Cómo ser millonario, según William Vinasco

10 de mayo del 2011

Dice que no sabe si tiene buen gusto y habla de cómo amasó su fortuna.

Emporio radial

Hace casi treinta años, William Vinasco subió en sus hombros una antena de más de tres metros de altura al Cerro de Guadalupe. No fue una cuestión religiosa, sino una apuesta a la capitalización de su voz. Al invertir los ahorros de casi treinta años de trabajo en la emisora Acuario Estéreo, tuvo que subir hasta los 3.317 metros sobre el nivel del mar para difundir la señal a toda la ciudad de Bogotá. Tardó dos días en llegar a la cima, en compañía de dos de sus seis hermanos y una mula que tenía un transmisor amarrado a su lomo. En la cima, los aparatos se ubicaron cerca de la cocina de una comunidad de monjas, gracias a la autorización del párroco de la iglesia de Guadalupe. La travesía le dejó a William algunas cortaduras y rasguños. Sin embargo, como los estigmas de Jesucristo, fueron el inicio de su gloria.

Él es, sin duda, el magnate de la radio colombiana. Asegura que no ha fracasado en ningún negocio y tiene una docena de emisoras. Candela lleva ocho años consecutivos como la número uno de Bogotá, y Vibra está entre las cinco más oídas. Es propietario de un restaurante donde la especialidad son las costillas, llamado Santa Costilla.

Al descender del Cerro de Guadalupe, William no debía esperar una cuaresma, sino un año entero para que Acuario Estéreo pudiera recibir publicidad,  porque la ley de la época no lo permitía antes. En ese tiempo, Vinasco sólo se dedicó a los micrófonos, pese a las limitaciones económicas. Tres años después, luego de haber pagado algunas deudas y haber conseguido patrocinio, logró estabilizarse, y dos años después, a los cinco de la fundación, la emisora peleó los cinco primeros puestos de audiencia. El primer lujo que tuvo William fue un Renault 4, con el que compitió en el Autódromo Mejía y en unas carreras que organizaba la Escuela Militar.

Karen, su hija mayor, es su mano derecha y su mejor amiga.

Su obsesión por la radio es gracias al son y la guaracha. De niño, fue amante de la música porque su hermano, catorce años mayor, compraba con frecuencia discos de estos géneros musicales. De allí su gusto por la Sonora Matancera y la colección de 600 discos que ha adquirido en sus viajes. Ese tesoro musical lo comparte con la audiencia de Candela los fines de semana en su programa, Una hora con la Sonora. Para la misma época, a los siete años de edad, trataba de sintonizar diferentes emisoras de otros países hasta la madrugada. Por eso, cada vez que se sube a su Mercedes Benz color vino tinto, cambia cada minuto de dial. Nunca escucha una sola emisora y pone el aire acondicionado al punto que el vehículo queda tan frío como una nevera. El tiempo también lo ha convertido en coleccionista de radios antiguos. Tiene cerca de cincuenta. El primero, que conserva en su oficina, es una herencia de su abuelo.

El éxito de su carrera ha sido gracias a su voz y el buen olfato que tiene para los negocios. En el colegio conoció la gloria por primera vez. Lo hizo cuando ganó un concurso en Bogotá por la declamación del Poema del beso, que dice “¿Qué es el beso?, pregunta el mundo / ¿Qué es el beso?, preguntan todos”. Hoy, a los 60 años de edad, se lo sabe de memoria y lo recita con orgullo, al igual que algunos poemas costumbritas y campesinos. Ese día recibió una ovación por parte del público, un público que años después lo volvería a oír en la radio.

Después, su vocación religiosa lo llevó a los micrófonos. William quería ser cura, estudiaba en un colegio de curas y asistía con frecuencia a la iglesia a leer el salmo y la epístola para los enfermos. Allí le propusieron participar en una emisora católica y hacer algunas grabaciones comerciales. Así comenzó su recorrido por la emisora Kennedy, Radio Horizonte y Todelar, antes de fundar su propio espacio radial.

Su gusto por la radio comenzó por la música, en especial, por el son y la guaracha.

William admite que en la parte económica su mamá, Tulia Chamorro, tiene mucho que ver. Ella fue modista de las esposas de algunos embajadores, y le enseñó a su hijo a ahorrar cada peso que recibía cuando era niño. Pero William también creció viendo a su papá, Jorge Vinasco, como un propietario exitoso de un almacén de zapatos. La primera cuenta de ahorros que tuvo fue en el Banco Caja Social y su primera compra fue una bicicleta. Además, en una caja de aluminio de galletas de soda atesoraba monedas de cincuenta pesos. El dinero también le permitía ir a una fuente de soda y comprar algo de pólvora durante sus vacaciones de fin de año en Cali. En su adolescencia, su principal fuente económica era el alquiler y venta de los cuentos que coleccionaba.

