El cura de los combos

El cura de los combos

15 de febrero del 2011

Esta noche, cuando afuera sólo se escuchan algunas motos que pasan a alta velocidad, el padre Juan Carlos Velásquez toma un tablón en el que trabaja desde hace días.  Lo mira, lo cincela, lo pule.  Al igual que lo hace desde hace ocho años en el barrio Alfonso López, en una de las laderas de Medellín, hoy esculpe con dedicación.  Es su rutina.  Su escape.

Su casa, ubicada a diecisiete pasos de la parroquia San Fernando Rey, al noroccidente de Medellín, está en una de las zonas más aporreadas por el choque entre las dos facciones de la llamada Oficina de Envigado. Sólo en este barrio hacen presencia catorce combos que se autodenominan La 26, La 70, Hoyo negro, México o Playa baja, y que agrupan, según él, a por lo menos 650 jóvenes que obedecen con fe ciega a sus jefes, quienes asimismo acatan al pie de la letra las órdenes de Érick Vargas, alias “Sebastián”, uno de los dos fogoneros de esta frenética locomotora.

Según Medicina Legal, de los 2.022 asesinatos registrados en Medellín el año pasado, 1.214 tenían entre once y 29 años de edad.  Este barrio puso su cuota: 25 de ellos.  Juan Carlos Velásquez los conocía a todos.  Pero no solo los conocía, sino que además condujo sus funerales, consoló a sus deudos y los despidió con el alma hecha trizas.  “El día que me habitúe a los entierros dejo de ser sacerdote”, me dice en la sala de su casa, que también es un despacho cural, por donde desfilan a diario abuelas con ganas de conversar, jóvenes para pedir consejo y pillos con ganas de desahogarse.


Además de dar misa, el padre Velásquez es el confidente de los habitantes de varios barrios de Medellín.

El estallido de la guerra en 2009, originado por la disputa entre “Sebastián” y Maximiliano Bonilla, alias “Valenciano”, presuntos comandantes de las facciones enfrentadas, dejó para ese año en Medellín 2.186 muertos, apenas doscientos menos que los civiles caídos durante ese mismo período en Afganistán.  Entonces, y para evitar un coletazo mayor en la zona, Juan Carlos sentó a los catorce jefes de los combos en esta mesa en donde ahora nos encontramos. No le resultó difícil, porque todos obedecían al mismo rey.  Los invitó para dos cosas: para comerse una pasta mediterránea que él mismo les preparó y para hablar de paz, porque la guerra, endémica en estas barriadas cuando escasea el trabajo, amenazaba con proseguir su escalada. “La clave con los pillos es tratarlos como seres humanos, preguntarles por las familias, jamás por las vueltas”, sostiene. Con el ánimo de arrebatarle peones a la guerra destapó su carta al final del banquete. Después de seis paquetes de pasta y doce litros de sangría les propuso que escucharan a los funcionarios de la Alcaldía de Medellín, quienes venían a exponer en el templo las bondades del programa Fuerza Joven, que consiste en la capacitación para el empleo a jóvenes que han militado en los combos o que están en riesgo de pertenecer a ellos.  Muchos aceptaron.  “Sobre estos 200 jóvenes que se metieron a Fuerza Joven hay de todo: los que juegan con ‘la doble’ mientras están allí, los que verdaderamente le apuestan a un cambio y los oscilantes, los que un día sí y otro no”, afirma.  Pero para él, que no mide el éxito con números, el principal antídoto contra la violencia es la generación de empleo.  Es su queja.  Y su caballo de batalla con los empresarios.  “La solución para Medellín es ofrecerles a estos jóvenes un empleo estable, lo primero es formarlos a nivel técnico, lo segundo a nivel psicológico y espiritual”, concluye, envuelto en un aire de solemnidad típico de quien habla desde la experiencia. Pero también aprendió otra cosa desde su llegada al barrio.  Aquí la guerra salda sus deudas.  Hoy, catorce meses después de ese cónclave criminal, apenas sobreviven dos de los catorce alfiles que asistieron a la reunión.

Si antes tenía que buscar a los cabecillas para adelantar su labor pacificadora, ahora lo buscan a él para todo tipo de situaciones.  Ahora también se ha expandido a los barrios cercanos.  Hoy, por ejemplo, lo acompañaré al barrio Doce de octubre a bendecir un altar de la Virgen María Auxiliadora, que el combo de La torre mandó a construir para la comunidad.  Alias “el Gordo”, el jefe de la banda, nos recoge y nos lleva hasta allí; un callejón estrecho de jardines florecidos desde donde se divisa todo el Valle de Aburrá.  La Virgen, encerrada en vidrio y que cuenta con su propio sistema de iluminación, tuvo un costo de dos millones y medio de pesos y fue pagada por los miembros de la banda.  “El padre me generó siempre confianza, cuando llegó nos habló de paz.  Yo le copio porque quiero que los jóvenes sigan a la iglesia católica”, asegura este hombre de 32 años, que maneja alrededor de 80 muchachos y quien se considera a sí mismo un milagro viviente por haber sobrevivido a un changonazo que lo tuvo tres meses en estado de coma. Los perdigones que aún bailan en su cuello y la platina que hace resonar con orgullo en su cabeza son sus medallas de guerra.

