“Quería llamar a su mamá y no se le permitió”. Con esa frase, el presidente Gustavo Petro se pronunció sobre la muerte de Brayan Rayo Garzón, el joven colombiano que falleció mientras permanecía bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, ICE.
Detrás del nombre que hoy genera dolor y debate hay una historia marcada por la migración, la distancia y la búsqueda de oportunidades. Brayan era un joven colombiano que llegó a Estados Unidos, como muchos otros, con la esperanza de construir un futuro distinto lejos de casa.
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Su caso tomó relevancia luego de conocerse que estaba detenido en un centro migratorio en Misuri. Según reportes conocidos, habría permanecido aislado tras presentar síntomas asociados al COVID-19 y también habría solicitado apoyo psicológico.
Uno de los detalles más sensibles de su historia es que, antes de morir, Brayan pidió comunicarse con su mamá. Esa solicitud terminó convirtiéndose en el símbolo de una tragedia que va más allá de un expediente migratorio: la de un joven vulnerable, lejos de su familia y en medio de un sistema que hoy vuelve a estar bajo cuestionamiento.
Petro calificó el lugar donde estaba detenido como un “campo de concentración de ICE” y pidió que la Cancillería colombiana entregue una nota de protesta al Gobierno de Estados Unidos. Además, aseguró que la política migratoria estadounidense debe ser revisada por sus efectos sobre latinoamericanos y estadounidenses.
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Más allá de las reacciones políticas, la historia de Brayan Rayo Garzón deja al descubierto el lado humano de la migración: personas que viajan buscando una oportunidad, pero terminan enfrentando soledad, encierro e incertidumbre lejos de los suyos.
El presidente cerró su mensaje con un homenaje a Brayan y a la juventud colombiana, al escribir: “QEPD”.
