Lo sagrado, parranda y sátira: el sabor del Hay Festival en Riohacha

Lo sagrado, parranda y sátira: el sabor del Hay Festival en Riohacha

30 de enero del 2014

-“Anasu watta malü”- saludan.

Cuán importante es un “buenos días” dicho en wayuunaiki, la lengua del nativo pueblo Wayuu. Dominantes en la península de La Guajira, que se extienden por planicies, desiertos, océano y montañas. Imperando sobre tierras que, para los pueblos de hoy, traspasarían una frontera que ellos no ven, pero que en los mapas que se enseña a sus nuevas generaciones divide a Colombia de Venezuela.

La frontera para ellos no existe. Son todos descendencia de Wolunka y herederos del don tejedor de Walekeru, la deidad arácnida que les enseñó a elaborar las artesanías que tanto hoy les gusta a los turistas.

Beben y veneran la riqueza acuífera del Río Ranchería y temen a la ira de Pulowi, que desatará hambrunas y sequías si sus hijos wayuu osan deshonrar la tierra que pisan. Se saben aún provenientes del cactus y el pichiguey florecido. Como ninguno vagan entre las dunas y utilizan el yotojoro como materia prima para construir sus casas.

Los Wayuu prestan mucha atención a los sueños. Una cultura onírica que cree que mientras duermen se sigue tejiendo su destino. Si al despertar recuerdan haber visto una desgracia, lo mejor es consultar para evitarla. Los sabios dirán qué acción tomar, pero lo más probable es el aislamiento y custodia de la eventual víctima.

El saludo, un sencillo ‘buenos días’, solo es dicho ante multitudes o en oportunidades especiales, como en una conferencia del Hay Festival. En sus casas, el patriarca lo primero que pregunta a sus hijos y mujer en el amanecer es ‘kasa pulapuinka’, “¿Qué soñaste?”. Si la respuesta no es satisfactoria, es probable que sientan que la desgracia ensombrece su hogar.

Es la séptima oportunidad en que Riohacha es una de las sedes del Hay Festival. La capital de La Guajira quiso hacer subir primero a la tarima a quienes perpetúan en letras los saberes aborígenes.

Se trata de una labor reciente. La cultura wayuu es esencialmente oral y solo las últimas generaciones han tratado de escribir los cuentos y secretos que sus ancestros les relataron, pero que los linajes más jóvenes parecen estar olvidando.

Bajo el lema “literatura desde la frontera”, el primer conversatorio del miércoles en el Centro de Convenciones Anas Mai fue conducido por la antropóloga Margarita Serje quien entrevistó para un público de unas 300 personas a los escritores wayuu Nemesio Montiel, Lindaantonella Solano y Delia Bolaños. En lo que coincidieron todos fue en dejar una cosa en claro: para ellos no hay frontera. Sus pueblos son tan venezolanos como colombianos y se llaman wayuu.

Nemesio Montiel es quien mejor personifica esa protesta. Nació en “Laguna de Pájaro” en una localidad que hoy se conoce como municipio de Páez, que aunque esté en el estado Zulia de Venezuela, tiene la misma tierra, mismos cactus y similares arboles de lado y lado de la línea divisoria que jamás le impidió sentirse colombiano.

Él es uno de los principales intelectuales de ascendencia indígena, aunque se ría al confesar que su padre es más mestizo que aborigen. Entre los elementos que destacó en su conferencia fue el esfuerzo que ha puesto en tratar de recopilar el wayuunaiki, la lengua materna y hacerla valorar para occidente. Incluso anticipó que busca traducir Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, para que en su lengua se pueda leer la obra del nobel.

En el turno para las mujeres, Delia Bolaños se reconoció como impulsora de la lírica y la pedagogía dentro del pueblo wayuu. Estimó que en las nuevas generaciones, aunque hay grupos que están alejando sus raíces, hay otros que tratan de fortalecerlas.

“Más que perderse nuestra lengua, ahora se está fortaleciendo en cierta parte. He asumido una actitud conservadora en cuanto a mi etnia. Mi lengua morirá conmigo, así como cuando yo muera mi literatura se irá conmigo. Mi etnia, mi lengua se está fortaleciendo. Es como un pellizco para que los wayuu le demos valor y sentido a lo que  tenemos”, dijo Bolaños, quien consideró que el boom literario del que ellos son pioneros podría “abrir puertas” para no dejar morir en el olvido el saber de su estirpe.

