El asesinato que se celebró en la gallera

El asesinato que se celebró en la gallera

24 de marzo del 2011

Verrugas, como fue bautizado desde tiempos inmemoriales, sería un pueblo cualquiera si no fuera porque en él reinó de pies a cabeza, con su cadena de oro colgada en el cuello, el paramilitar Rodrigo Mercado Peluffo, alias “Cadena”. Dicen que allí vivió a sus anchas, mientras la gente, sumisa a sus órdenes, le daba rienda  suelta a esa promiscuidad avasallante en medio de la riqueza agreste de un mar sin olas y una vida de pobres eternizada.

La anarquía de esos años, en los que ocurrieron miles de hechos espeluznantes e increíbles, los hizo más pobres y más alejados de la realidad del mundo. Su memoria los lleva hacia la finca El Palmar, donde se calcula que están enterradas varios centenares de víctimas del paramilitarismo, porque una ceiba y sus contornos de palmeras, entre verdores intensos y grises eternos de veranos, se convirtió en el infierno a la orilla del paraíso.

La música parece ser todo para esta gente que vive enredada en una pobreza elocuente, mientras esperan la fiesta del patrono San José, el 19 de marzo, en que celebran con tiros al aire, ron a raudales y mucha champeta, en la nutrida procesión popular, el milagro de seguir vivos. Ese día se emborrachan sin distinción de edad o sexo. Las mujeres semidesnudas y sin zapatos danzaban tras la efigie del santo.

La fiesta de San José se celebra con ron cada 19 de marzo en Verrugas.

19 de Marzo, fecha cumbre de Verrugas. 19 de Marzo, así se llama la gallera del pueblo, en la que Rodrigo Cadena se enteró, primero que nadie, que la fiscal Yolanda Paternina Negrete acababa de morir en la calle Ford, de Sincelejo, antes de llegar a su casa. Estaban reunidos jugando gallos y bebiendo a raudales. Todos sabían qué iba a pasar esa noche del 29 de agosto de 2001. La Fiscal llevaba el caso por la masacre de Chengue y estaba metiendo sus narices en su vida.

Cadena había ordenado el operativo. Toda Verruga sabía y esperaba la noticia de su muerte. “El Chato”, taxista sincelejano, encargado de hacerle las carreras a la funcionaria, estaba de suerte esa tarde. Ella lo había llamado para que la recogiera en la Fiscalía y la trasladara a su casa del barrio La Ford, pero él tuvo un retraso casual por cuenta de una carrera que le resultó para llevar, a última hora, una pareja a un Motel. “El Chato” le pidió a un amigo el favor de reemplazarlo en el servicio, que se convertiría en la carrera fatal. La orden de “Cadena” era no dejar testigos del crimen. El chofer que la llevaba murió con ella, cuando faltaban quince minutos para las ocho de la noche.

Las investigaciones ‒que permitieron la captura de “El Gato”, uno de los dos sicarios que le hicieron la celada y más tarde se convirtió en un desmovilizado de las AUC‒ establecieron que la ausencia del escolta que acompañaba a la Fiscal había sido planeada con la complicidad de hombres del DAS y de la propia Fiscalía. Paternina murió pidiendo auxilio. Había insistido hasta el cansancio que la trasladaran a otra ciudad, por las amenazas de muerte que había recibido.

Ni la policía, ni los periodistas, ni siquiera la misma Fiscalía. Tampoco los familiares de la Fiscal se enteraron con tanta prontitud de su muerte, como el pueblo de Verrugas, que estaba apostado en la gallera. El mismo sicario que le disparó se encargó de llamar al patrón para confirmar que estaba muerta y “Cadena” tomó los micrófonos donde anunciaban los gallos.

La gallera donde alias “Cadena” tomó los micrófonos y celebró por la muerte de la fiscal.

‒¡Esa hijueputa acaba de morir! ‒gritó en público.

Los asistentes festejaron. La parranda siguió hasta la madrugada, con ron, gallo y champeta.

