Lina Caro: una violación del alma

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Lina Caro: una violación del alma

29 de abril del 2018

La vida de Lina es la de una sobreviviente. Lo aguantó todo, desde golpes, agresiones y abusos, hasta una fuerte enfermedad que por años se ha levantado para terminar con su existencia.

Creció en María la Baja, Bolívar, una región que vivió muchos años de paz. Vivía rodeada de su familia, verde y animales. Pero su niñez se vio empañada desde que tenía solo nueve años. Entonces conoció en carne propia la crueldad a manos de un hermanastro, que destrozó su inocencia cuando decidió violarla.

“Me arrebató toda la felicidad de niña y me quitó mi inocencia. Mi vida cambió porque en aquellos tiempos no es igual a ahorita. Hoy hay muchas ayudas, hay psicólogos, trabajadores sociales, pero en aquel tiempo eso no se veía. Solamente escuchábamos los consejos de los padres, y si a uno ya le pasó eso, tenía que comportarse como una mujer”.

En su rostro se puede ver el dolor que le causó ese episodio. No entendía lo que pasaba, ni sabía que, como ella misma reconoce, se trataba de una siniestra preparación para lo que sería su vida en el futuro.

Pasó su adolescencia con miedo a ese hombre que llegaba a casa en cualquier momento. Sus padres la defendieron, pero el miedo seguía ahí. En ese momento empezó a demostrar la fuerza y la entereza de la que está hecha. No se resignó y continuó su vida, vendiendo pescado en las calles o chance puerta a puerta.

A los 14 años escapó de su casa y se fue a vivir con un hombre mayor que ella, a quien no quería. Su experiencia con los hombres no fue grata. Los trataba con desprecio y eso la llevó a vivir con varias personas. Admite que jugaba con ellos. Era una mujer bella en un pueblo pequeño que solo deseaba dejar en el pasado una experiencia traumática.

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Pero la barbarie tocó a su puerta. Lo recuerda con dolor, con lágrimas en los ojos que, por más que trata, no puede contener. Sus fuerzas no le dan para amortiguar los sollozos cuando relata ese oscuro momento de su vida.

“Cuando nos reclutaban los paras, nos llevaban a correa, a donde estaban sus grupos. Era violada sistemáticamente. No por uno ni por dos. Habían días que eran 30 o 40 hombres y eso me originó muchos problemas. Problemas que los tenía que callar, tenía que llegar con una cara diferente para que no se dieran cuenta mis papás ni tampoco mis hijos”.

Un día, uno de esos paramilitares le dijo: “Estoy enamorado de ti y, si no eres mía, no eres de nadie”. Haciendo uso de su fuerza, la empaló, destruyendo en el proceso todos sus órganos reproductivos.

A Lina la encontraron tirada en mitad de la selva, llena de sangre, a punto de morir: “No sé cómo estoy viva. Ese es un episodio que por más que quiera no lo voy a poder olvidar porque tengo cicatrices en mi alma, como también las tengo físicas y pues cada vez que yo me tengo que quitar la ropa y veo eso, es como si estuviera viviendo ese episodio”.

Escuche aquí la entrevista de Catalina Ruiz a Lina Caro

Sin saber cómo, se recuperó, tomó a sus hijos y huyó a otro pueblo. Comenzó a trabajar vendiendo chance una vez más. Todo el día y todas las noches, incansable, buscaba el sustento de su familia. Aunque las marcas en su cuerpo y en su mente la seguían atormentando, decidió seguir adelante a toda costa.

Pero un día recibió la noticia de la muerte de sus padres y fue a velarlos. Cuando regresó, encontró que había sido echada de su trabajo. Intentó demandar a la empresa. Pero se trataba de la organización de Enilce López, ‘La Gata’, con vínculos con los paramilitares, que volvían a aparecer en su vida, esta vez para amenazarla.

De nuevo emprendió la huida. Era la segunda vez. ¿Dónde iría? En el terminal de transporte miró el destino más lejano: Bogotá. No lo pensó dos veces y allí fue. Consiguió donde vivir con su pequeña nieta, buscó trabajo y trató de empezar de nuevo. Pero esta vez tampoco iba a encontrar la estabilidad que le fue quitada desde que era pequeña. Esta vez fue su propio cuerpo el que la atacó.

Le dio cáncer de tiroides y el médico le recomendó vivir en un lugar cálido, así que, una vez más, empacó maletas, ahora con rumbo a Sincelejo. En esa lejana ciudad, en el departamento de Sucre, vendía cigarrillos

“En ese trabajo en el mercado fue cuando encontré otro problema: me intentaron reclutar para la venta de estupefacientes. Ahí tropecé con ‘Los Rastrojos’. Eso para mí fue duro, tuve que denunciar porque el acoso y los señalamientos fueron muchos”. 

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Lina Caro presenció tres asesinatos en su lugar de trabajo y los delincuentes se los ponían de ejemplo. “O les vendía o les vendía, así que cuando me vi muy atacada por ellos llegué a la Defensoría e hice la denuncia”.

“De la Defensoría me mandaron a la Policía, capturaron 23 personas y me tuvieron que sacar de una porque vinieron todas las amenazas. Eso fue otra vez perder todo y llegar acá (a Bogotá) tal cual así como me vez, solo con lo que tenía puesto. No dio tiempo de nada porque a la Policía le da miedo entrar al barrio donde vivía. Lo que hicieron fue custodiarme hasta el aeropuerto y de allá para acá”, narra la mujer.

Los años han pasado y Lina sigue sin entender tanto sufrimiento. Tantas violaciones, amenazas de muerte, intentos de asesinato y un cáncer del que todavía no se recupera. Su fuerza son sus hijos, sus nietos y un esposo que hizo hasta lo imposible por conquistarla: “Aun cuando siempre le decía que era feito, que no me gustaba, él me decía: tú vas a ser mi esposa. Y míranos ahora”.

Hay días en los que llora sola. Todavía siente dolor. En sus momentos más tristes, a gritos, pelea con Dios, le reclama por tanto sufrimiento. Se pregunta si algún momento será completamente feliz.

“He buscado mil y mil formas para olvidar eso pero sé que no lo voy a poder olvidar. Jamás. Pero tampoco siento rencor por la persona que lo hizo, ya lo perdoné y es lo que cuenta”.

Perdón. Lina cree que esa es la razón por la cual puede vivir. Hace unos años, junto con la Unidad de Víctimas, viajó a una cárcel en el Tolima para un evento de perdón simbólico. El destino suele jugar y ese día lo hizo con ella.

Junto a cientos de mujeres tenía que abrazar a un exguerrillero o paramilitar preso y decirle: “Te perdono”. Ella no estaba preparada para lo que vendría. El hombre con el que le tocó hacer la actividad era el mismo que hace muchos años, en un ataque inconsciente de celos, trató de terminar de la forma más vil con su vida.

“Se tiró al piso y me rogaba, llorando, que lo perdonara. Yo le decía ‘tú me hiciste mucho daño’, y él ni me miraba. No sé cómo hice, pero lo abracé y lo perdoné de todo corazón. No fue uno de mentiras. Con decirle que ahora considero a ese hombre como un amigo”.