Hay Festival Riohacha, Kienyke

El Hay Festival en Riohacha comenzó con un desfile de comparsas por las calles de la capital guajira. El principal tema de la fiesta fue la riqueza del pueblo Wayuu. 

Lindaantonella Solano opina igual, pero se considera una de las armas de la resistencia cultural wayuu. “Seguimos reafirmando nuestra nación wayuu. (…)  Hay que seguir reafirmándonos a través de nuestros espacios: de la ranchería, del visitar a los abuelos, de ir al círculo de la palabra. Seguir aprendiendo de los que tienen ese saber que son nuestros ancestros, nuestras abuelas, las mujeres visionarias. Seguir en resistencia de luchas por las inequidades y conflictos que nos afectan”.

Finalmente pidió reivindicación al dolor que han sufrido los pueblos del extremo norte colombiano por causa de una guerra que no es de ellos. “No se nos olvida todo el problema que hubo en nuestra alta Guajira. Las masacres de las que no se habla mucho. Organizaciones de mujeres han empoderado el que no se quede en el silencio, sino que pueda reivindicarse y retornar las comunidades a nuestro territorio, que ancestralmente han sido nuestros”.

Escribir la violencia

En el siguiente capítulo del programa Hay Festival en Riohacha hablaron destacados escritores colombianos como Evelio Rosero y Tomás González. Rosero contó sobre su más reciente obra, Plegaria por un Papa envenenado, en la que escapa de las historias americanas y decide investigar sobre el crimen del papa Albino Luciani, Juan Pablo I, quien fue envenenado a los 33 días de asumir el pontificado. Ideas de reformas progresistas para la iglesia católica lo habría sentenciado.

En obras anteriores, que Rosero también destacó en su charla, prefería contar la violencia en las provincias de Colombia. Así lo narró el Los Ejércitos y del tema habló en el Hay Festival.

“Es una violencia monstruosa. Delitos de lesa humanidad que no solo corresponde resolver a Colombia sino al mundo. He padecido como los colombianos, desde hace varios años y de manera asidua, sin poder hacer nada, presenciando la lista de cadáveres y muertos. Algún día me afligí tanto que decidí entregar un grano de arena, el mío, el que me corresponde, y escribí Los Ejércitos”.

Rosero añadió: “Todos hemos contribuido a mostrar la realidad del país. Eso es importante. La conexión del lector con la obra. Ojalá contribuya en despertar una conciencia de cambio e indignación en el lector”.

Tomás González también discutió sobre las formas de contar la violencia, no sin antes confesarse como un escritor “parco con la prosa”. “Es difícil saber cómo uno termina escribiendo con cierto estilo (…) influyó en mi manera de escribir que trabajé mucho tiempo como traductor”.

En Abraham entre Bandidos, González confesó haber recopilado la historia del secuestro que tantas veces escuchó entre los corredores donde viví su juventud. “A mí me tocó el tiempo de la violencia partidista. Mi abuela tenía una finca y cada vez que iba a la finca escuchaba esas historias de secuestros y los horrores que habían ocurrido en la región. Eran historias recientes entonces, con heridas muy abiertas. Para mí fue como si me hubiera tocado vivir esa violencia”.

“La sátira le duele al autoritarismo”

Los guajiros compartieron una conferencia con Patricio Fernández, director de la revista chilena The Clinic, aliado del portal colombiano Kienyke.com. Fernández enfocó su discurso en el poder de la sátira y la crítica al poder como el motor que movilizó el nacimiento de su publicación y que hoy lo tiene posicionado como uno de los medios de comunicación más consultados por los chilenos.

The Clinic, cuenta Patricio, nació posterior a la dictadura de Augusto Pinochet, pero cuando aún no sanaban las heridas de su tiranía. Por su puesto, enfrentarse al poder significó arrinconamientos para su trabajo, pero tras la caída del gobierno militar la revista ascendió como el mensajero más incómodo para los autoritarios de turno.

“En mi país fue peligroso contar las noticias con humor. Ahora es difícil, pero no peligroso. El humor puede llegar a ser un arma muy corrosiva y hostil para los que ostentan el poder, para los que creen que no se pueden reír de ellos. Quienes lo creen así no solo son aburridos, sino peligrosos”, dijo Fernández Chadwick.

Posteriormente en diálogo con KienyKe.com, explicó que habían encontrado en la sátira y la caricatura un forma de narrar ingeniosa, una estrategia para llevar efectivamente sus ideas a los lectores, con trabajos profesionales y elaborados. “Nos damos un banquete con varios de los gobernantes que hemos tenido como con (Sebastián) Piñera, porque comenten ‘cagás’. A otros les reconocemos que no han sido tan malos”, manifestó.

