Sarah Vaughan

Sarah Vaughan

3 de abril del 2011

Hasta la década del treinta, el canto femenino en blues y en jazz consistía en interpretar standards, canciones del teatro, del cine, o de la cultura popular que las cantantes interpretaban a su manera, pero siempre siguiendo de cerca la pauta de la partitura original. Ma Rainey y Bessie Smith, en el blues y Billie Holiday en el jazz son el ejemplo más alto de lo que era posible conseguir siguiendo ese camino.

Pero en 1934, en el teatro Apollo de Nueva York, hogar de todas las big-bands de swing del momento, se presentó Ella Fitzgerald, ganando el concurso de canto que allí se solía hacer, e inaugurando una nueva etapa en la historia del canto jazz, en que la voz no era ya sólo el medio de la letra de la canción, a la cual los demás instrumentos debían subordinarse, sino un instrumento más, capaz de articular frases escritas tanto como frases musicales, capaz de improvisar melodías aptas a la letra y capaz de improvisar también una vez la letra se ha cantado, usando sílabas como los saxofones usan golpes de lengua para marcar los ataques y los acentos. Pero Ella Fitzgerald se volvió no sólo la precursora del nuevo canto, sino uno de los símbolos más reconocidos del jazz en general, por lo menos hasta la década del setenta, en que otros estilos de música negra estadounidense, durante mucho tiempo independientes del jazz, como el soul y el funk, se fusionaron con él, o en otras palabras, hasta que llegó Nina Simone.

En esos cuarenta años de carrera de Ella, sin embargo, fueron numerosas las cantantes que aportaron nuevas ideas y nuevos estilos, pero todas estuvieron, en mayor o menos medida, bajo la sombra de la madre del canto jazz. Hubo, sin embargo, una notoria excepción: se llamaba Sarah Vaughan.

Sarah Vaughan también ganó el concurso de canto del Apollo, diez años más tarde que Ella. Así conoció a Billy Eckstine, uno de los cantantes más importantes de la era del swing, junto con Louis Armstrong y Fats Waller, que tocaba en la big-band de Earl Hines. Pero para entonces el swing, aunque comercialmente seguía siendo tan exitoso como antes, ya había empezado su irremediable declive, dando paso a otros formatos más pequeños. Pero Hines era consciente de esto, y aunque su big-band tocaba swing, ya no era una big-band típica como lo habían sido las de Chick Webb, la primera de Duke Ellington, e incluso la de Artie Shaw. Hines había empezado a probar suerte con músicos provenientes de otros contextos y formaciones diferentes al swing neoyorquino, y con arreglos atrevidos y más complejos, destinados más a los atentos oyentes que a los bailarines de salón. La prueba de que la intución de Hines no estaba equivocada es que en su big-band tocaban Dizzie Gillespie y Charlie Parker, que en poco tiempo habrían de ser los precursores indiscutidos de la nueva manera de hacer jazz, el be-bop. Por eso, cuando Sarah Vaughan decidió emprender su carrera solista, a finales de los cuarenta, ya era una cantante bien versada en las nuevas técnicas y los formatos del be-bop. Esto le dio el impulso necesario para salir al paso de la caída del swing y quedar como una de las cantantes de la nueva y no de la vieja generación.

De ahí en adelante, la carrera de Sarah Vaughan es una de éxitos ininterrumpidos, giras mundiales y colaboraciones con todos y cada uno de los músicos más admirables del jazz. Ya en los años setenta, sin embargo, Sarah había empezado a incursionar en otros estilos musicales, regresando al blues, que en realidad nunca había dejado, y grabando un par de baladas de color jazzero pero desprovistas de todo lujo técnico, y en ese sentido baladas pop, que vendieron muchísimo pero que también desconsolaron a muchos de sus viejos admiradores. La crítica especializada fue dura con ella, y la culpó de venderse, de entregarse a la facilidad del pop, de traicionar el jazz. Sin embargo, cuando intentó volver al blues más viejo, al blues con el que aprendió a cantar en su infancia, le dijeron que no era una cantante de blues, sino de jazz. Esta larga época de desencuentros con el público, aunque no logró desmotivarla un solo instante, sí la dejó un poco desilusionada, como lo muestran todas sus entrevistas de la época. En una de ellas, hoy famosa, Sarah, que en los setenta, con Ella Fitgerald ya prácticamente retirada y Nina Simone aún no tan conocida, era la estrella indiscutida del jazz, dijo que ella no era una cantante de jazz. Que le gustaba cantar jazz tanto como le gustaba cantar blues, y cualquier otra cosa, que no sentía la necesidad de delimitar los géneros, de definir su estilo o sus inclinaciones. Que ella cantaba lo que cantaba, y que la crítica –aunque esto lo dijo sin decirlo- era la que debía adaptarse a ella, no viceversa: “Lo que yo quiero hacer –concluye la entrevista-, en cuanto a la música, es hacer la música que me gusta, y a mí me gusta toda la música”, y eso, al pie de la letra, fue lo que hizo Sarah Vaughan durante los últimos veinte años de vida que le quedaban, la música que le gustaba.