Se insultan, se abrazan… y quieren gobernar Colombia
La campaña se llenó de ataques personales, pero las alianzas llegan sin memoria. ¿Convicción o cálculo político?
En la política colombiana de hoy, el insulto dejó de ser un exceso para convertirse en método. No es un desliz: es estrategia.
Se dicen de todo. Se descalifican en público, se cuestionan en lo personal y se atacan con nombre propio. Las redes amplifican cada frase, cada pulla y cada golpe bajo. Así, la conversación se degrada mientras el aplauso crece.
Cuando cambian las encuestas
Pero algo cambia cuando aparecen las encuestas.
Los mismos que ayer no se soportaban, hoy se sientan. Los que se deslegitimaban, ahora se reconocen. Los que marcaron distancia, hoy buscan cercanía, muchas veces sin explicaciones, sin matices y sin memoria.
El problema no es que se reconcilien. La política también es diálogo. El problema es que casi nunca explican ese tránsito.
¿Cómo se pasa del insulto a la alianza sin una sola explicación coherente?
¿Cómo se le pide al país sensatez cuando la dirigencia se mueve por conveniencia?
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La palabra que se usa y se descarta
Aquí no hay errores aislados. Hay una forma de hacer política en la que el lenguaje se usa como arma en campaña y luego se guarda cuando estorba.
El resultado es una ciudadanía que ya no sabe a quién creerle. Porque, si todo es tan flexible, nada es sólido.
Y en medio de ese vaivén aparece la gran pregunta: ¿cómo se pretende reconstruir un país cuando ni siquiera hay responsabilidad sobre lo que se dice?
Porque gobernar no es solo sumar apoyos. También implica sostener la palabra.
