Salomón Hakim

5 de mayo del 2011

Desde pequeño, Salomón Hakim manifestó una fuerte tendencia a no tomar los consejos de los adultos, no por llevar la contraria, ni para escandalizar, sino al contrario, para seguir sus intuiciones, para llegar a hacer lo que sabía que podía hacer muy bien. Cuando Hakim terminó el colegio, en el colegio San Bartolomé, sus padres […]

Salomón Hakim

Desde pequeño, Salomón Hakim manifestó una fuerte tendencia a no tomar los consejos de los adultos, no por llevar la contraria, ni para escandalizar, sino al contrario, para seguir sus intuiciones, para llegar a hacer lo que sabía que podía hacer muy bien. Cuando Hakim terminó el colegio, en el colegio San Bartolomé, sus padres le ofrecieron una oportunidad que tantos músicos adolescentes obligados a estudiar la carrera de sus padres habrían envidiado: lo incitaron a estudiar música. Hakim rechazó amablemente la oferta, y se matriculó en la Universidad Nacional, en la carrera de medicina. Mientras la mayoría de los jóvenes de su edad empezaban a interesarse por la guitarra eléctrica, a Hakim lo apasionaba simplemente la electricidad. Pasaba tardes enteras armando sistemas de circuitos, arreglando radios, jugando con transistores y pilas y cables. Pero no era la ingeniería eléctrica lo que le interesaba, o por lo menos no en sí misma, sino en relación con el cuerpo humano, que es también un sistema eléctrico. Por eso, sus primeras investigaciones en la universidad buscaban aclarar el papel de la electricidad en el proceso de la digestión y de las contracciones abdominales. De ahí, sin embargo, su mira fue subiendo hasta llegar al cerebro, otro enorme transistor, donde finalmente se instaló.

Recién graduado, Hakim se fue con una beca a seguir su carrera a Estados Unidos, donde estudió neurocirugía primero y neuropatología después. Allá, estudiando cuerpos de gente con Alzheimer, descubrió que muchos en muchos de ellos los ventrículos se habían dilatado sin romper la corteza cerebral, y sin motivo aparente. Ulteriores indagaciones ya de regreso en Colombia, lo llevaron a concluir que se trataba de un síndrome llamado hidrocefalia normotensiva, en que el cerebro se hincha de líquidos sin llegar al punto de romperse, pero causando graves daños. En el año 64 publicó sus descubrimientos pero los especialistas en el campo no los validaron. Hakim, de nuevo, hizo caso omiso de los consejos de los mayores y en vez de insistir en tratar de convencer, se dedicó a curar gente; ya los casos hablarían por sí mismos de la eficacia de la teoría. En efecto, así fue, y los mismos doctores que lo habían ignorado aclamaron su descubrimiento sólo algunos años después. Sin embargo, para tratar el síndrome, Hakim requería de una válvula capaz de hacer la operación sin poner en peligro otras partes del cerebro, y la válvula que había en el mercado hacía exactamente eso. Es ahí cuando sus conocimientos de mecánica y electricidad se pusieron finalmente al servicio de su causa, y después de unos meses encerrado en su taller, Hakim salió con una válvula que sí funcionaba, y que patentó, y que probó, y que ahora es la que se usa, con algunos cambios menores, en todo el mundo.

Decenas de patentes y publicaciones son las que Hakim hizo en los años posteriores a su perfeccionamiento de la válvula, muchos de los cuales, tal vez con una historia menos romántica, han avanzado enormemente varios campos de la medicina, y han salvado alargado vidas de innúmeros pacientes. Es por eso que ayer, no sólo familiares y conocidos, sino toda la sociedad médica y toda la larga lista de sus antiguos pacientes lamentó enormemente la muerte de este incansable inventor, médico e investigador que se propuso, con tanto convencimiento y hace tantos años, poner sus diversas habilidades al servicio de los enfermos.

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