Pablo Picasso

Pablo Picasso

8 de abril del 2011

Pablo Picasso es tal vez el pintor más importante que tuvo el siglo XX, lleno de pintores importantes. Esto se debe más a la variedad de su obra que a una valoración de su calidad, que en últimas nunca deja de ser un criterio subjetivo. Algunos, entre todas las corrientes del siglo XX, prefieren el surrealismo, otros el dadaísmo, otros el cubismo, otros el impresionismo tardío. Picasso, siempre a su manera particular, las practicó todas, y también practicó otras tantas que por no haber formado escuela no tienen nombre, son caminos explorados sólo por Picasso, a veces sólo en uno o dos cuadros.

En efecto, una de las características más sobresalientes de Picasso era su constante cambio de dirección. Picasso dominó, y desde cierto punto de vista inventó la técnica del cubismo, pero nunca, y esto lo dijo repetidas veces, pretendió que el cubismo agotara las posibilidades de la expresión pictórica, y de acuerdo con esto, no se limitó nunca a esa técnica, ni siquiera durante el período de su vida y de su producción artística que los críticos, siempre tan audaces, han dado en llamar el período cubista. En 1937 Picasso terminó Guernica, su obra maestra, culmen de las artes de vanguardia. Unos años antes había pintado Cabeza, con la técnica infantil de Matisse; unos años después pintó otra Cabeza, en este caso una litografía, con la técnica de un niño cualquiera. Picasso iba y venía a su antojo por los modos y las técnicas del arte, y es inútil intentar establecer evoluciones y cronologías. En 1948, ya un maestro consagrado en todo el mundo, Picasso anunció una nueva exposición. Todos esperaban encontrarse con una obra que mostrara el final del camino abierto por Guernica, la superación de un cuadro que todo el mundo consideraba insuperable. En cambio, la obra consistía en platos de cerámica hechos por él mismo, irregulares más por falta de habilidad que por otra cosa, y decorados como lo hubiera hecho un campesino, o un niño, o un niño campesino, punticos verdes alrededor y en el centro un pajarito hecho de una bolita, un pico y dos rayas paralelas en las patas. Muchos no entendieron, o no quisieron entender, que Picasso no había incumplido una promesa por el simple hecho de que no había prometido nada, de que pintar Las damas de Aviñón y los pajaritos en los platos eran para él ejercicios igualmente válidos y sobre todo igualmente gustosos.

Esto no quiere decir, sin embargo, que algunos de sus experimentos no hayan tenido efectos más contundentes en la producción artística posterior. El cubismo se volvió una escuela independiente, a la que se dedicaron varios pintores de gran talento; a la cerámica o a las cabezas no se dedicó nadie, y no abrieron escuela alguna. No fue fácil, sin embargo, que el público entendiera la intención del cubismo. Al principio muchos juzgaron ofensivo que Picasso los llevara a la galería a mostrarles, por ejemplo, que las guitarras eran como las pintó en su famoso Guitar “j’aime Eva”, representación cubista de una guitarra en una mesa, porque las guitarras, todos lo sabían, no eran así, y no tenía mucho sentido jugar a distorsionar objetos que todos conocían bien. Pero el cubismo, que en efecto era un juego, apuntaba en otra dirección: las guitarras, vistas con los ojos, no son por supuesto así, pero bien mirado, lo que el cuadro representa, aunque se parece menos a la imagen de una guitarra vista, se parece mucho más a la imagen de una guitarra evocada en el recuerdo, con el ojo de la mente.

En Violín y uvas, hay un violín cubista. La imagen más clara que tenemos de la cabeza de un violín es la espiral en que remata el puente, que sólo se ve desde el costado. La imagen más clara que tenemos del cuerpo son los oídos, o agujeros en forma de f, que en cambio no se ven de costado sino sólo desde arriba. Pocos pueden evocar con precisión cómo es un oído de perfil, o una cabeza desde arriba, y por eso, y no por mero capricho, Picasso superpone en un mismo objeto las vistas del violín que mejor conocemos, y así es que su cuadro es un fiel retrato no de la imagen de un violín, sino del recuerdo de un violín.

Pero también de este juego técnico, como de tantos otros, Picasso se cansó, siempre en el momento en que los críticos empezaban a entenderlos y a apreciarlos. Georges Braque también hizo cubismo, y en muchos sentidos lo llevó mucho más allá que Picasso. La obra surrealista de Dalí opaca completamente los tímidos intentos surrealistas de Picasso, la de Matisse sus cuadros infantiles, la de Mondrian sus experimentos geométricos. Pero Picasso, a diferencia de todos estos, intentó todos los estilos, ensayó todos los soportes, enriqueció todas las vanguardias, y de ese modo, logró mantenerse siempre fresco y siempre original, cuando muchos de sus contemporáneos ya se habían conformado a ser reliquias del pasado.