El último día de una pareja feliz

El último día de una pareja feliz

16 de enero del 2011

El pasado lunes 10, día en que fueron asesinados Mateo Matamala y su novia, Margarita Gómez, se levantaron muy temprano para organizar sus cosas.  Luego de seis días de un idilio intenso en las playas del corregimiento de Tinajones, la pareja tenía la intención de abandonar la región. Sin mucho ruido, Mateo desmontó la carpa verde de 2 x 2 metros. Mientras tanto, Margarita guardaba en dos morrales de color negro y azul lo poco que llevaron: diez camisetas de playa, un par de sandalias cafés de mujer, seis pares de calzoncillos, blusas playeras, implementos de aseo y un celular.

Al lado de los morrales y de un árbol se sostenía una guitarra en su estuche. La pareja recorrió unos pocos metros para buscar a Manuel Mosquera, el hombre que les había arrendado, por $300.000 pesos, un pedazo de tierra donde acamparon durante su permanencia en la playa.

Margarita y Mateo compartieron el desayuno con Mosquera. Le dijeron que hasta ese día estaban en el lugar, porque debían empezar a hacer sus obligaciones académicas. Minutos más tarde, dejaron sus pertenecías bajo su cuidado mientras recorrían por última vez el lugar.

Nadie entiende por qué la pareja escogió Tinajones para  descansar. No es una zona recomendable para el turismo.  Las  aguas del mar son sucias, porque en ese punto el río Sinú descarga los desperdicios de su extenso recorrido por el departamento de Córdoba. Es un lugar solitario, rodeado de algunas fincas que se comunican entre sí por una carretera maltrecha, la misma que lleva al municipio de San Bernardo del Viento.

Como todos los días, Mateo y Margarita buscaron la manera de alquilar un par de moto taxis, aquel medio de transporte con los que decenas de lugareños se ganan la vida. Pagaron $8.000 para ir a los manglares y a las playas vecinas, donde la pareja se deleitaba  tomando fotografías y filmando la fauna y flora tropical: palmeras, ceibas, alcatraces, osos perezosos –que allí llaman “pericos ligeros”– y troncos de árboles gigantes encallados en la arena gris de la playa.

Es un sector con muy poca infraestructura turística. Algún quiosco en la playa con unas neveras de icopor, nada más. Los turistas, casi siempre antioqueños, son escasos. A excepción de las playas de los condominios de La Caracola y Pompeya, las de San Bernardo del Viento son desiertas. De repente puede aparecer un lugareño que camina por la playa, con un racimo de plátano o la pesca del día,  como si fuera la acera de una gran autopista. Y así como aparecen, desaparecen, de repente. Este paraje es el lugar ideal para nadar desnudo en el mar, como dicen algunos pobladores que vieron a Mateo y Margarita. Estaban felices.

Al día siguiente, 11 de enero, Manuel Mosquera, al notar la ausencia de sus huéspedes, tomó su bicicleta y se dirigió hasta una estación de Policía para advertir la posible desaparición de los jóvenes. Los uniformados no dudaron en hacer un pequeño recorrido por la carretera y en poco tiempo encontraron, a siete kilómetros de la playa donde se quedaba la pareja, los cuerpos de dos personas. Era la 1.00 p. m. Estaban húmedos, como si acabaran de bañarse en el mar. Por ahora, las últimas informaciones apuntan a que los asesinos habrían sido dos desmovilizados, Ingelberto Bolaño Zúñiga, alias “El Mono Bolaño”, y otro hombre conocido como “alias Nariz”.

Hasta ese momento las autoridades no conocían la identidad de los cadáveres, porque dentro de una mochila tirada a su lado no había nada que los identificara. No había más que ropa de playa mojada, una toalla, una cámara de video y un teléfono celular.

Horas más tarde una comisión del CTI de la Fiscalía llegó. La mujer tenía un impacto de pistola 9 mm en la cabeza y dos en el hombro, mientras que él tenía un tiro en el occipital derecho y otro en la pierna izquierda.

En ese momento sonó el celular, que estaba guardado en la mochila. Uno de los investigadores contestó la llamada y al cabo de varias preguntas el interlocutor le informó que ese celular, registrado con el número 3142999925, pertenecía a Margarita Gómez, una estudiante de Biología de la Universidad de Los Andes.

Al día siguiente la noticia se tomó las primeras planas de los periódicos con rechazo y rabia. Se trataban de un par de jóvenes inofensivos, enamorados de la naturaleza. Mateo se preparaba a ingresar a la Fundación Omacha para proteger  los manatíes, una especie amenazada por el supuesto poder afrodisíaco de su carne. Minutos antes de morir, Margarita se comunicó con su mamá para decirle que estaba en el paraíso.

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