¿Podemos dejar de lado la energía atómica?

23 de junio del 2019

La serie Chernobyl ha reavivado los temores de la energía atómica.

¿Podemos dejar de lado la energía atómica?

La serie Chernobyl de la cadena de televisión HBO ha reavivado los temores alrededor de la energía atómica en momentos en los que el desastre de Fukushima (2011) es todavía reciente en la memoria colectiva. Para los ambientalistas, las centrales nucleares son innombrables y debatir su posibles beneficios, un tabú.

Sin embargo, ¿Nos podemos dar el lujo con la actual crisis climática de dejar por fuera una alternativa de producción energética libre de carbono?

La meta de reducción de gases efecto invernadero hacia la mitad de siglo, sin siquiera mencionar la ambiciosa pretensión de reducción del Acuerdo de París para la década de 2030, son inalcanzables con el uso actual de energías fósiles y el rápido pero insuficiente desarrollo de las energías renovables. Puesto en blanco y negro: como vamos, las emisiones de carbono se mantendrán, o incluso incrementarán, y consecuentemente no se podrá mitigar el cambio climático.

Lamentablemente, la energía atómica, una alternativa de producción libre de carbono, ha caído víctima de sectarismos tanto de sus defensores como de sus contradictores. Los unos la pintan como la salvación de un mundo en calentamiento, los otros como el apocalipsis radioactivo. Esto no ha permitido un sano debate sobre sus potencialidades y sus limitaciones.

El apocalipsis nuclear

La cultura popular ha dibujado a las plantas nucleares como grandes instalaciones que generan todo tipo de alteraciones a su alrededor; recuerden el pez mutante de tres ojos de Los Simpson; el secretismo en la película The China Syndrome; o las alteraciones del tiempo y espacio de la serie alemana de Netflix Dark.

Esto sumado a los desastres de Chernobyl y Fukushima, y el incidente Three Mile Island en 1979, en el que se liberaron millones de metros cúbicos de gas radioactivo a la atmósfera, hacen a la energía atómica impopular. La posibilidad de catástrofes apocalípticas es la principal razón por la cual los ambientalistas censuran esta tecnología.

El problema se centra en el diseño de las plantas que están actualmente en funcionamiento. En corto, estas utilizan agua para dos propósitos en el funcionamiento de las plantas: generar vapor para mover turbinas generadoras de energía y enfriar los reactores.

En la segunda función, el enfriamiento, está la dificultad. El agua, que circula para evitar el sobrecalentamiento de la reacción nuclear, es movida por un sistema eléctrico alterno que si llega a fallar deja de bombear el líquido, desencadenando lo que se denomina fusión de núcleo. La temperatura sube vertiginosamente creando una enorme presión y finalmente el reactor explota liberando enormes cantidades de material radiactivo.

Al problema del diseño se le suman los desperdicios radioactivos que produce la generación de este tipo de energía que no se pueden procesar o destruir y duran miles de años en degradarse.

¡Es el mercado, estúpido!

El principal cuello de botella para el desarrollo de la energía nuclear no es, sin embargo, su impopularidad sino el mercado. Las condiciones actuales de oferta y demanda la hacen poco competitiva de frente al gas natural y a las renovables.

Existen empresas que buscan innovar para lograr reactores que no dependan del enfriamiento hidráulico y que generan menos desechos radiactivos al no contaminar agua. Transatomic Power, por ejemplo, desarrolla un reactor que se enfría con presión atmosférica, por medio de un novedoso y atractivo diseño arquitectónico; o UC Berkeley, donde crearon uranio encapsulado, que en el caso de una falla, baja su temperatura sin usar agua. Sin embargo, los números no dan.

Así exista la tecnología, no hay estímulos suficientes. La generación de energía nuclear es más costosa que la de sus competidores por un cóctel de desventajas económicas que van desde la falta de inversión estatal hasta la globalización. En el caso de EEUU, ha habido una inversión estatal de USD 2 billones de desde 1990 según cifras del Departamento de Energía de los Estados Unidos, lo que ha sido insuficiente y se ha destinado principalmente al mantenimiento de las plantas existentes; los materiales usados en las nuevas centrales no son producidos localmente por lo que su transporte y logística incrementan exponencialmente los costos de construcción.

Las centrales nucleares que se están estableciendo en Francia, Reino Unido y EEUU presentan enormes sobrecostos y retrasos de construcción; Westinghouse-Toshiba se declaró en bancarrota por las pérdidas generadas por el desarrollo de reactores en el sur de EEUU.

Los impuestos al carbono podrían darle un impulso a la energía atómica, pero al mismo tiempo beneficiarían a su principal competidor: las energías renovables.

Incluso hay evidencia de que en los desarrollos de pequeños, eficientes y portátiles reactores -podrían ser transportados en camiones-, el costo de Kw/h es mayor que en alternativas como energía solar o eólica.

Las proyecciones de viabilidad económica de la tecnología nuclear evidencian, en todos los escenarios posibles, que la energía atómica siempre será más costosa que la del gas natural.

El enfoque nuclear vs. renovables es equivocado

Alemania decidió apagar todos sus reactores nucleares para 2022. Las plantas existentes en EEUU están en un evidente declive y según la Administración de Información Energética, cerca de 15 instalaciones cerrarán en los próximos 10 años.

Esto es muy grave para las metas de la reducción de gases invernadero impuestas en el Acuerdo de París para 2030. En sólo EEUU la desaparición de las centrales nucleares implica una pérdida de producción energética del 20% de la capacidad instalada que, de momento, no puede ser reemplazada por renovables, sino por, adivinen, carbón o gas. Es una tragedia que, en plena crisis del cambio climático, energía que se produce con cero emisiones de carbono sea sustituida por combustibles fósiles.

Para 2050 el vacío dejado por la energía nuclear en Estados Unidos podría ser llenado con renovables. Pero no deja de ser un despropósito que se use tecnología limpia para reemplazar otra limpia en vez de sustituir la contaminante.

La energía nuclear tiene que hacer parte de la estrategia de transición hacia la producción de energía limpia. No es apostar por una u otra, sino complementarlas hasta que maduren las tecnologías de generación renovable. De no ser así tendremos al gas natural y al carbón presentes por mucho tiempo.

Si queremos lograr la descarbonización de las economías más contaminantes, la energía nuclear tiene que mantenerse y en la medida de lo posible, ser refinanciada para su permanencia hasta mitad de siglo, no se puede dejar de lado.

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