Roy Barreras: “La experiencia también es un valor”

Mié, 25/02/2026 - 18:28
En Kién es Kién, Roy Barreras defiende la experiencia como herramienta para gobernar. Habla de salud, seguridad, Paz Total y coaliciones.
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Roy Barreras llega a Kién es Kién sin la ansiedad del político que necesita justificarse a cada paso. No intenta parecer nuevo ni distinto. No lo es, y no le incomoda decirlo. En un país atravesado por la improvisación, los extremos y el ruido permanente, Barreras insiste en una idea que hoy resulta casi incómoda: la experiencia también es un valor.

Biografía antes que épica

Habla con la tranquilidad de quien ya estuvo donde se toman las decisiones. No entra a la conversación desde la épica ni desde el resentimiento, sino desde la biografía. Hijo de una madre soltera, criado en barrios populares de Bogotá y trabajador desde muy joven, fue mesero, panadero y taxista antes de convertirse en médico. Durante años trabajó en hospitales públicos, en urgencias, salvando vidas. Estuvo en Armero después de la tragedia y en el terremoto de Armenia, en escenarios donde el Estado apenas llegaba. “He pasado la vida salvando vidas”, dice, sin dramatizarlo.

Esa experiencia marcó su manera de entender el poder. Barreras no idealiza la política: la describe como un oficio hostil, ingrato, incluso infeliz. Lo dice con franqueza: “La política no me hace feliz, pero es una obligación”. Para él, la felicidad está en la literatura, en sus hijos, en sus nietos y en la vida privada. La política aparece cuando cree que retirarse sería una forma de irresponsabilidad frente a un país que sigue acumulando fracturas.

Cuando habla del sistema de salud, no teoriza. Habla como médico. Es directo y crítico. No se puede desmontar un sistema sin tener listo el siguiente, porque en ese vacío se pierden vidas humanas. Para Barreras, gobernar no es improvisar ni experimentar con la vida de la gente. “Yo no improviso, yo hago las cosas”, afirma, insistiendo en que las reformas deben corregir errores sin dejar a los ciudadanos a la intemperie.

Defiende un sistema de salud mixto, público y privado, con controles reales a la corrupción, pago digno al personal médico y una lógica básica que hoy parece olvidada: si el Estado es capaz de hacer llegar otros servicios a la casa, también debería garantizar que los medicamentos lleguen a quienes los necesitan mes a mes para sobrevivir.

En seguridad, su discurso se aleja tanto del autoritarismo como de la ingenuidad. No promete mano dura ni concesiones ilimitadas. Plantea recuperar el control del territorio, proteger a las familias en los barrios y usar la tecnología como herramienta real de prevención. Repite una idea sencilla, pero contundente: ningún gobierno tiene sentido si no protege la vida cotidiana de los ciudadanos.

El poder se gana sumando

Su trayectoria política, inevitablemente, genera preguntas. ¿Santista? ¿Petrista? ¿De izquierda, de centro, de derecha? Barreras no evade el tema. Explica su recorrido como una secuencia histórica del país: primero la exigencia de seguridad, luego la urgencia de la paz y después la deuda social. Acompañó procesos, rompió cuando consideró necesario y asumió costos políticos cuando decidió hablar con enemigos para cerrar una guerra. No lo presenta como virtud moral, sino como decisiones tomadas en momentos críticos de la historia reciente.

Reconoce aciertos del gobierno de Gustavo Petro, en especial haber puesto la inclusión social en el centro del debate y haberle dado voz a sectores históricamente marginados. Pero también señala errores graves. Para él, la Paz Total fracasó por falta de control efectivo sobre los grupos armados, y la crisis de la salud se profundizó por decisiones improvisadas y transiciones mal manejadas. Su crítica no es ideológica: es de ejecución.

En ese contexto, Barreras introduce uno de los momentos políticos más relevantes de la conversación. Recuerda que el actual presidente no llegó solo al poder y que la victoria de Gustavo Petro fue posible gracias a una coalición amplia que él ayudó a construir y a sostener. No lo dice desde la arrogancia, sino como un recordatorio de cómo funciona realmente el poder en Colombia: se gana sumando, no dividiendo.

Desde ahí lanza una afirmación que no pasa desapercibida. Gustavo Petro no está inhabilitado para ser vicepresidente de la República, y él estaría dispuesto a invitarlo a acompañar una fórmula de gobierno. No lo plantea como un gesto simbólico ni como una provocación, sino como una señal de equilibrio entre centro e izquierda y como una garantía para millones de colombianos que siguen creyendo en el proyecto de cambio, pero que hoy sienten frustración por la falta de resultados.

Barreras aclara que Petro tiene su propio candidato y su propio camino político, pero insiste en que el país necesita menos disputas internas y más capacidad de gobernar. Para él, la experiencia no solo cuenta en la hoja de vida, sino en la capacidad de construir acuerdos, ejecutar políticas y evitar que Colombia vuelva a romperse en bandos irreconciliables.

Yo sé cómo unir este país”, dice, convencido de que gobernar exige método, experiencia y la disposición de dar garantías a todos, incluso a quienes piensan distinto. Su insistencia en el centro no es una pose electoral, sino la conclusión de años viendo cómo el país se fractura cuando el poder se ejerce desde el dogma o el desconocimiento.

En el tramo más íntimo de la conversación aparece un hombre consciente del costo personal de la política en Colombia. Habla de sacrificios, de riesgos, de silencios. Cuenta que antes de iniciar esta campaña se retiró a meditar, a preguntarse si valía la pena volver a exponerse. La respuesta no fue épica, fue práctica: si cree que sabe cómo gobernar mejor, retirarse sería una forma de culpa.

Roy Barreras no se presenta como un salvador ni como un recién llegado. Se presenta como alguien que ya estuvo en el centro de las decisiones y que cree que su momento no ha pasado. En Kién es Kién aparece un político que no promete reinventarlo todo, sino gobernar con la convicción de que la experiencia, lejos de ser un lastre, puede ser una herramienta para corregir, ejecutar y evitar que Colombia siga pagando el precio de la improvisación.

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