A los veinte años, William comenzó a capitalizarse. Mientras alternaba las carreras de derecho y diplomacia, tuvo un taxi que pagó a cuotas y le ayudó a costear sus estudios. Como su mamá vivía en Cali, William se parqueaba los viernes en la avenida Caracas, voceaba que iba rumbo a Cali y conseguía pasajeros. Para el regreso el domingo a Bogotá hacía lo mismo en la Plaza Caicedo, en la capital del Valle del Cauca. Con carreras ajenas se pagaba sus propios viajes. También se ganó una beca con el gobierno argentino para estudiar en el Comité Federal de Radiodifusión, en Buenos Aires ‒de allí su pasión por la carne argentina, un plato que podría comer todos los días‒. Tres años antes, a los 24 años, ya había batido el récord mundial de locución por estar tres días al aire en la emisora Radio Tequendama.

La primera gran inversión que hizo fue un puesto de sándwich y hamburguesas en la Feria Internacional de Bogotá. Recuerda que durante veinte días del evento logró recolectar los recursos suficientes para comprar una novedosa máquina para lavar ropa, de tecnología italiana. Así abrió las lavanderías Wilvin. El local principal estaba ubicado en Unicentro y las sucursales en Chapinero y Nicolás de Federmán. Poco después, hizo su peregrinación para convertirse en el Cristo de la Radio al Cerro de Guadalupe.

En la época del programa Sintonía Locura con su equipo de trabajo.

Pero al poco tiempo, hace 28 años, fue necesaria una segunda peregrinación, esta vez al Cerro de Monserrate. El camino fue más fácil gracias al teleférico y el funicular, a pesar de que la antena y el transmisor eran más grandes que la primera vez. Decidió comprarle a su socio Germán Tobón el 50% de la emisora, por un valor de cinco millones de pesos, que reunió con la colaboración de sus familiares y la venta de la Lavandería Wilvin, una potranca de carreras que compró en Buenos Aires ‒y que alcanzó a correr en el hipódromo de los Andes‒ y el taxi. Así se convirtió en el único dueño de Acuario Estéreo, que ahora es Vibra Bogotá.

Un día laboral normal de William comienza a las 5.30 a. m., luego de cinco horas de sueño. Calienta la voz en la ducha. Hace la narración de algunos partidos de  fútbol que provienen de su imaginación. Sabe que su herramienta de trabajo es su voz, por eso tiene como rutina comer panela, usar bufandas y tomar bebidas calientes. El primer programa es Azuquita Pal’ Café, pero él bebe jugo de naranja y desayuna tostadas mientras transcurre la emisión.

William define el caché como algo de buen gusto. Reconoce que no sabe si lo tiene. Sin embargo, es un hombre de manos impecables que evidencian una rutina de manicure con esmalte brillante. Siempre usa corbata ‒tiene cien‒ y se pone un reloj diferente todos los días según la ropa. Tiene uno para cada día del mes. Su preferido es una herencia de su papá, de tablero blanco, marca Mulco. Su deporte favorito es el golf. Aprendió a jugar en Asunción de Paraguay, junto al periodista deportivo Adolfo Pérez. Lo practica todos los fines de semana con sus hijos, de 14 y 16 años, en el Hato Grande Country Club. Tiene una hija, Karen, que vive en Barcelona y es su mano derecha y mejor amiga.

En compañía de dos miembros de la Sonora Matancera. A la izquierda Celio Gonzáles y a la derecha, Nelson Pinedo. Tiene más de 600 discos de esta orquesta cubana.

Su paso por la política no fue una iniciativa propia, sino de sus oyentes. Todo comenzó en Candela Estéreo, donde dedicaba algunos minutos para escuchar a sus oyentes y colaborarles a resolver algunos problemas relacionados de la ciudad. Así, la gente comenzó a decirle que se lanzara como candidato a la Alcaldía de Bogotá. Lo hizo por primera vez en 2000 por el Partido Conservador. Dos años después, trabajó como jefe de debate en Bogotá para el ex presidente Álvaro Uribe. Su intento más reciente fue como candidato independiente a la Alcaldía de Bogotá en 2007. Para esa ocasión, logró 351.098 votos y ocupó el tercer puesto en esas elecciones. Él mismo se financió y su hija, Karen, fue su jefe de campaña. A William la política lo desilusionó por el mal manejo que hacen algunos medios de comunicación y por la cantidad de “lagartos” que se acercan en tiempos de campaña.

Sus emisoras hacen parte del ranking de las más escuchadas en la ciudad. La fórmula ha sido la innovación en la programación crossover, su disciplina y su pasión por la radio. Vinasco, quien le apostó su futuro a una peregrinación inusual, conoció la gloria después de haberle jugado su futuro a una obsesión: la radio. Ahora, quiere emprender una nueva peregrinación, pero mucho más alto. Su proyecto a mediano plazo es comprar un avión para ofrecer viajes privados a ejecutivos de alto nivel, una especie en la que él ya se convirtió.

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