Xul Solar

Xul Solar

9 de Abril del 2011

Xul Solar es tal vez uno de los miembros más desconocidos y más interesantes del grupo de escritores y poetas que reunidos alrededor de la revista Proa y la revista Martín Fierro, encabezó el mundo de las letras de Buenos Aires durante gran parte del siglo XX. Entre ellos se contaban el viejo Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, y en menor medida, Leopoldo Marechal, todos poetas, críticos o novelistas. Muchos conocen, o han oído hablar de Xul Solar a través de los libros de estos escritores, que lo citaban frecuentemente, que lo admiraban frecuentemente, y que le dedicaban poemas, capítulos de libros e incluso personajes, como el filósofo Schultze de Adán Buenosayres, la impecable novela de Marechal. Por lo general, sin embargo, tales referencias y homenajes prestan más atención al personaje que a su obra, al amigo que al pintor, y tal vez debido justamente a que en medio de un grupo de escritores, todos hábiles, todos amantes de las letras, Xul Solar era pintor.

En realidad, como ha mostrado Cintia Cristiá, la especialista indiscutida en su vida y obra, Xul Solar no era pintor, sino músico, ya que su obra, por más que esté compuesta sobre todo de cuadros y dibujos, es una obra musical, compuesta con principios, recursos e ideas musicales, no pictóricas. Y sin embargo Xul Solar no ponía notas sobre papeles pentagramados, sino colores sobre papales en blanco. Y es esta particularidad, creo, la que en principio lo hace un autor interesante.

En su obra más temprana, esta sinestesia, esta convergencia de disciplinas artísticas no pasa de ser una metáfora: Xul pone y yuxtapone colores como un músico pone notas en una melodía, navegando a través de los cromatismos; los saltos grandes están pensados para no romper con el tono del cuadro, y en ese sentido sus cuadros tienen tonalidad, como las obras musicales. Pero poco tiempo después de haber hecho una exposición en Buenos Aires con esos primeros intentos de sobrepasar las barreras que separan las artes, una exposición de cuadros y dibujos siempre fantásticos, siempre sorprendentes, Xul Solar se embarcó a Europa, con ahorros para seis o siete meses, y se quedó doce años. En Londres, en París, en Barcelona, Xul conoció las vanguardias artísticas, y a varios de sus autores. Sin embargo, optó por no seguir ninguna, pues ya desde Argentina traía una idea de lo que pretendía hacer.

A su regreso, sus amigos no recibieron en el puerto, como se habían esperado, ni a un pintor cubista, ni a un pintor surrealista, ni en realidad a un pintor, sino a un demente, por lo menos a primera vista. Xul hablaba incansablemente de lograr una obra que perteneciera a todas las artes simultáneamente, y traía unas primeras ideas. Días después, reunidos en su casa, Xul les dio una muestra de lo que había hecho: bajó un dibujo en acuarela de una pared, lo puso en el atril del piano, y se sentó a tocarlo, como si fuera una partitura. El dibujo no tenía ningún elemento de notación musical, pero el piano, que Xul acababa de intervenir, tenía las teclas pintadas de colores. Al ver el amarillo en el papel, Xul tocaba la tecla amarilla, al ver la verde, la verde, y así sucesivamente, tocando todo el dibujo. Sus amigos decidieron que el experimento era genial. La esposa de Xul, que era la dueña del piano, decidió que había que comprar otro, pues ese estaba arruinado.

Pero aunque Xul volvería eventualmente al piano, y alcanzaría a arruinar otros tres o cuatro antes de morir, sus obras pan-artísticas fueron tomando otras formas. La que Borges y Bioy recuerdan mejor, tal vez porque era la que mejor comprendían, era el neo-criollo, lengua inventada por Xul diseñada para poder hablarla en todo el continente americano y poder ser comprendido más allá de los idiomas de cada país. Años después, el neo-criollo derivó en la pan-lingua, que cumplía el mismo objetivo pero a nivel mundial. De esa lengua universal Xul sólo dejó los esbozos de una gramática y unos cuantos ejemplos. Otro camino paralelo lo llevó a hacer una tabla de correspondencias universales, que se convertiría en algo así como un manual de tasas de conversiones para pasar de un arte al otro. En la tabla de correspondencias había una columna con colores, otra con números, otra con notas musicales, otra con las letras del alfabeto, otra más con los elementos químicos y una última con los signos del Zodíaco. Así, rojo, por dar un ejemplo, era la A, pero también era el 12, y Re bemol, y Aries, y el Tungsteno. El primer producto de ese teatro del conocimiento universal fue un juego llamado Pan-ajedrez. Las fichas eran dados que contenían, en cada una de sus caras, los elementos correspondientes de la tabla. En cualquier momento del partido los dados se podían dar vuelta mostrando el lado de los colores, y el tablero era un cuadro. Pero también se podían poner del lado de los signos zodiacales, y el tablero era una carta astral. Del lado de las palabras era un poema, del lado de las notas musicales, una partitura susceptible de ser llevada al piano intervenido y ser interpretada.

La obra de Xul Solar era en muchas ocasiones difícil de comprender, y dar más ejemplos sólo aumentarían esa dificultad. Lo que es realmente interesante, más allá de cada experimento fallido o exitoso, es que todas sus obras, musicales, pictóricas, lúdicas y literarias, apuntan a una sola cosa: a romper las barreras que separan las artes, y que según Xul, no eran más que un obstáculo para los artistas, para su capacidad de expresión. Y así, uno de los artistas con la obra aparentemente más heterogénea y delirante, fue uno de los más consecuentes de su época. Muy pocos son los que han seguido los caminos de Xul Solar, pero varios son los que lo entendieron, y los que ya hace cincuenta años, vaticinaron que eventualmente el arte tendría que llegar, obligada, al punto en que tendría que deshacerse de sus divisiones, que eventualmente tendría que alcanzar a Xul Solar. Quién sabe cuánto más tendremos que esperar.