Emprender en pandemia, como sembrar en el desierto: posible

Publicado por: erika.diaz el Jue, 31/12/2020 - 18:34
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Creado Por
Erika Mesa Díaz
A las afueras de Villa de Leyva se alza un jardín que es también un sitio para sanar la mente. Kienyke.com habló con Jaime Rodríguez y con su esposa, Mónica, sobre cómo el amor que sembraron los ha ayudado a resistir en la pandemia.
A las afueras de Villa de Leyva, camino hacia las atracciones arqueológicas, se alza Fibas, un jardín que es también un sitio para sanar la mente.
Créditos:
Fibas / Instagram

Jaime y Mónica se han casado dos veces. La primera de ellas fue en el centro de un laberinto, a los seis meses de haberse conocido. La segunda ceremonia fue por la iglesia católica, a petición de la familia de la joven Mónica. En su casa están colgadas las fotografías de aquella ceremonia: la novia de blanco y el novio de traje contrastan con los atuendos relajados y vaporosos que hoy visten. Según ella, están interesados en hacer rituales de matrimonio en cada cultura que tengan la oportunidad de conocer. 

Están fascinados desde siempre con el poder sanador de transitar por un laberinto y con las energías fértiles y limpiadoras que tiene el suelo de Villa de Leyva. También creen en el poder del amor y lo profesan. El jardín Fibas, que ellos crearon desde cero, solía ser el escenario de rituales de matrimonio entre personas que buscan una ceremonia significativa y diferente. Otras personas buscan allí un espacio para reflexionar sobre sus propias vidas.

Cuando cayó la pandemia, el jardín se quedó sin novios felices y visitantes buscadores de paz. Sin embargo, para ellos llegó la temporada de cosechar lo que habían sembrado por muchos años entre vecinos y visitantes. Kienyke.com habló con ellos sobre los frutos del amor.

La siembra 

Mónica es de Tunja y es comunicadora social. Un día, hace diez años, fue a Villa de Leyva, fue a Fibas y un amigo suyo le presentó a Jaime. Descubrieron que ambos sentían curiosidad por lo místico y hastío por el estilo de vida que imponen las ciudades. Estaban de acuerdo en que querían vivir una vida tranquila y en sintonía con su entorno. Cuando se vieron, supieron que nunca más se separarían.

Jaime es de Bogotá, es publicista y es un poco mayor que ella. Cuando Jaime era niño y lo llevaban a la Villa, le gustaba jugar en los desiertos y sentía una gran paz. Mucho tiempo después, un viaje de trabajo lo devolvió al mismo lugar y decidió que allí, en medio del desierto, echaría raíces. 

“Estamos a 2220 metros sobre el nivel del mar; eso significa que aquí tú puedes tener un guayabo al lado de un naranjo, un limón o un durazno y todo se te da bien”, dice Jaime. En ese terreno árido quiso armar un laberinto con plantas sembradas desde cero, con poco riego artificial. Pronto se enteraría de que lo que quería hacer se conoce como un laberinto macho. También notó que las plantas no crecerían al tamaño y la velocidad que un laberinto necesita para confundir a quien entra en él. 

Su laberinto se convirtió en bosque irregular, diverso, traslúcido y de corte mediterráneo. Fue la primera piedra viva para construir un jardín en el que ya viven más de setenta especies de plantas, así como árboles que ya resisten hamacas y proyectan sombra para protegerse del inclemente sol de la zona. Eso sí, Jaime considera que ese es uno de los encantos de esa tierra: “Villa de Leyva tiene muchísima luz, la luz solar es bien intensa. Eso significa que para la fotografía hay mucho contraste. Yo trabajaba haciendo comerciales de televisión, producción de audiovisuales también. Entonces, sé que en este lugar se puede hacer una fotografía muy bella, hablando ya en términos cinematográficos. El contraste es muy especial porque todo se ve bonito”.

La casa de ambos tiene paredes blancas por dentro y por fuera. Es de dos pisos y tiene lo necesario para vivir cómodamente los dos, más su gato y su pequeña jauría de perros. En la sala hay un gran aparador con música y libros. Sus preferencias musicales oscilan entre la música clásica y el rock clásico. Los libros en el aparador incluyen libros de autores clásicos y otros más sobre botánica, ecología —“es parte importantísima de nuestro trabajo”— y medio ambiente, así como libros que hablan de la actitud hacia la vida y, por supuesto, sobre laberintos. 

El encuentro

Mónica explica a quienes visitan el lugar que hay dos tipos de laberintos. Uno de ellos es el laberinto macho: a este tipo de laberintos se ingresa para extraviarse. Fue el que, según las historias de la Grecia antigua, construyó Dédalo para encerrar al Minotauro caníbal que resultó del romance entre Pasífae y el Toro de Creta. Ese fue, precisamente, el primer laberinto que Jaime trató de construir en el terreno sin éxito.