“El Nono”, quien vive ahora en Sincelejo y estaba ese día en la gallera, recuerda la euforia de la gente con una mueca ambigua de pena y dolor. Recuerda también el susto que pasó, el más grande de su vida, cuando “Cadena” se enamoró de un gallo de su cría, que había ganado dos peleas seguidas. Una vez empezaron las apuestas, el sanguinario jefe de las AUC dobló la apuesta. La subió hasta alcanzar treinta millones de pesos, una cifra récord para la población. Treinta millones por el gallo del gordo. Cuando “El Nono” escuchó la cifra, sintió un retorcijón de tripas en su vientre. “Cadena” entró a la zona de pesaje y con sus ojos de asesino se le acercó al gallo ‒ya pesado para la riña‒ y después de mirarlo con detalle, echándole el tufo de su aliento de queso con cebolla, muy cerca, le gritó:

‒Este hijueputa gallo se parece a mí.

‒¿Cómo así? ‒preguntó “el Nono”.

‒¡Tiene cara de asesino!

Emiro, un muchacho escuálido, asistente de “El Nono”, que se ganaba la vida cuidando los gallos, confiesa que no sabe cómo calzó las espuelas del gallo asesino, pensando en que si el animal perdía era hombre muerto. Antes de la pelea le dijo que tenía dolor de estómago, que se iba a cagar bien lejos, donde las balas de “Cadena” no lo alcanzaran.

No hubo alternativa, “El Nono” tuvo que entrar al coso, a pelear su gallo. Sonó la campana, soltó su gallo y dio la espalda para salir corriendo del ruedo. No había tranqueado la valla cuando oyó la explosión de júbilo. Al voltear la mirar hacia la pelea no lo podía creer: su gallo le dio “una morcillera” en el primer salto a su contendor, que había quedado muerto como un palo, tendido en la valla.  “El Nono” volvió sobre sus pasos y se lanzó de bruces sobre el gallo muerto, revolcándose con su sangre caliente, sus plumas húmedas y sus fuerzas inútiles. Nadie antes lo había visto tan eufórico con uno de sus triunfos, porque no acostumbraba a celebrar la muerte de ningún animal. Ese día no celebraba la muerte del contendor sino la continuidad de su propia vida. Una semana después, “Cadena” lo buscó para que le prestara otro gallo para pelearlo y “el Nono” le dijo que no tenía más que dos gallos y que ambos estaban mudando las plumas.  Así se lo quitó de encima.

La belleza paisajística de Verrugas contrasta con la vida material de sus descamisados habitantes. En la orilla de ese mar sereno como un plato, la actividad de las canoas y boliches que llegan de una larga jornada de pesca es una fiesta. Verrugas no tiene una sola calle pavimentada, el servicio de alcantarillado no existe, la luz es precaria y amarillenta, incapaz de soportar un enfriador donde refrigerar los peces. Hasta hace meses no había Inspección de Policía, menos en la época de “Cadena”, donde imperaba la ley del monte.

El paramilitar alias “Cadena” se llevó los secretos a su tumba.

Cierta vez, un joven se atrevió a arrancar de la pared uno de los avisos que “Cadena” había ordenado pegar para que recogieran los puercos callejeros. El paramilitar lo hizo arrodillar en la arena caliente, después le ordenó que abriera la boca y por allí le metió el disparo. Después le cortó las manos.

Cuentan que en sus calles rodaban las carteras y los accesorios que llevaban puestas dos bellas muchachas de Sincelejo. Su único pecado fue ser damas de compañía de dos detectives de la Sijín, Fabio Coley y José Luis de la Rosa, que se habían estado de turismo en tierras peligrosas para averiguar el paradero de “Cadena”, conocido también como el asesino de Macayepo. Los jóvenes detectives habían logrado desarmar a los paracos que los interceptaron cuando iban para Verrugas, pero estos les dijeron que el Patrón no les haría nada, que sólo quería hablar con ellos. Comieron del engaño, porque una vez bajaron las armas, fueron condenados a muerte. Era el 27 de mayo de 2001, día en que todo empezó de descomponerse.

Dicen que a las muchachas las enterraron aún con vida, pero después,  cuando supieron que los detectives eran gente importante, ordenaron desenterrarlos y tirar a los cuatro al mar. La operación, que buscaba borrar evidencias, fue tan visible que las carteras de las muchachas quedaron a la deriva por las calles como trofeos y hasta el más desprevenido habitante sabía el cuento con detalles. Mientras tanto, los papás de las muchachas  entregaban declaraciones a la prensa, que pedían que se respetaran sus vidas. Ya estaban muertas, como la fiscal Yolanda Paternina, como tantos que terminaron en fosas y   caminos y cuyos nombres se llevó el asesino de Macayepo a su tumba, sin que nadie lo pudiera juzgar.

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