesivamente convincente” que la Constitución exigía tratar a hombres y mujeres de manera distinta.

A pesar de ello, fueron sus disidencias, en particular las que anunció desde el banquillo, las que recibieron mayor atención. Haciendo caso a su público, adquirió la costumbre de cambiar los cuellos decorativos que vestía junto con su toga judicial en los días en que anunciaba un disenso. Incluso usó su “cuello de la disidencia”, que un observador describió como “parecido a una pieza de armadura medieval”, el día después de la elección de Trump.

Uno de sus disensos más conocidos fue en 2013 en el caso del condado de Shelby contra Holder, en el que un voto mayoritario de 5 a 4 invalidó una disposición fundamental de la Ley de Derecho al Voto de 1965. “¿Qué pasó con la mesura habitual del tribunal?”, cuestionó Ginsburg en una referencia irónica a los llamados de los conservadores a favor de la “moderación judicial”.

Aunque en el banquillo era una interrogadora activa y persistente, en los ambientes sociales tendía a decir poco. A menudo dejaba que su marido, más extrovertido y jovial, hablara por ella, y a los que no la conocían les parecía tímida e incluso retraída, aunque al hablar de su gran amor, la ópera, podía llegar a ser casi lírica.

No podría decirse que tuviera una personalidad ambivalente, como pudiera haber parecido, sino que su timidez innata simplemente desaparecía cuando tenía un trabajo que hacer. Alguna vez recordó que antes de su primer alegato en la Corte Suprema, estaba tan nerviosa que no comió “por miedo a vomitar”.

Pero a los dos minutos de iniciado el alegato, “el miedo desapareció”, recordó. Se dio cuenta de que su “audiencia cautiva” eran los jueces más poderosos de Estados Unidos y “sentí una oleada de poder que me hizo seguir adelante”.

Por: Linda Greenhouse