Christina Chow, una artista plástica china, invitó a Jaime en una ocasión a recorrer un laberinto macho. Luego descubrieron que, junto a ese laberinto, había otro con una forma curiosa: tenía una sola entrada y salida, un solo camino y un centro. Se trataba de un laberinto hembra o de siete senderos. Aunque sus espirales se ven confusas desde lejos, quien ingresa al laberinto no se pierde. 

Con gran pulso y agilidad, en un solo trazo, Mónica es capaz de dibujar en un papel la estructura del laberinto. Desde lejos parece que adopta varias formas, como un arcoíris y un remolino, pero ella dice que la intención original es que sea una madre: a diferencia del macho, el ritual de recorrer un laberinto hembra tiene el propósito de encontrarse a sí mismo.

Este laberinto hembra es la principal atracción del jardín. Se recorre con los pies descalzos y al son de una tambora, que también se usa para purificar a quienes van a ingresar. Durante el camino hacia el centro se hace una reflexión sobre lo vivido. Al llegar al centro, que representa el origen —el útero materno—, se agradece la oportunidad de la vida y a la madre que la concedió, sin importar si esa madre está presente en la vida actual o no.

En este lugar se han casado varias parejas que buscan una ceremonia diferente y significativa para unir sus vidas, justo como los dueños de la casa unieron las suyas por primera vez.

La cosecha

En la casa de Mónica y Jaime destaca la falta de televisión. No reciben periódicos en su residencia y solo usan la radio para escuchar música. Además, según él, la información en medios digitales y redes sociales debe ser tomada con pinzas. Antes de la pandemia, su principal fuente de información de actualidad era la gente que pasaba de visita y les contaba lo que pasaba en la jungla de cemento. El resto del tiempo preferían refugiarse en la tranquilidad establecida por la distancia.

De repente llegó marzo, las vías de acceso a Boyacá cerraron y los turistas dejaron de llegar. Semana santa, las vacaciones de mitad de año y cada uno de los puentes que siguieron a la llegada del coronavirus se convirtieron en días áridos para todo el sector turístico colombiano. Villa de Leyva, un municipio ligeramente gentrificado y gran receptor de turistas culturales, se vio especialmente afectado por esa situación. De repente hubo mucho tiempo para buscar noticias y asustarse con ellas.

Por un momento, Jaime sintió miedo de lo que sería de ellos durante la crisis. Sin gente a quién atender, Fibas perdía el propósito comunitario que tenía y dejaría de recibir ingresos. Mónica, joven y llena de ideas, tuvo una idea en la que podrían aprovechar la buena mano de Jaime. Se la contó y comenzaron a ejecutarla de inmediato.

Esta era su idea: si ellos pudieron hacer florecer un desierto con la fuerza del amor, podrían brotar jardines en cualquier parte y ayudar a las personas aisladas a cosechar sus propios frutos. Así las cosas, armaron un huerto elevado para brotar plántulas y se prepararon mejor que nunca con la información que ya estaba disponible en sus libros e internet. Se hizo elevado para garantizar que sobrevivieran y protegerlas de las plagas. Comenzaron a enviar sus plántulas a quienes las solicitaran por la red, más la tierra negra y el sustrato. También ofrecieron asesoría gratuita para que estas plantas sobrevivieran y se convirtieran en jardines orgánicos dentro de las casas y apartamentos de las personas.

Las siembras de plantas que hicieron desde la Villa hasta toda Colombia, más los cultivos del amor que sembraron en muchos de sus visitantes, empezaron a dar frutos en el momento en que más lo necesitaban. Las personas que pasaron por allí, conocieron algo de sí mismos al recorrer los laberintos y hasta se casaron allí no dudaron en hacerles donativos, así como quienes recibieron las asesorías gratuitas para sacar adelante sus jardines de pancoger. 

De la amistad también hubo cosecha. Algunas huertas vecinas dieron un número suficiente de frutos para que Jaime y Mónica los compraran e hicieran salsas orgánicas con ellos. También se reunieron con sus vecinos para pensar en lo que cada uno sabía hacer y cómo hacer que floreciera en forma de producto. Tejidos de colibríes, pinturas, esculturas, entre otros productos, están exhibidos en una segunda casita junto con las salsas.

Mientras los buenos tiempos y las visitas regresan, el jardín ha encontrado formas de florecer en el desierto y en los corazones. Esta bella pareja de esposos tiene la confianza de que la cosecha de satisfacciones continuará.