El librero de los capos

El librero de los capos

8 de mayo del 2011

El manizalita Rubén Ramírez es el librero de los colombianos en Estados Unidos y por casualidad necesaria, de la crema y nata de la delincuencia nacional: de los capos más capos, pero también de los “capitos”. Los unos durísimos y los otros igual, como tapias, de veras mulas que se fueron por la sombra y con los sueños encapsulados en muy poca cocaína, para terminar leyendo libros de autoayuda en vista de que la ayuda útil en esos casos, la externa, a ellos nunca les llega. Hoy son ocho mil los colombianos presos en las cárceles de ese país y en la base de datos de Rubén, bajo la más absoluta reserva, están muchos de ellos, en su mayoría por causas relacionadas con narcotráfico.

A partir de los perfiles corrientes de los clientes, puede decirse que si tras las rejas norteamericanas los inocentes, las “mulas” y los “traquetos” leen títulos como ¿Quién se ha robado mi queso?, los capos lo hacen sobre sí mismos: El cartel de los sapos o en el mejor de los casos, Rosario Tijeras. Buscarán encontrarse y encontrar a otros entre los personajes caídos en desgracia, condición casi siempre necesaria para convertirse en eso: en personajes disponibles, a la mano de los periodistas y los escritores de bestsellers.

Cuando Rubén llegó a establecerse con su esposa y su único hijo a Nueva York aún no era librero, sino lector, con varios semestres de economía y administración de empresas. En 1989 existía la librería Macondo, que vendía literatura en español a veinte dólares cada ejemplar y quizá por eso mismo desapareció: no había tanto mercado para libros caros aunque fueran la única ligazón posible con la América Latina de entonces, y con Colombia en particular. Detectada la oportunidad, y cumplidas las tres condiciones para ser el mejor en el oficio: sin muchos recursos, generoso y devorador de libros, se inspiró en el diminutivo del nombre de su mujer, aunque con respeto, y fundó Doña Tina, librería que por las crisis económicas típicas del rubro hace poco tuvo que transformarse en El Dorado, tesoro aún por encontrar en la guaquería eterna de un trabajo como este.

Para darse una idea, en el tiempo en que abrió su pequeña librería no habían pasado sino dos años desde la llegada del primer gran capo extraditado, Carlos Lehder, quien también vendría a ser el primer gran sapo tipo exportación de nuestra historia: le dieron una cadena perpetua más 135 años de cárcel, pero llegó a sólo 55 a cambio de testificar en contra del gobernante de facto de Panamá, Manuel Noriega. Entre las delaciones y la simple mala suerte, las cárceles en Estados Unidos se han ido llenando de colombianos, proceso lento pero seguro del cual Rubén Ramírez ha sido testigo principal.

Las importaciones de achiras, chocolatinas Jet y bocadillos veleños, entre otros productos indispensables para ser colombianos en ejercicio, llegan primero a Miami y después al barrio Jackson Hights, en Queens, Nueva York. Es ahí donde está El Dorado, lugar que recuerda a los entrañables SASPELUCANES (sastrería, peluquería y cantina) que frecuentaban los abuelos, porque ahí no sólo se venden libros, sino que se tiende la mano en cualquier tema imaginable. Su librería es ese punto de encuentro familiar para comprar la prensa o las revistas del país, comentar alguna novedad editorial y de paso solucionar un poco la vida. Es un consulado como deberían ser los Consulados: las personas encuentran orientación jurídica, inmobiliaria, traducciones confiables, o nada más ni nada menos que amistad y comprensión.

Hablar y escribir perfectamente bien inglés, ser el dueño de una de las pocas librerías en español que aún sobreviven en Estados Unidos y estar ubicado en el corazón de la comunidad colombiana en Nueva York, ha hecho que Rubén Ramírez sea un referente vital y cultural para muchos, incluso para la cadena CNN, que sabe de su actividad y de tanto en tanto le consulta su opinión sobre los temas de actualidad latinoamericana.

Para Rubén era imposible no haber terminado por organizar una estructura capaz de enviar prensa y libros en español a todo el país, e incluso a Europa, importados a pedido de uno en uno si es necesario. En su trabajo, que todo esté fresco es clave: El Tiempo, diario más vendido, llega dos veces por semana y las revistas y novedades tan pronto como salen, inician el recorrido. En las cárceles promueve las ventas con cartas comerciales y aunque sólo son eso, propaganda, en ocasiones recibe sentidos agradecimientos: “Difícil olvidar al preso que no podía y creo que nunca pudo explicarse cómo lo habíamos encontrado después de quince años de estar en la prisión federal de Pecos, Texas, sin que ni su familia hubiera podido dar con su paradero. No compró nada, porque, como la gran mayoría, no tiene dinero, pero dio las gracias porque por primera vez en todo ese tiempo alguien lo hizo sentir vivo”, cuenta Rubén.

Un capo, englobando en este término a toda la variedad actual de delincuentes de lujo, ya sean narcotraficantes, paramilitares o guerrilleros, puede gastar entre treinta y cien dólares a la semana para mantenerse “bien” informado. No lo hacen directamente, sino a través de sus abogados, algunos de ellos colombianos que han tenido que irse a vivir a Estados Unidos para hacerles las vueltas y servirles de enlace de confianza con los bufetes norteamericanos. Los libros narcos son sus preferidos; en segundo lugar, los periodísticos y en tercero, los relacionados con la masonería, por lo general acompañados de revistas agropecuarias y catálogos ‒de yates, aviones y similares‒, deducirán ustedes también que no sólo porque tienen las ventajas de la literatura infantil, con muchas fotos y poco texto.

Contrario a lo que podría pensarse, la idea que desvela a Rubén, a sus sesenta años, es fundar una entidad sin ánimo de lucro para recibir donaciones que permitan el envío de prensa y libros para aquellos que necesitan el refugio indispensable de su idioma mientras purgan las condenas, incluyendo el soporte psicológico y jurídico, acción solidaria que ya se hace en casos especiales con el apoyo de otros colombianos que, como él, están ahí para ayudar. “Ha sido muy especial el poder tomar conciencia de la cantidad de personas que están detenidas, las condiciones en que viven y el sufrimiento de las familias”, dice, para concluir que ese sufrimiento es proporcional a la incapacidad que tienen de poder satisfacer las necesidades mínimas de sus presos, entre las que se encuentra el contacto con su origen y su cultura.

Rubén es un hombre que se da el gusto de vivir tranquilo en Estados Unidos con la idea de que jamás será un hombre rico, o al menos no en el mismo sentido que consiguieron los capos y pretendieron alcanzar los capitos: él es un librero, pertenece a esa especie en camino a la extinción que es capaz de no hacer plata en su negocio con tal de compartir lo que tiene, y lo que va encontrando.

¿Qué le recomienda a un preso? A los presos, y anota Rubén que preso es cualquiera que se ve privado de la libertad, aún por fuera de una cárcel, les recomienda Médico de cuerpo y alma, de Taylor Caldwell, que narra el periplo del senador Lucano (San Lucas, el tercer evangelista), una novela histórica en la que los valores sublimes de este hombre entran en choque con una sociedad en franca decadencia.

¿Qué leen los capos? Top 5

1. Catálogos, revistas equinas y agropecuarias.

2. El cartel de los sapos, de Andrés López.

3. La bestia desatada, de Guillermo Cardona.

4. Los Templarios y el Arca de la alianza, de Graham Phillips.

5. Amores prepago, de Madame Rochy.

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