En los tarjetones electorales los partidos aparecen con nombre y logo, y por eso se vuelven protagonistas, incluso cuando la campaña gira alrededor de personas. Con las elecciones de 2026, primero al Congreso el 8 de marzo y luego la Presidencia el 31 de mayo, vuelve una pregunta básica: ¿para qué existen los partidos?
La regla de fondo
La Constitución reconoce el derecho a crear y desarrollar partidos y exige que se organicen con democracia interna. Además, limita la doble militancia (unirse a dos partidos) para que la afiliación tenga sentido y no sea una decisión “a la carta”.
Eso aterriza en una consecuencia simple. Cuando existe un partido, existe también una organización a la que se le pueden exigir reglas, responsables y coherencia. Sin ese orden, la política queda reducida a acuerdos personales que se rompen y se recomponen sin costo.
¿Qué hacen en las elecciones al Congreso?
En el Congreso, el poder se reparte por votos y eso se traduce en curules. Ahí el partido pesa porque arma listas, decide quién entra y bajo qué criterios, y también porque concentra campañas que, de otro modo, serían miles de esfuerzos aislados compitiendo entre sí.
Además, el Congreso no funciona con celebridades individuales. Funciona con bancadas que votan, negocian y sostienen posiciones. Un partido ordena esa coordinación y vuelve posible que haya acuerdos estables, no solo mayorías accidentales armadas a última hora.
¿Qué hacen en la elección presidencial?
En Presidencia se elige a una persona, pero esa persona no gobierna sola. Para empezar, necesita un aval o una coalición que la inscriba con reglas claras. Y después necesita respaldo en el Congreso para convertir promesas en decisiones.
Por eso el partido importa en dos tiempos. Primero, porque ayuda a seleccionar candidaturas y a darles una etiqueta reconocible. Luego, porque conecta la victoria con la gobernabilidad y evita que el gobierno dependa solo de negociaciones sueltas, una por una, con cada congresista.
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¿Qué controles habilitan y qué mirar en 2026?
Los partidos también permiten que el Estado controle la competencia. Con estructuras reconocibles, el Consejo Nacional Electoral (CNE) puede vigilar financiación, reportes y reglas de campaña, y también puede sancionar cuando hay incumplimientos.
El problema aparece cuando el partido deja de organizarse y se vuelve un dispensador de avales. Ahí el tarjetón se llena, pero la representación se vacía, porque la etiqueta ya no dice nada sobre programa, equipo o disciplina.
En 2026, lo que vale mirar es concreto. Cómo seleccionan candidaturas, cómo arman listas, qué tan clara es su vida interna y qué tan coherentes son entre lo que inscriben y lo que respaldan. Ese es el punto donde los partidos dejan de ser logos y pasan a ser instituciones.
