La cita con la gloria fue en Fortaleza. El escenario, a diferencia de los anteriores en este mundial, fue el más hostil. Brasil fue el rival que el destino puso en el que, en la previa, era el partido más importante de la historia del fútbol colombiano, una bestia que no llegó tan fuerte como en sus tiempos dorados pero merecía todo el respeto que le da ser el pentacampeón del mundo y ser local.
Colombia nunca antes había enfrentado a Brasil con un nivel futbolístico que le permitiera mirarlo a los ojos, las ilusiones estaban a flor de piel, pero no tardaron en ser golpeadas fuertemente. Para el intenso calor en Fortaleza, un baldado de agua fría. Al minuto 7, un tiro de esquina cruzó inmune el área colombiana y fue rematado por un solitario Thiago Silva que abrió el marcador más temprano de lo pensado.
Brasil impuso condiciones desde el principio. Los dirigidos por José Pékerman sintieron la presión lógica por el escenario y con la ansiedad lógica del momento aparecieron imprecisiones inusuales en el combinado nacional. El gol llenó de confianza a los locales que dejaron atrás todos sus temores futbolísticos y aprovecharon la pasividad defensiva de Colombia para hacer protagonista a David Ospina.
Después de la tempestad en el área tricolor llegó la calma y el protagonismo de Ospina pasó a ser del árbitro Carlos Velasco Carballo. El partido se tornó friccionado y todo contacto contra los pentacampeones fue castigado. Al gusto de Brasil, el partido no fue jugado, fue luchado. Colombia no fue tan precisa como antes en ataque y en la primera parte apenas tuvo una opción clara de gol.
Colombia sufrió el partido el primer tiempo, impotente por no encontrar la forma de inquietar a Julio César saltó al campo de juego para jugarse la vida en los 45 minutos finales. El panorama cambió un poco a favor del combinado nacional. Brasil resignó sus pretensiones ofensivas y priorizó defender su ventaja.
Colombia aprovechó esa situación para buscar el empate. Por primera vez en lo transcurrido del mundial se encontró en desventaja y de manera vertiginosa quiso igualar las acciones. Lastimosamente para el seleccionado nacional la precisión necesaria para escapar a la urgencia no apareció.
La polémica por el arbitraje de Velasco Carballo llegó a su punto máximo. Un tiro libre de costado llovido al área brasileña fue interceptado por Mario Alberto Yepes quien anotó, puso los corazones colombianos a estallar de júbilo pero el juez de línea invalidó correctamente el gol por fuera de lugar del capitán.
Lo que estuvo al borde de finalizar en empate terminó en ampliación de la ventaja carioca. Una de las pocas avanzadas de Brasil culminó en una falta que cobrada desde una distancia superior a los 30 metros fue convertida en gol por David Luiz. David Ospina no pudo hacer nada, el 2-0 estaba consumado.
La ventaja parecía definitiva pero Colombia sacó fuerzas de donde parecía no tener para levantar la frente. La tricolor metió toda la carne en el asador, atacó con la firmeza que la caracterizó todo el mundial y obtuvo el descuento gracias a un penal generado por el portero Julio César, quien debió ser expulsado, pero simplemente fue amonestado. James Rodríguez lo convirtió en gol y a falta de 15 minutos para el final del partido se encargó de revivir la ilusión.
A matar o morir, así se vivió el final del partido. Brasil perdió firmeza en defensa y Colombia, jugando a lo que le gusta, se subió anímicamente en el encuentro. El sufrimiento pasó a ser de un pentacampeón mundial que, sin fútbol, se encargó de friccionar el partido con faltas que en su mayoría fueron fingidas.
No apto para cardiacos, así se dio el final del encuentro. Colombia atacó hasta el cansancio pero no pudo anotar el gol del empate. El semblante no fue el mejor, la sensación de ser eliminado por una mano que debería impartir justicia dejó un muy mal sabor de boca. Sin embargo, con el orgullo en su punto máximo, Colombia despertó de un sueño mundialista que unió como nunca a un país. Esta generación dorada se encargó de dejar una huella imborrable en los más de 47 millones de corazones colombianos que olvidaron sus problemas al ver en cancha a unos guerreros que dejaron en lo más alto la imagen del fútbol colombiano.
Por: Sergio Jácome
En Twitter: @Sergio_Jacome