Al ritmo de la costa

Dos cultores del vallenato y una cantautora de músicas tradicionales. María Mulata, Rafael Manjarrez y Marciano Martínez discutieron con el productor musical Iván Benavides sobre el arte de la composición en cada una de sus corrientes para la actualidad. La charla comenzó con las curiosas anécdotas que cada cual desempolvaba sobre cómo comenzaron en la música.

Hay Festival Riohacha, Kienyke

(Izquierda a Derecha) El productor musical Iván Benavides, el compositor Rafael Manjarrez y el protagonista de ‘Los viajes del viento’ Marciano Martínez.

Rafael Manjarrez fue el primero en echar su cuento. Recordó las parrandas de su  adolescencia en Fonseca, El Plan y La Jagua del Pilar en La Guajira. Ocasionalmente en las juergas especiales compartía mesa con Emiliano Zuleta, a quien desde siempre admiró. Pero su familia no le daba un beneplácito para arrancar a buscar su sueño de juglares. Para él estaban los planes que toda familia tradicional de la costa sueña para los suyos: estudios universitarios, “convertirme en un afamado abogado y magistrado de la Corte Suprema, o uno de los científicos de la Nasa. Tenía que escoger”. Sólo hasta cuando encontró la suerte de grabar su primera obra, Frutos de una traición, despegó en un sueño que en la actualidad sigue viviendo.

A Marciano Martínez la gente en el interior lo recuerda por su papel en Los viajes del viento, la película de Ciro Guerra, en la que el juglar debe devolver el acordeón con el que Francisco ‘el hombre’ derrotó al diablo. En La Guajira, donde pocos vieron su hazaña fílmica, en cambio lo reconocen como uno de los más tradicionales compositores de vallenato y su amigo de parrandas. Martínez reclama tener ritmo de acordeones en su sangre. Nació en La Junta, tierra de trovadores. Su sueño desde niño era ser acordeonero. “Cuando tenía seis años me aprendí la primera canción”, recuerda Martínez antes de tomar su guitarra y comprobarle a los asistentes que todavía la recuerda. “Qué clase de amor me dabas, mujer de pura maldad. Tú eres como la tumba del rico malo indolente; se ve lujosa por fuera, muy bonita, muy reluciente; por dentro hay un esqueleto, cubierto de iniquidad…”.

Las fiestas en su tierra le permitieron a Martínez conocer a los grandes intérpretes del acordeón, con quienes pulió su saber compositor. Para los 20 años, mientras trabaja en Riohacha, ya tenía decenas de escritos, pero una le fascinaba más porque le recordaba a la “peladita aquella que me gustaba, y a la que no le decía nada por timidez”. El sentimiento por aquel amor platónico se llamó ‘La Juntera’ y se hizo famosa con la voz de uno de sus coterráneos, Diomedes Díaz. “Perdóneme señorita si en algo llego yo a ofenderla. Pero es usted tan bonita que no me canso de verla…” entonó Marciano.

La joven María Mulata pidió el micrófono para sumarse a sus colegas, pues por vocación desde siempre amó la música. “Muy pequeña recuerdo que mi papá le dedicaba a mi mama: “Ay! Perdona morenita que llegue a estas horas a interrumpir tus sueños si es que estás dormida, pero es que en ésta noche siento que mi vida, deambula por la calle un poco resentida, pa’ ver si con mirarte puedo consolarla”. María Mulata nació entre los Andes, pero siempre le encantó la música caribe. Mientras en las fiestas populares se escuchaban bambucos, en su casa la familia se reunía a cantar vallenatos, cantos de Lucho Bermúdez y otros temas de la costa. Estudió música, afinó su talento y se encausó por los cantos del norte colombiano sin descuidar otros sonidos colombianos.

Tras contar sus orígenes musicales, los artistas relataron anécdotas sobre su trayectoria. Los momentos de victoria y los malos instantes que les hacen pensar en desfallecer. Una discusión que parecía más una de las parrandas guajiras, con música y canto en medio de cada historia que con solo ser contada despierta carcajadas entre los espectadores.

María Mulata, Marciano Martínez y Rafael Manjarrez discutieron sobre la industria musical y los ritmos que cautivan a los jóvenes de las regiones y la tradición cultural de los pueblos nativos del caribe.

Twitter: @david_baracaldo