Pedro Abelardo

Pedro Abelardo

21 de abril del 2011

Abelardo es el primer pensador humanista de la Edad Media, cuatro siglos antes de que en Italia naciera la generación de filósofos que habrían de llamarse humanistas, la generación de Pico della Mirandola, Ficino y Alberti. Abelardo, en cambio era francés, y enseñó en París cuando la Sorbonne todavía no existía y en realidad, cuando la ciudad de París aun no existía del todo.

Pero el oficio del intelectual, de alguien que se dedica a leer, escribir libros y enseñar sobre lo que escribe, y que lo hace por fuera de la iglesia, por fuera de los colegios de monjes y curas, es un oficio que no puede ocurrir en el campo, que está intrínsecamente ligado a la vida urbana de las ciudades. De ese modo, Abelardo pudo dar clases porque París ya era una ciudad, pero París se pudo volver una ciudad porque Abelardo daba clases en el Monte Santa Genoveva, del otro lado de la cité, ante un público de jóvenes monjes y sacerdotes, pero también de hijos de burgueses sin asociación alguna a la Iglesia.

La vida de Abelardo es sin duda una de las vidas más cinematográficas de los intelectuales de la Edad Media, pues parece construida casi a la medida de una película con estructura clásica. Abelardo fue filósofo antes de ser teólogo, y su fuerte eran los griegos, recién redescubiertos, y los romanos antiguos. De ellos aprendió el arte de la lógica, y a armar discursos fundados en el principio de la coherencia, cosa que puede parece un requisito obvio hoy en día (aunque ahí tenemos a los filósofos postmodernos, publicando libros incomprensibles), pero que los albores del año mil, cuando la escolástica regía la producción intelectual, los principios eran otros, bastante diferentes. Una summa escolástica, que era un compendio de conocimiento sobre algún tema, debía, por ejemplo, cumplir el principio de concordantia, consistente en no contradecir a ninguno de los auctoritas, o expertos en el tema. Si los auctoritas se contradecían no quedaba más remedio que sacar una conclusión contradictoria. Al respecto, Abelardo escribió Sic et non, un tratado sobre cómo la lógica filosófica debía permear la teología y toda la producción intelectual, como principio rector. Esta idea le causó a Abelardo varios enemigos, y ahí empezó su vida a volverse digna de la gran pantalla.

El más temible de sus enemigos, un verdadero némesis, fue San Bernardo de Claraval, Santo, Doctor de la Iglesia y abad del monasterio de Claraval, de la poderosa orden del Císter. Bernardo fue un importante partidario de las Cruzadas y de cualquier tipo de militarización de los pueblos de Europa. En sus sueños, toda Europa debería ser un enorme ejército, el gran ejército de Cristo. Pero antes de acabar con la herejía sarracena, Bernardo decidió que tenía que habar con la herejía al interior de la Casa de Dios, es decir con la herejía parisina, que para él no se llamaba otra cosa que Pedro Abelardo. Así, se dedicó a buscar su excomunión por parte del Papa, que temporalmente consiguió, a quemar sus libros, que logró repetidas veces, y a robarle los estudiantes en París. Esto, sin embargo, nunca lo consiguió, pues la lógica de Abelardo ya había conseguido fieles y numerosos seguidores. La destreza con que Abelardo hablaba en público, con que improvisaba argumentos teológicos, con que analizaba pasajes bíblicos desde puntos de vista novedosos hicieron de él uno de los pensadores más famosos de París, a quien sus discípulos siguieron en sus constantes retiros al campo, huyendo de la persecución de Bernardo de Claraval.

En la tarima, Abelardo parecía invencible, pero en su intimidad era tan humano como todos los demás. Por eso, cuando Abelardo conoció a Eloisa, la hermosa hija del rico canónigo Fulbert, cayó profundamente enamorado, al igual que ella. Entonces le ofreció la tutoría personal de su hija al canónigo, que la aceptó honrado de recibir un favor de ese tamaño de uno de los profesores más importantes de París, y completamente ignorante de las verdaderas intenciones de Abelardo, que en poco tiempo se cumplieron. Pero después de un intenso comercio intelectual y carnal, Abelardo y Eloísa fueron descubiertos con las manos en la masa por el canónigo Fulbert, que echó a Abelardo de su casa y mandó a su hija a un monasterio. El romance, sin embargo, continuó, más intenso que nunca. Cuando Eloísa quedó embarazada de un niño que habrían de llamar Astrolabio, Abelardo le ofreció al canónigo casarse con hija para remediar el desliz. El padre aceptó, pero al poco tiempo pensó que Abelardo lo había timado, pues Eloísa vivía secretamente recluida en un monasterio, y Abelardo continuaba muy campante dando clases en París. El acuerdo lo habían hecho entre los dos, para que Abelardo pudiera ahorrar algún dinero con el cual se irían a vivir juntos, pero el padre no lo entendió así, y una noche envió a unos gandules a la casa de Abelardo a que le rebanaran los testículos, cosa que no tuvieron inconveniente al hacer.

El eunuco Abelardo se encerró en el monasterio de Saint Denis, huyendo de la vergüenza y las burlas. Pero sus discípulos volvieron a buscarlo, y Abelardo, escapado del monasterio, los recibió en la capilla que se había construido en su casa del norte de Francia. Ese Abelardo que volvió a dar clases como antes era un Abelardo más triste y meditabundo, pero también mucho más seguro de sus intenciones frente al establecimiento escolástico, y de sus ideas sobre el mundo en que vivía. Entonces siguió escribiendo y dando clases, leyendo y pensando, y sobre todo escribiéndole a Eloísa, con la que mantendrían un hermoso “comercio espiritual”, como dice le Goff, durante muchos años. Esa correspondencia está recogida en un tomo, y es uno de los documentos más sobrecogedores de toda la Edad Media.

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