A los seis años de edad ‒hoy tiene 37‒, Juan Carlos tuvo un paso fugaz por la delincuencia. Entonces no sabía que sería sacerdote. Recuerda, siempre sonríe al recordar, que las escobas de su casa eran su objetivo. “Cuando niño le robaba las escobas a mi mamá y con un cuchillo de cocina y un martillo hacía soldaditos con esos palos”, asegura con malicia. Desde entonces ha participado en tres exposiciones individuales y quince colectivas.


En las noches, el padre Velásquez se dedica a tallar madera, una costumbre que tiene desde pequeño, cuando se robaba los palos de escoba de su casa para hacer soldados de madera.

Al sacerdocio llegó por azar.  “Visto desde la fe, nosotros los religiosos hablamos de los designios de Dios, yo no era consciente de que mi iba a convertir en cura”, dice, mientras se alista para salir a la eucaristía de la tarde. Caminar con él hasta la parroquia es una odisea. Los diecisiete pasos que nos separan hasta allí, que en condiciones normales se recorrerían en no más de treinta segundos, duran casi siete minutos. En el camino saluda a nueve personas, ultima detalles de un bautizo, define su participación en un sancocho comunal organizado por uno de los combos y reparte bendiciones a tres mujeres que se lo solicitan. “Simplemente me acerco a todos y soy afectivo, soy capaz de darles un abrazo, de preguntarles por ellos, por sus familias, de brindarles una sonrisa, eso es lo mágico del cuento, ése es mi esquema de trabajo”.  Esa regla tan simple le ha hecho merecedor del respeto y la confianza, no sólo del hampa de la ciudad, sino también de la llamada Comisión por la Vida, quienes el año pasado, y con el aval del Gobierno Nacional, gestionaron una tregua transitoria entre las dos alas de la Oficina de Envigado. Jaime Jaramillo Panesso, integrante de esta comisión, y quizá la persona más influyente en términos de paz y reconciliación en Antioquia, deduce por qué goza de tanta credibilidad. “La figura de Juan Carlos tiene dos aspectos: el físico, que tiene parecidos a un apóstol y a la vez al Che, ambos dentro del imaginario heroico que superan a la muerte; y el aspecto humano y solidario que es el más útil para la parte del sermón pacificador”.   Tanto le creen los bandidos que ha logrado detener a tiempo varias sentencias de muerte que ya habían sido proferidas.  Este sirviente del evangelio, que por su pelo largo y barba descuidada se asemeja más a un estudiante de universidad pública, reconoce que ya la Oficina de Envigado no existe. Asegura que aunque “Sebastián” impuso su ley, aún quedan algunos rescoldos humeantes que podrían provocar en cualquier momento un nuevo incendio.  También advierte sobre los rumores de un nuevo actor, alias “Mario”, quien al parecer trata de ingresar por el occidente de la ciudad.  Peregrino habitual de estas fronteras, sabe que Medellín atraviesa una oportunidad magnífica que las autoridades, en su conjunto, deberían estudiar con cuidado. “En estos momentos hay un abandono del conflicto por parte de estas cabezas, y como ellos están tirando los combos a una orfandad yo creo que es el momento propicio para que las instituciones lleguen a ofrecer esa paternidad.  Es nuestro cuartico de hora y lo tenemos que aprovechar y entrar con toda ofreciendo alternativas de vida”, propone.

No se considera un párroco excepcional.  “Yo hago lo normal: saludar al otro, dar la misa, darle un pico a una niña o si un pelao me saluda pues le estrecho los cinco o le doy un puño”, afirma entre risas.  Ha pasado los mejores ocho años de su vida en estas calles, al cuidado de espíritus y dándole posibilidades diferentes a quienes se juegan su vida al empuñar un arma.  Sabe que algún día lo trasladarán de iglesia y no le preocupa, asegura que siempre será feliz en donde haya gente.  Pero mientras esto sucede, esta noche, cuando apenas se escuchan algunas motos pasar a alta velocidad, toma un trozo de madera y examina sus fisuras, busca el mejor sitio por donde entrarle con sus herramientas, lo acaricia, lo desbasta con su juego de gubias y le da la forma deseada hasta que, con lentitud, aflora la figura de un corazón. Luego lo pule con el mazo y le arranca algunas virutas. Lima sus asperezas.  Lo contempla en silencio.  Me dice que esta obra se llamará Sacrificio y que simbolizará su entrega por los demás.  De alguna manera es como si tallara la parábola de su propia vida. Entonces descubro su pequeño secreto: dedicarse con idéntica devoción a los corazones descarriados que en estas mismas esquinas le cuentan sus desventuras.

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