Por: Armando Martí
En ocasiones el cuerpo comienza a expresar lo que nuestra conciencia se niega a reconocer
Hay cansancios que no desaparecen después de una noche de sueño porque no nacen solamente del cuerpo. A veces se agota la mente que lleva demasiado tiempo resolviendo, el corazón que ha atravesado pérdidas sin terminar de comprenderlas, la voluntad que se acostumbró a resistir y, finalmente, esa parte profunda de nosotros que continúa caminando, aunque haya olvidado hacia dónde iba.
Lo curioso es que, precisamente cuando más necesitamos disminuir el paso, solemos exigirnos todavía más. Nos decimos que debemos reaccionar, que otros soportan cargas mayores, que descansar es perder el tiempo o que detenernos sería una señal de debilidad. Así, casi sin advertirlo, la disciplina puede convertirse en una silenciosa forma de maltrato interior.
No todo cansancio es pereza. La pereza aparece cuando tenemos fuerzas para actuar y preferimos no hacerlo. El agotamiento pertenece a otro territorio: queremos continuar, pero algo dentro de nosotros comienza a responder con dificultad. Confundir ambas cosas puede llevarnos a tratarnos con dureza precisamente cuando más necesitamos comprensión.
Nadie pretende que un automóvil sin combustible vuelva a ponerse en marcha golpeando el tablero. Sin embargo, con nosotros hacemos algo parecido: cuando disminuye la energía, aumentamos el reproche.
Tal vez has sostenido demasiado durante demasiado tiempo. Responsabilidades, duelos, enfermedades, incertidumbres, decisiones, preocupaciones familiares, exigencias laborales o simplemente la obligación de parecer fuerte. Uno puede acostumbrarse tanto a cargar que termina creyendo que vivir consiste en resistir.
Y no es así.
En ocasiones el cuerpo comienza a expresar lo que nuestra conciencia se niega a reconocer. Aparecen la irritabilidad, la dificultad para concentrarnos, la niebla mental, la pérdida de entusiasmo o esa sensación difícil de explicar de estar presentes y, al mismo tiempo, profundamente cansados de estarlo.
A veces el cuerpo no protesta para detenernos. Protesta para advertirnos que algo necesita cambiar.
La humildad de aceptar nuestra medida
Reconocer un límite no significa fracasar. Significa abandonar la fantasía de que somos inagotables.
La humildad comienza cuando comprendemos que algunas cosas tendrán que esperar, que no todos los problemas necesitan una solución inmediata y que nuestro valor no depende de la cantidad de asuntos que logremos resolver antes de terminar el día.
Esto cuesta porque existe en nosotros una parte que disfruta sintiéndose indispensable. Quiere organizar, producir, ayudar, controlar, responder. Nos hace creer que, si dejamos de sostenerlo todo, algo importante se derrumbará.
Pero el alma necesita espacios donde no tenga que demostrar nada.
Por eso detenernos puede convertirse también en una experiencia espiritual. Nos recuerda algo elemental: la vida continúa, aunque nosotros guardemos silencio durante unas horas. Somos responsables de muchas cosas, pero no somos dueños de todas ellas. Tenemos voluntad, pero también límites; capacidad, pero también vulnerabilidad.
Aceptar esa realidad no nos disminuye. Nos devuelve a nuestra verdadera dimensión.
Hay una pregunta especialmente reveladora cuando el agotamiento comienza a repetirse: ¿Necesito recuperar fuerzas para continuar o necesito cambiar la manera en que estoy viviendo?
Porque no siempre basta con descansar para regresar después a la misma carrera. Hay cansancios que no piden una pausa sino una revisión. Nos obligan a mirar el ritmo que llevamos, las prioridades, las relaciones que nos desgastan y esa peligrosa costumbre de estar disponibles para todos mientras permanecemos ausentes de nosotros mismos.
En medio de esta fragilidad aparece una de las invitaciones más humanas del Evangelio. Jesús dice en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar.”
Siempre me ha conmovido que no diga: vengan cuando hayan solucionado sus problemas o cuando vuelvan a ser fuertes. Dice simplemente: vengan cansados.
Tal vez allí comienza una de las formas más profundas de la fe: presentarnos ante Dios tal como estamos, sin maquillaje interior, sin discursos heroicos y sin esa necesidad de demostrar que podemos con todo.
Hay momentos en los que no necesitamos pedir más fuerza para continuar haciendo exactamente lo mismo. Necesitamos entregar aquello que nos está consumiendo. Reconocer serenamente: hasta aquí puedo; esto me duele; esto me supera; esto ya no quiero cargarlo solo.
La entrega comienza cuando dejamos de confundir fortaleza con dureza.
Por eso, cuando aparezca el cansancio, no lo conviertas inmediatamente en una acusación contra ti mismo. Escúchalo. Puede estar mostrando algo que la prisa no te había permitido comprender.
Haz silencio. Reduce el ruido. Deja alguna tarea para mañana. Permite que ciertas preguntas permanezcan sin respuesta. La vida no siempre exige soluciones; a veces necesita simplemente que estemos presentes.
Y cuando tus fuerzas disminuyan, no te obsesiones con regresar a ser exactamente quien eras. Tal vez la existencia te esté invitando a volver de otra manera: con menos peso, mayor conciencia y una comprensión más serena de aquello que realmente merece tu energía.
Entonces abandónate en Dios. No como quien renuncia a vivir, sino como quien comprende que no necesita controlarlo todo. Descansa en sus brazos y permite que Él ordene aquello que tú ya no puedes ordenar.
Tal vez descubrirás que recuperar las fuerzas no consiste en volver a correr, sino en aprender hacia dónde vale la pena caminar.
Y quizá allí, más lejos del ego y más cerca de Jesús, encuentres algo que durante mucho tiempo buscaste haciendo esfuerzos: paz para el corazón, salud para el alma y la libertad interior de saber que no tienes que cargar el mundo sobre tus hombros.
